martes, 15 de abril de 2025

A veces siempre es nunca

El otro día escuché a dos amigas hablando de cuánto se tarda en olvidar al amor de tu vida y no pude evitar sonreír. La respuesta, para mí, es la gran palabra más temida por el ser humano después del “para siempre”: nunca. Te pasarás lo que te van a parecer siglos escuchando su voz entre conversaciones ajenas, despertándote de madrugada en mitad de sueños que al tercer año se convertirán en pesadillas, mirando sin pensar un día cualquiera el calendario para darte cuenta de que es su cumpleaños, y pidiendo que desaparezca al soplar las velas en cada uno de los tuyos. Y no te servirán las frases hechas, las palmaditas en la espalda, los hombros sobre los que llorar ni las manos que sin saberlo te acaricien justo donde la herida aún grita. No te servirán los portazos, las llamadas colgadas al tercer toque ni el contacto cero elevado al cuadrado. No te servirán las canciones que parezcan que están hechas para ti, ni los poemas que hablen de lo que no fue y podría haber sido. No te servirá devorar todos los libros que encuentres ni quemar las fotos en las hogueras de San Juan cada 24 de septiembre, porque el 25 seguirá estando ahí, en forma de palabra, de silencio, de caricia, de beso. Estarás así hasta que una mañana, de repente, abras los ojos y comprendas que en todo esto solo hay un tópico que sí que es cierto: nunca conseguirás olvidarlo, solo aprenderás a vivir sin él, y, solo entonces, dolerá menos.

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