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lunes, 4 de enero de 2016

Los ojos de Eva

Hubo una vez en la que seguramente creí ver a una flor sonreír. Hubo un tiempo en el que el sol brillaba radiante de pura felicidad. Al menos así ocurría en mi pequeño mundo de cristal. Los días se me antojaban un tanto alegres, y las noches, más avivadas de lo habitual. Mi corazón estaba forjado de un incalculable entusiasmo, y mi alma se regocijaba en la más solemne compañía de aquella bonita chica a la que yo consideraba mi razón de vida. Pero un día, aquel secreto manchó de sangre nuestras manos, y en mi mundo, comenzó a llover para nunca cesar. 


He estado viviendo mucho tiempo sin pensar en ello, sin recordar un sólo ápice de mi pasado. Me obligué a mí mismo a hacerlo durante muchos años, y me he seguido obligando otros muchos más. Pero hoy, irremediablemente, los ojos de Eva me han vuelto a mirar desde algún lugar irreconocible, al igual que hace cincuenta y nueve años.

Dicen que todos tenemos una historia escondida que arrastra nuestro pasado. En estas páginas, me remonto a la Barcelona de 1957 para contaros la mía.




Por aquel entonces, yo era un joven de apenas dieciséis años de vida. Pertenecía a una familia adinerada, pero lo cierto es que detestaba vivir rodeado de innumerables lujos, a diferencia de mis padres, que gozaban cada día más de nuestra inmejorable situación económica. Vivíamos en una imponente casa en el centro del barrio de Sarriá. El techo amenazaba con rozar el cielo y la fachada cubría el entorno de un ambiente frío y tenebroso. Las enredaderas descansaban en ella y la teñían de un verde mojado algo difícil de descifrar. Yo estudiaba en un colegio tres calles más abajo. A pesar de mi alto nivel académico y la gran cantidad de dinero que poseía, la única felicidad a la que realmente aspiraba, era ver a ese ángel cada día a la vuelta de las clases en la calle más cercana de mi casa.

Realmente ella no era un ángel, pero yo juraría que su anatomía era la misma. Sus grandes ojos azules reflejaban una vitalidad totalmente inalcanzable y en sus labios se podía leer todo un mar de belleza. Su pelo se confundía con el oro. Era alta y siempre caminaba con paso firme, decidida. Ella nunca me veía, y si lo hacía, siempre se las arreglaba para que yo nunca me diese cuenta. Si en esos días me hubiesen preguntado cuál era el sueño de mi vida, yo hubiese respondido que saber cuál era su nombre. 


Pasaba mis días sumergido en las páginas de mis libros, dejándome llevar irremediablemente por las palabras que allí permanecían escritas. Realmente vivía sólo para ellos. Pero por azar o tal vez por capricho del destino, un día las cosas se decidieron a cambiar. Mis pasos me dirigieron hasta mi ángel y mi voz le habló. Pronto una amistad empezó a unirnos fuertemente.


Su nombre era Eva Riquer y su voz se confundía con la de un verdadero ángel. Tenía dieciséis años. Era de familia pobre y vivía en una pequeña casa más allá del barrio de Sarriá. Estudiaba en un colegio cerca del mío y pronto descubrí que teníamos algo muy importante en común; estábamos enamorados el uno del otro.


Recuerdo que un día me contó con ahogadas palabras que su padre murió en extrañas circunstancias cuando ella aún no había nacido. Se sospechaba que se tratase de un asesinato, pero la policía nunca pudo resolver el caso y éste se archivó. Lloraba en mi hombro y compartíamos una cómplice mirada cuando me dijo que ahora vivía sola con su madre, quien nunca pudo superar la muerte de Alfred Riquer, su marido. 


Desde entonces le prometí a Eva que juntos descubriríamos el pasado que le había arrebatado a su padre, aunque lo cierto es que no sabía por dónde íbamos a empezar. 

Más tarde, pensamos en regresar al lugar donde habían encontrado el cuerpo, o tal vez pedir documentos sobre el caso, aunque bien sabíamos que era imposible que cedieran a dárnoslos. 

Fue una mañana de un tres de abril, en la que unas negras nubes teñían de oscuro el cielo de la ciudad de Barcelona, cuando Eva y yo leímos en el periódico acerca del incidente ocurrido dieciséis años atrás. Nueva información salía a la luz. Nuevas vías de escape nos abrían el paso hacia una realidad ya menos inalcanzable. Debíamos estar preparados para llegar hasta la verdad. Descubrimos un nombre; Andreu Riquer. Alguien del que sospechaban. Se trataba del hermano de Alfred Riquer, que desapareció justo después de la muerte de su hermano sin dejar rastro alguno. 


Como un tren que pasa a una velocidad inalcanzable por su última estación, una idea sacudió repentinamente mi memoria para esfumarse sin más; había leído ese nombre alguna vez en un sitio indescifrable de los antiguos rincones de mi casa. 


Recuerdo vagamente que en los días posteriores, fui consciente de lo realmente triste que puede llegar a ser Barcelona. Las calles sin presencia alguna, los bancos desolados, las aceras totalmente despejadas... Una gran bruma de tristeza abarcaba toda la ciudad desde sus raíces. No supe bien determinar si era por Eva, si era por mí, o si era realmente así en la vida real, en el mundo de verdad que estaba situado a gran distancia del mío. Aquel al que no volvía desde hacía tanto tiempo.


Eva me dijo una vez que en mí había encontrado la verdadera razón de la belleza de la vida. Me dijo que sus días apagados, a mi lado revivían del fuego. Recuerdo que me miró a los ojos y pude leer en ellos que me quería. Aún puedo sentir su piel pegada a la mía, su mano sosteniendo mi cara, y sus labios sellando el silencio en mi boca. Sólo entonces pude comprender realmente para qué vivía. 


Mientras leíamos infinidades de artículos sobre el caso, éramos capaces de permanecer horas abrazados sin intermediar palabra alguna. Tan sólo nos cubría el silencio. Él era el único testigo de nuestro amor. A menudo nos mirábamos y ella me sonreía. Realmente poseía la sonrisa más bonita que en mi vida yo había besado. Jamás olvidaré aquel momento en el que escuché de sus labios un te quiero. Y espero que ella nunca olvide los miles de ellos que yo le devolví a continuación.


Pero no descubríamos nada sobre su padre. Empecé a pensar que realmente nos estábamos metiendo en un callejón sin salida, y me daba miedo no poder descifrar la verdad. Verdaderamente quería hacer justicia y no sólo por ella; también por Alfred Riquer.

Cuando más miedo tenía, cuando más desesperado me sentía, lo vi. Y entonces todos mis antiguos recuerdos invadieron mi memoria como las olas invaden el mar en una noche de tormenta.

Andreu Riquer. El nombre estaba grabado con tinta fuerte y concisa en un viejo y arrugado papel, el cual seguía escondido en el mismo compartimento del suelo donde lo vi por última vez hacía ya años. Entonces me temí lo peor. Lo rescaté de allí y me dispuse a leerlo. Hubiese preferido no creer lo que aquellas palabras decían, pero no me quedó otra opción que elegir. Entonces comprendí que mi padre no se llamaba Artur Gispert, sino Andreu Riquer.


Miles de puñaladas se dirigían directas a mi alma. Mi cabeza me traicionaba y mis pies perdían el equilibrio. No atiné a asumir lo que realmente estaba pasando, la verdadera historia que se escondía tras ese nombre, la que escondía mi padre. Tardé en serenarme y cuando lo hice, volví a esconder el papel tan rápido como me lo permitieron mis manos y salí huyendo de allí tan rápido como pude.


Con las palabras entrecortadas y al borde de mis labios, al cabo de un buen rato, fui capaz de relatarle a Eva todo lo ocurrido. Juntos apaciguamos la idea de que nuestros padres eran hermanos, y nosotros, primos. Tratamos de encontrar un sólo motivo, una sola razón, un simple argumento... Pero aquello era imposible. Nos armamos de valor y nos decidimos a hablar con mi padre. Aquella podría haber sido la peor decisión que tomaría en mi vida. 


Llegamos y, aturdidos, le explicamos a mi padre todo lo que había pasado, y le pedimos una explicación. El verdadero Andreu Riquer dudó un instante, nos miró con recelo, encendió un cigarillo y consumiendo su humo con la mirada perdida en alguna parte, comenzó a hablar.


-Yo era el pequeño de los dos hermanos,-empezó con una mirada afligida- nuestro padre tenía grandes y poderosos bienes a repartir. Siempre fuimos todos muy allegados los unos con los otros. Hasta que vuestro abuelo murió. Como herencia, por ser el mayor, a Alfred le dejó una gran suma de dinero, y a mí, por ser el pequeño, tan sólo me dejó una pequeña y vieja casa sin valor alguno. Muy pronto, duras condiciones económicas azotaron mi vida, y Alfred se negó a prestarme un sólo euro de su dinero. Aquello me carcomía por dentro día y noche. Hasta el punto que decidí matarle. Fui a su casa aprovechando que nadie sabía que yo era su hermano, y aún con lágrimas en los ojos, le di un golpe tan fuerte como pude. Aquella sensación era horrible. Al instante me arrepentí considerablemente, pero ya nada podía hacer por retrasar el reloj y perdonarle la vida. Salí huyendo de allí y me cambié el nombre a Artur Gispert. Nadie se dio cuenta y lo celebré en silencio durante los posteriores días de mi vida, victorioso por haberme quedado con todas las posesiones de mi hermano. Al poco tiempo naciste tú, Eric-dijo mirándome con un extraño resentimiento en sus ojos- y nunca más se volvió a hablar de lo sucedido con Alfred Riquer. Nunca supe que tenía una hija hasta hace poco, y mi conciencia me ha traicionado devolviéndome la memoria de aquel asesinato. Haría lo que fuera por cambiarlo, pero ya nada puedo hacer, lo siento.-concluyó tristemente.


Eva aguantó su ira y aplaudí en silencio que fuera capaz de no atacarle, aunque a mí también me estaban entrando ganas de hacerlo.


-Y ahora, ¿qué pensáis hacer?-prosiguió Andreu- Si pensáis contarlo a la policía, vuestro destino ya está escrito.


Entonces sacó un revólver de su bolsillo y nos apuntó decididamente. Comprendí que mi padre se había vuelto loco, o que tal vez ya lo estaba desde hacía mucho tiempo. Eva estaba tan asustada que no podía mover un sólo músculo de su cuerpo. Entonces yo, sin pensar en las consecuencias, actué por ella. La tomé del brazo y la dirigí hacia la salida. Corríamos tan rápido como podíamos pero seguía siendo una velocidad insuficiente. 


El sonido del disparo llamó mi atención, y no fui consciente de lo que acababa de ocurrir hasta que vi en los ojos de Eva el miedo, la resignación, la muerte resentida. Se paró y cayó al suelo. Su pecho no paraba de sangrar y cada vez hacía más ruido al respirar. Desde el otro lado de la habitación, Andreu sonrió maliciosamente y me apuntó con el revólver, mientras decía:


-Poco me importa ya nada, Eric. Ya no puedo cambiar el pasado, pero no dejaré que arruinéis mi futuro. El simple hecho de la magia que creabais entre los dos cuando estabais juntos me confesó lo que realmente estaba pasando entre vosotros. Nunca la llegué a ver, pero siempre fui consciente de que existía, y siempre supe que permanecería allí donde fue creada, en vuestros corazones, o en vuestra mirada, quizás. Pero nunca llegué a imaginar que tú, Eva, eras la hija de mi hermano Alfred. Ahora que lo sé no puedo dejaros escapar, pero no os preocupéis, esa magia la llevaréis siempre con vosotros, allá donde vayáis.


En ese momento realmente odié a mi padre, y con las pocas fuerzas que me quedaban, conseguí arrebatarle el revólver de las manos y sin pensarlo dos veces le disparé con ira en el estómago. Oí los gritos de Eva y corrí a su lado. Pude llamar a la policía y a la ambulancia, pero cuando llegaron Eva ya estaba muy débil. 


Sin embargo, mi padre podía caminar a la perfección y antes de que se lo llevaran, pudo dedicarme su última mirada de odio. En ese momento me maldecí por no haberle matado con el disparo.


Pero entonces los ojos de Eva me llamaron, y me dijeron todo cuanto necesitaba saber. Apretó mi mano con la suya y utilizó su última bocanada de aire para pronunciar las letras de mi nombre.



Desde ese día, he permanecido fielmente amándola en el más ensordecedor de mis silencios.




                                                   Inspirado en Marina, de Carlos Ruíz Zafón

lunes, 31 de agosto de 2015

Sin remitente (2º parte)

Es un lunes. La luz del sol no entra por la ventana y la brisa del viento no se cuela por la puerta. Hay catorce cartas sin remitente guardadas en un cajón, y Laureen siente que en cierto modo, su ilusión y su entusiasmo también se han quedado encerrados en ese cajón, sin ninguna oportunidad de poder salir. No puede expresar cómo se lo ha tomado por el simple hecho de que no se lo ha tomado de ninguna manera. Sigue dudando entre alegrarse o entristecerse. Le resulta todo demasiado extraño y entonces siente que ni es un pájaro, ni mucho menos está cantando ninguna melodía. ¿Qué será lo siguiente? ¿Recibirá más cartas? ¿Todo acabará ahí sin más? Lo único que no puede dejar de hacer es pensar en tantas preguntas que no tienen respuestas. Daniel. Es lo único que recuerda. Y si tuviera que arriesgar, arriesgaría diciendo que está segura de que es él. Antes no le preocupaban las cartas, antes sólo vivía al margen de la vida, siguiendo la línea que había bajo sus pies, fuese quien fuese quien la pintara. Nunca decidió salir de la línea y seguir otra que pintara ella misma, o simplemente no seguir ninguna y arriesgar. Nunca lo hizo. Pero ahora es diferente. Ahora siente que esa línea se ha borrado y que le toca afrontar un nuevo camino siendo todo lo valiente que nunca supo ser. Es el verdadero sentido de la vida y el que nunca se ha atrevido a aceptar. Pero vuelve a pensarlo, nunca es tarde. Se preparará para lo que tenga que pasar, y desea que Daniel la encuentre, por encima de todas las cosas, porque aunque le parezca una locura, cree que a los ocho años ya sentían el amor de una forma distinta, y ahora después de tantos años, quiere descubrir de qué forma era. Y quiere sentir con él el amor de todas las maneras humanamente posibles.

Baja a recoger el correo, y por primera vez en tres meses, no tiene miedo de lo que se vaya a encontrar, dibuja una línea bajo sus pies con sus propias manos y la sigue con paso firme. Mira al frente y piensa que sea lo que sea lo que se encuentre, será lo correcto. Porque el destino siempre hace lo correcto. Aunque a veces duela. Pero no encuentra ninguna carta. Ni siquiera un trozo de papel roto y en blanco. Ni si quiera una mota de polvo. No encuentra nada. Esta vez ha hablado el destino, no su corazón. Es lunes y no hay más cartas. Quizás todo se haya acabado. Quizás su más escondida sospecha de que todo ha sido sólo un sueño, sea cierta.

Pero cuando vuelve a mirar las cartas, cuando ve los dibujos, y cuando lee las palabras de la última, sabe que no ha sido ningún sueño. Alguien se las mandó. Alguien de verdad lo hizo. Y hay una razón, por remota que sea, tiene que haberla.

Pasan otros tres meses, y sigue sin aparecer ninguna otra. Empieza a pensar que sólo era una tontería, o tal vez una especie de juego, e intenta convencerse de que lo mejor es olvidarlo.

Pasan cuatro meses, pasan seis, siete, y hasta ocho. Nada. Y nada puede convertirse en todo cuando es lo esencial para ti. No logra convencerse de que lo mejor es olvidarlo. Faltan tres días para su cumpleaños. Y se lo toma como un reto. Tiene tres días para intentar comunicarse con Daniel. No es la más brillante de las ideas, pero por lo menos se atreve a hacerlo. Algo es mejor que nada. Coge el bolígrafo negro que le regaló su padre cuando empezó la carrera, coge un folio de su mesa de estudio, y empieza a escribir. En este caso, lo que no hay, es destinatario. Escribe todo lo que le gustaría volver a encontrarse con Daniel, y le pide, si es que lee la carta, que por favor la busque. Él es el único que tiene una dirección para poder hacerlo.

Es un lunes. Es el día de su cumpleaños. La luz del sol la felicita y el viento le regala una brisa muy agradable. Toma una decisión. Deja la carta en su mismo buzón, porque no tiene otro sitio donde dejarla para que él la encuentre. Sabe que es una locura y casi improbable, pero lo hace. La deja, se da la vuelta, y se dispone a volver a entrar en su casa. Pero cuando intenta andar, se da cuenta de que esta vez no hay ninguna línea bajo sus pies. Ni siquiera la que ella misma dibujó. Levanta la vista y contempla su casa. Pasan tres minutos y sigue de pie, sin ninguna línea que seguir, y contemplando que su casa no puede cambiar en tres minutos. Entonces de repente lo escucha. Escucha su buzón cerrándose. Se da la vuelta y ve que hay alguien al lado, leyendo una carta, que sorprendentemente es la que ella acababa de dejar.

Entonces se da cuenta de que sí había una línea dibujada bajo sus pies, sólo que no en la dirección que ella creía. La sigue y se da de bruces con unos ojos más negros que la mismísima oscuridad, y ya no tiene la necesidad de preguntarle si su nombre es Daniel. Porque ya sabe que la respuesta es sí, sólo el beso que se dan dos segundos más tarde, puede confirmárselo. Sólo la línea que él mismo ha dibujado en dirección a sus labios, puede asegurarle que hubiera cogido el camino que hubiera cogido, al final él siempre sería el destino.

domingo, 30 de agosto de 2015

Sin remitente (1º parte)

Es un lunes. La luz del sol entra por la ventana. La brisa del viento se cuela por la puerta. Fuera los pájaros cantan y los niños ríen. Dentro sólo se oye un mero eco de ésto. El olor a café inunda cada resquicio de la casa, y el atonador sonido de la alarma del reloj, indica que son las once de la mañana. Se levanta y un aire cálido choca con su cara. El cuadro que pintó su madre sigue en la misma pared y la ropa no se ha movido de los cajones. El agua de la ducha sale caliente, su pelo sigue teniendo su tono oscuro de siempre y sus ojos siguen siendo marrones. Su marca de nacimiento sigue ocupando la zona de su muñeca. Nada le dice a Laureen que algo en esa mañana esté fuera de lo común. Nada excepto la carta sin remitente que se encuentra en el buzón cuando sale al jardín para recoger el correo. Todo lo demás es propaganda y alguna que otra revista, lo tira todo a la basura y se queda con la carta en la mano. Por alguna razón que se desconoce, no le da demasiada importancia y decide guardarla en un cajón, para abrirla más tarde. A los minutos empieza con su rutina, desayuna, coge el coche, el cual sigue haciendo el mismo ruido de siempre al arrancarlo, y se va al trabajo. Allí parece que todo sí sigue igual que siempre, a excepción del aire acondicionado, que esta mañana está un poco más alto. Se sienta y empieza a revisar papeles, pronto se da cuenta de que ha pasado demasiadas horas de su vida en esa oficina, rodeada de empresarios y papeles por rellenar. Es entonces cuando echa marcha atrás y se sitúa en el día cuando aún era una niña. Siente cierta nostalgia por todos los muñecos de nieve sin terminar y todas las muñecas que se quedaron a medio vestir. Después se sitúa en su adolescencia, y se da las gracias a sí misma por no haber perdido el rumbo de su vida como casi todos los demás adolescentes. Se siente orgullosa porque su vida nunca fue dominada por el alcohol ni por el tabaco. Y se alegra de que siguiera estudiando, porque gracias a eso hoy puede estar cada mañana en la oficina, que aunque no sea el mejor lugar del mundo, es lo que le da casa y comida. Es extraño que se pare a pensar en todo ello, pero lo cierto es que lo ha hecho, y ahora rellena los papeles con un poco más de entusiasmo.

Nunca pensó en eso de casarse y tener hijos, y aunque tenga ya veintiún años sigue sin hacerlo. Se limita a trabajar y salir con sus amigos, y en su tiempo libre, canta. Decía que ella y su padre eran como dos pájaros uno al lado del otro cantando distintas melodías. Lo curioso es que empezó a cantar cuando su hermano murió en un accidente de coche. Pensaba que su voz subía hasta el cielo y él la escuchaba. Le dedicaba canciones y ese era su modo de comunicarse con él. Maldice al destino por haberle robado al único hermano que tenía, pero también le agradece que mantenga con vida a sus padres. Lo demás, sólo ella lo sabe.

Sale del trabajo y va a su casa, ve el cajón donde está la carta y lo abre. Se queda mirándola, pensando que tal vez se han equivocado al mandarla, o que quizás esté en blanco. No la abre pero no sabe si es por miedo, o porque realmente no le importa su contenido. La vuelve a guardar y cierra el cajón. Pasa una semana y se olvida de la carta, ni siquiera recuerda que la haya guardado en el cajón. Vuelve a salir al jardín para recoger el correo. Una carta de su madre, tres revistas, dos propagandas de unos restaurantes, y... Una carta sin remitente. Es un lunes. Pero a diferencia del lunes pasado, hoy el sol no se ve, unas oscuras nubes lo tapan, y pronto empieza a llover. Vuelve a abrir el cajón y guarda la carta. Se va al trabajo.

Y extrañamente, pasa otra semana sin leer las cartas, vuelve a ser lunes, y vuelve a recibir otra más. Y vuelve a guardarla en el cajón sin leerla. Es algo incoherente pero, en tres meses, ya tiene catorce cartas acumuladas en el cajón, todas ellas con fecha en un lunes, y todas ellas sin leer.

Curiosamente, un miércoles, vuelve a echar marcha atrás y vuelve a recordar cosas de su pasado, cada momento que pasó en esa casa junto a sus padres. Cada risa, cada llanto. Cada motivo para despertarse cada mañana. Se arrepiente de todo lo que nunca hizo. Y entonces piensa que debería ser un poco más valiente, y arriesgar más en su vida. Mira un cuadro con una foto de su familia que hay en su mesita de noche, y entonces lo ve. Debajo está el cajón. ¿Por qué no? Lo abre, saca las cartas, y las abre por orden. Nunca es tarde para empezar. Saca la primera de su sobre, y mira su contenido. No sabe si sonreír o preocuparse. Porque no son palabras lo que hay en la carta. Es un dibujo. Todas las cartas son dibujos; una niña de espaldas, una flor, un niño sonriendo, una mariposa, un campo, una casa, unos dedos entrelazados, una maleta, una carretera, un reloj, una nube que anuncia lluvia, un mapa, y extrañamente, un hombre escribiendo una carta. Trece dibujos en trece cartas. No entiende qué relación pueden tener los dibujos, y mucho menos qué tienen que ver con ella, pero cae en la cuenta de que le falta una carta por abrir, la abre pero para su sorpresa, en esta no hay ningún dibujo, hay palabras, que dicen: "Estabas de espaldas, te llevé una flor, me hiciste sonreír cuando señalaste a una mariposa que volaba en un campo. Viniste a mi casa, prometimos no olvidarnos nunca, hice la maleta y me viste marchar. Te he estado esperado todo este tiempo, entre lágrimas por no saber cómo eres ahora. He decidido buscarte, escribiendo estas cartas. Sólo quiero que me recuerdes".

No recuerda mucho de eso, pero cree recordar que su nombre es Daniel. Vagamente le viene a la mente el recuerdo de unos ojos negros y una sonrisa tan hermosa que le produce verdadera ternura. El corazón le pide a gritos reunirse con él, pero... ¿Cómo lo va a hacer si no tiene su dirección? Empieza a dudar de todo, porque es muy extraño que le mande dibujos en cartas sin remitente cada lunes en vez de mandarle una normal y corriente. No sabe por qué lo ha hecho así, y ahora sí empieza a tener miedo de verdad, porque el niño que una vez fue su amigo, hoy es un hombre desconocido que le manda cartas misteriosas.

miércoles, 8 de julio de 2015

Copos de nieve (2º parte)

-Denis.
-¿Qué?
-Que mi nombre es Denis.
Zoe no pronuncia palabra alguna, tan sólo inspira aire, el cual está tan frío que siente que se le congelan las fosas nasales, reduciéndose a diminutos tacos de hielo que luego llegan a entrar dentro de sus pulmones, los cuales son para entonces un auténtico glaciar.
No puede creer que por fin se haya dignado a decirle cuál es su nombre, y no entiende por qué no lo ha hecho antes, porque la verdad es que es el nombre más bonito del mundo entero, o quizás piensa que lo es porque él es el chico más bonito del mundo, o al menos, el que más le gusta, el único que le ha gustado en sus dieciséis años de vida, quien le ha enseñado que ese amor a primera vista del que todos hablan verdaderamente existe, y que realmente se puede llegar a amar a alguien en semanas, o incluso en días. Y lo cierto es, que justo en el momento en el que él pronunció la palabra Denis, sintió que junto a él, no existía el peligro, ni las cosas malas, ni tan siquiera el dolor o la tristeza. Sintió que junto a él ya podía estar segura siempre, y que sólo existía la alegría, las cosas buenas, la aventura y por último y aunque no menos importante, el amor.
Le había dicho cuál era su nombre, pero no le había contado el por qué de las miradas tan extrañas de la gente hacia ella cuando está con él.
Se lo intenta preguntar, pero justo cuando él sabe que ella va a hablar, se da la vuelta y sale corriendo, empujando a la gente si es necesario para poder ir más rápido, y aunque ella no le ve la cara pues está ya muy lejos, sabe que por ella están resbalando las lágrimas que caen de sus ojos, no sabe cuál es el motivo, pero sabe que es así, y no le queda más que volver a casa de su abuela con la duda, y con el sentimiento de culpa por haberle hecho llorar, aunque sin haberle dicho nada.

Pasó una semana y no lo vio, tan sólo en su mente cuando cerraba los ojos. Cada día se seguía preguntando por qué a todo, seguía haciéndose cientos de preguntas que por el momento no tenían respuestas. No sabía dónde buscarle, no sabía cómo llamarle, todas las noches se despertaba gritando en sueños, a veces en pesadillas, quería ponerle su cara al rostro de la gente, pero era imposible. Cerraba sus ojos y decía en su mente mil y dos mil veces su nombre, pensado que cuando los abriera se lo encontraría de pie de brazos cruzados, con esa irresistible sonrisa que producía terremotos y esos ojos con mezcla azul y verde capaces de provocar incendios. Pero lamentablemente, nunca era así. Siempre que abría los ojos lo único que veía era el dichoso reloj con su tic tac de siempre.

Y un día sin más, al despertarse, se lo encontró allí, en su cuarto, pero no sonreía, estaba muy serio, y ni siquiera se atrevía a mirarla a los ojos. Ahí no le quedó otro remedio que hablar.
-¿Qué te pasa?
-Tú, tus ojos, tu mirada, tus labios, tu sonrisa, tu alegría cuando observas, tu entusiasmo cuando hablas. Tus muñecos de nieve, los copos de nieves enredados en tu pelo. Tú.
Y por un momento, Zoe siente que va a llorar, pero no de dolor, ni tampoco de tristeza. Se vuelven a mirar a los ojos, y justo antes de que se produzca un nuevo incendio, cae en la cuenta de algo.
-¿Cómo has entrado?
Ahora Denis la mira abriendo mucho los ojos, traga saliva notablemente, y a continuación, la coge de la mano.
-Zoe, esa es una de las razones por la que la gente te mira tan raro cuando estás a mi lado.
-No lo entiendo Denis. No te entiendo.
La vuelve a mirar, pero esta vez cierra los ojos, busca en su bolsillo y le entrega una hoja de periódico arrugada. Antes de dársela, le aprieta la mano.
-No puedo ocultártelo más, Zoe.
Y ahora sí lo ve llorar, ahora sí puede ver de cerca sus lágrimas, y ahora sí siente dolor, porque sabe que esas lágrimas son por ella.
Aparta la mirada y la dirige hacia la hoja de periódico, procediendo a estirarla, y posteriormente, a leerla.
-No me lo puedo creer Denis. ¿Éste eres tú?
-Sí Zoe, soy yo.
-Pero...
Entonces a Denis no le queda más remedio que llevarla al salón con su abuela, cuando ella aparece, empieza a hablarle, a gritarle incluso, pero la abuela no le responde, ni siquiera le mira... Tan sólo le habla a Zoe, diciéndole:
-¿Por qué estás ahí parada mirando a la nada con la boca abierta? ¿Algo pasa?
Zoe siente que se muere, que es imposible lo que está pasando, siente como si estuviera de pie en mitad de un campo de guerra en plena batalla, y que todas las balas van hacia ella, impactándoles directamente en el corazón. No le encuentra sentido a nada, ni mucho menos a que haya una noticia en el periódico donde dice que un chico de dieciséis años de edad, llamado Denis, de París, murió hace seis meses por un grave accidente.
Corre rápidamente hacia su cuarto y se echa a llorar en su cama, Denis no se va, y entonces sin más empieza a gritarle como una loca.
-¡¿Y por qué yo soy la única que puede verte?! ¡¿Por qué sólo yo te puedo tocar?!
-Porque me quieres. Porque te quiero.
-¿Cómo vas a ser un espíritu, o un fantasma? Porque sinceramente ya no sé lo que eres.
-Soy un alma enamorada. Enamorada de la tuya. Zoe, te conozco desde que nacimos, cuando teníamos tres años jugábamos en la nieve, nos encantaba ver caer los copos de nieve juntos. Luego te fuiste y no supe más de ti, le pregunté a tu abuela pero no quería decirme nada para no hacerme daño. Nunca me olvidé de ti. Siempre estuve pensando en esa niña llamada Zoe que se fue llevándose mi corazón con ella, siempre, en todos estos trece años. Hasta que ese autobús me atropelló y fallecí, no se por qué pero me levanté de la cama del hospital con mi cuerpo, aunque veía mi otro cuerpo tumbado en la cama, me asusté mucho, y más cuando salí al pasillo y me puse a gritar y nadie me escuchaba ni me dirigía la mirada. Ahí lo entendí todo, todo menos la razón por la que seguía existiendo aunque no vivo. Me acordé de ti, fui a casa de tu abuela, entré traspasando la puerta, como hice antes, encontré una foto tuya de mayor, y entonces también entendí por qué seguía existiendo. Para encontrarte y decirte todo lo que nunca te dije antes. Que te amo, que te amo con toda mi alma y que siempre estuve enamorado de ti, y si tú eres la única que puede verme y tocarme, es porque me amas tanto como yo te amo a ti.

Zoe definitivamente se queda sin palabras, se levanta de la cama y corre hacia sus brazos.
-Es cierto que te amo Denis, te amo con todo mi corazón. Y claro que ahora me acuerdo de ti. Ahora lo entiendo todo, pero, ¿sabes?, me da igual.
-¿Cómo que te da igual?
-Me da igual que tu cuerpo esté en otro lado, muerto, sin alma, me da igual que seas un espíritu y que nadie crea que existes. Yo necesito estar a tu lado.
-Zoe, escúchame, no estoy vivo, no podemos estar en esta situación eternamente, no podríamos casarnos, ni tener hijos. No podríamos tener una vida normal.
-Nunca la he tenido.
-Zoe, me tengo que ir, ya he hecho lo que tenía que hacer, no puedo estar así para siempre, entiéndelo, en un momento u otro, mi alma también se va a morir.
-Pues déjame quedarme a tu lado hasta que tu alma también se muera.

Y así fue, se quedaron juntos hasta que un día por la noche, mientras dormía, un aire cálido la despertó, sintió un beso en sus labios, y cuando pudo abrir los ojos, él ya no estaba allí, pero sin embargo su recuerdo y su amor, sí se quedaron siempre allí.

Volvió a Quebec, en un día en el que ya no caían copos de nieve, pero sin embargo, ella tenía más frío que nunca. Volvió a su casa y siguió con su vida normal, haciéndose a la idea de que Denis sólo había sido un extraño sueño del que ya había despertado, pero en el fondo de su corazón, durante toda su vida, ella siempre supo que Denis fue real, que nunca dejaría de estar enamorada de él, y que sus almas, muertas o vivas, estarían unidas eternamente.

miércoles, 24 de junio de 2015

Copos de nieve (1º parte)

¿Y si París no resulta ser tan especial después de todo? ¿Y si la torre Eiffel no resulta ser el máximo símbolo del amor? ¿Y si un café sabe mejor en Londres, o una canción suena más bonita en Italia? Son preguntas que se hace de repente, que le afloran en su pensamiento, creyendo que la respuesta a todas ellas es la afirmación de las mismas, aunque antes pensara que París era la ciudad más bonita y más maravillosa del mundo entero. Y es que Zoe no está muy emocionada después de que su madre le dijera que las vacaciones de invierno las pasaría en la casa de su abuela, en París. No es que no le guste estar en compañía de su abuela, es simplemente que no quiere conformarse con escuchar el tic tac de su viejo reloj, el cual tiene colgado en la pared del salón como si fuera un trofeo importante o algún objeto valioso del que poder sentirse orgulloso, no quiere cambiar el olor de su habitación por el olor a madera quemada que desprende la antigua chimenea de la casa de su abuela, no quiere rechazar la oportunidad de poder estar con sus amigos en las vacaciones, de poder hacer muñecos de nieve con ellos en algún lugar de Quebec. Porque a pesar de que ya tiene dieciséis años, su sueño en invierno sigue siendo moldear la nieve hasta ponerle forma de muñeco, tal y como siempre lleva haciendo desde que tenía tres años cuando se mudó a Quebec.

Pero aun así, trata de sacar lo positivo, o al menos lo que menos se parece a lo negativo, y recuerda que aún le quedan algunos juguetes en casa de su abuela de cuando era pequeña, ya que antes de cumplir los tres años vivió allí. Piensa que tal vez podría echarle un ojo al baúl de los recuerdos y también ver fotos antiguas, de ella cuando era pequeña, de cuando aún no tenía que preocuparse por pensar antes de actuar, ni tenía que pedir disculpas por haber dicho algo que no tenía que decir.

Resultado de imagen de copos de nieve realesLlega el iniverno y con él, las vacaciones, hace la maleta en menos de un día y el primer día de vacaciones, ya está sentada en un tren de camino a París, mirando por la ventanilla cómo caen los primeros copos de nieve. Se abraza a su maleta porque ya empieza a hacer frío y se echa en su asiento, a los minutos, un chico alto y de pelo rubio, más o menos de su edad, le ofrece una taza de té, pero para cuando lo hace, Zoe ya está profundamente dormida.

Es el mismo chico alto de pelo rubio quien le despierta al llegar a la estación de París, diciéndole que es conocido de su abuela, su vecino del barrio exactamente, y que la acompañaría hasta allí para indicarle el camino. Zoe se extraña de que él viaje en el mismo tren, y se lo hace saber mientras descubre que los ojos de una persona pueden ser azules y verdes al mismo tiempo.
-Bueno... Es que tengo familia en Quebec, dos tíos y tres primos, y decidí visitarlos la semana pasada- dice él tímido, fijando su mirada en los copos de nieve que fuera siguen cayendo.
-¿Antes de las vacaciones?
-Bueno, sí, pedí permiso a mis padres, y ellos a la escuela, y pude viajar- dice ahora fijando su mirada en los oscuros ojos de Zoe.
-Si vas a acompañarme a casa de mi abuela, tendré que saber por lo menos tu nombre, ¿no? Yo me llamo Zoe.
-Eso no importa.
-¿Y entonces qué es lo que importa?
-Aún no lo he descubierto, y si lo he hecho, no sabría decírtelo.
Zoe se extraña aún más, no sólo por el hecho de lo extraño que es el chico, y la forma tan rara en la que habla, sino porque la gente la observa como si fuera una aguja extremadamente brillante que se encuentra en un pajar extremadamente oscuro. Tiene la sensación de estar haciendo algo fuera de lo normal, cuando en realidad sólo está saliendo de un tren, hablando con un chico que curiosamente, habla de forma extraña y queriendo embellecer sus frases.

Andan tranquilos por las mojadas calles de París, sin prisas, conversando sobre distintos temas, algunos de los cuales son la nieve que ese día cubre las casas de París, o el frío que se incrusta en los huesos como un puñal se incrusta en el corazón. Siguen hablando y hablando sobre temas relevantes y un tanto comunes, pero cuando Zoe intenta de nuevo que le diga su nombre, él hace oídos sordos, y también igual cuando intenta sacarle información acerca de dónde vive o cómo conoció a su abuela.

Llegan diez minutos más tarde, y él le explica que debe regresar a su casa, y le dice que ya se verían en otra ocasión, ya que ahora, iban a ser vecinos durante el invierno. Antes de que se marche, Zoe puede observar de nuevo la mezcla entre azul y verde que tienen sus ojos, y cuando ya está totalmente segura de que tienen ambos colores, se despide de él con un simple "hasta otra" y se da la vuelta en dirección a la puerta de la casa de su abuela, quien, al llegar y abrir la puerta, la aplasta en sus viejos y aunque no débiles brazos.
-¡Mi niña! ¡Por fin estás aquí de nuevo! -le grita al oído casi tan fuerte que Zoe cree que se le han roto los tímpanos.
-Hola, abuela, ¿cómo estás?
-Ahora que estás tú aquí acompañándome, ¡mejor que nunca! Dime, ¿cómo has encontrado la casa? ¿aún recordabas el camino?
Zoe abre la boca para contarle que un chico alto y rubio sin nombre la ha acompañado, pero por alguna razón no emite ningún sonido, no sale ninguna palabra, e instantes más tarde, comprende que esa razón es que algo dentro de ella le dice que lo de ese chico, debe guardárselo para sí misma, entonces traga saliva, se recupera, y simplemente responde que sí.

Sube a su antiguo cuarto para dejar sus cosas, luego recorre toda la casa para comprobar que está exactamente igual que hace trece años. Llega al salón y ahí está, el dichoso reloj, entra dentro y ahí está, el insoportable olor a madera quemada de la chimenea. Entonces piensa que realmente va a necesitar mucho salir a la calle a hacer muñecos de nieve con el chico sin nombre, aunque al instante siguiente, cae en la cuenta de que a lo mejor a él no le gusta hacer muñecos de nieve, y que tampoco sabe exactamente donde vive, ni tiene su número de teléfono, ni ninguna forma para contactar con él.

Pasan los días y cada vez el tic tac del reloj se hace más fuerte y persistente, y el olor a madera quemada de la chimenea más insoportable. Le gusta hablar con su abuela, pasar el tiempo con ella, pero de vez en cuando necesita subir a "su habitación" para sumergirse en alguno de sus libros que tanto le gusta leer. También sale a la calle a hacer muñecos de nieve, pero no es lo mismo hacerlos sola, así que siempre se vuelve a casa dejándolos a medio hacer. Hasta que un día por la mañana, cuando se despierta, mira por la ventana sorprendida porque aún siguen cayendo copos de nieve, y se da cuenta de que el muñeco de nieve que dejó a medio hacer ayer, sigue ahí, y no sólo eso, sino que también está terminado. El tiempo que se tarda en responder una pregunta retórica es el tiempo que ella tarda en pensar que puede ser el chico sin nombre el que lo haya terminado de hacer, la posibilidad es una entre un millón, y ella lo sabe, pero tiene la certeza de que lo que ha pensado, es lo correcto, y lo puede confirmar cuando lo ve aparecer con una bufanda en la mano, la cual se la enreda en el cuello al muñeco de nieve. A la velocidad de un rayo, Zoe abre la ventana y justo cuando va a gritar, se da cuenta de que no puede gritar ningún nombre porque aún no sabe cuál es el suyo, así que piensa en otra manera de llamarlo, e inmediatamente, recoge con sus manos un montón de esos copos de nieve que han caído alrededor de la ventana y los hace una bola, y a continuación, se los lanza a la altura del hombro; intento número uno fallido. Él se da la vuelta y camina a paso ligero, pero antes de que doble la esquina de la calle, Zoe consigue darle con otra bola en la espalda, en este intento sí acierta. Entonces, él se gira, mira hacia arriba, y la ve, y lo cierto es que, no puede evitar dibujar una sonrisa en sus labios al verla.
-Hola, Zoe- dice sin dejar de dibujar la sonrisa en sus labios.
-Llevaba días esperando poder verte para que me dijeras tu nombre, pero no has aparecido.
-¿Por qué te interesas tanto en saber mi nombre?
-Porque es el primer paso para conocernos.
-Te equivocas, el primer paso para conocernos es que bajes aquí conmigo y termines el muñeco de nieve que empezaste ayer.
-¿Cómo lo sabes? Además, ya lo has terminado tú.
-Lo sé porque te he estado observando cada día, y si de verdad quieres conocerme, no me preguntes todavía por qué lo he estado haciendo. Tienes razón, ya lo he terminado yo, pero, podemos hacer otro juntos, ¿qué me dices?
Zoe no responde, y él sabe que es porque no hace falta una respuesta. Desaparece de la ventana y la cierra, y sabe que es porque está bajando las escaleras. Zoe las baja tan rápido como le permiten sus piernas y sale a la calle, donde, en décimas de segundo, se reúne con él. Minutos más tarde ya tienen su muñeco de nieve terminado, y entonces siente que ya no tiene la necesidad de preguntarle si le gusta hacerlos.
Están simplemente mirándose a los ojos, ella, por una parte, termina de descubrir toda la totalidad de la mezcla entre azul y verde, y él, por otra parte, empieza a descubrir destellos de claridad en su masa de oscuridad. Sobran las palabras, están de más los gestos. Empiezan a comprender el verdadero sentido que tiene la frase "una mirada lo dice todo", cuando de repente, Zoe siente de nuevo esa mirada extraña de la gente hacia ella, esa sensación de estar haciendo algo fuera de lo normal, algo que las demás personas no logran comprender qué es. Es cuando él, por primera vez en esa mañana, desdibuja su sonrisa y le dice:
-No es por ti, es por mí.
-¿Qué?
-Si no te digo cuál es mi nombre, ni te cuento nada de mi pasado, es precisamente por esto, por la reacción de la gente al verte conmigo, y si te contara la razón, nunca me creerías.
-Sí lo haría, ¡tan sólo inténtalo!
-No puedo.
-¿Qué puedo hacer para que puedas?
-Quedarte conmigo.

Siguen pasando los días, y para ella, esta vez parecen siglos. Sigue sin comprender por qué la gente la mira de forma tan extraña cuando está con el, y por qué luego la miran tan normal cuando está sola. Empieza a pensar que verdaderamente está en una especie de sueño, y desearía despertarse si no fuera porque entonces jamás volvería a ver su sonrisa y esa extraña mezcla en sus ojos.
A medida que el tic tac del reloj sigue llamando la atención, y el tiempo sigue avanzando, Zoe empieza a comprender el verdadero significado de la frase "quédate conmigo". Y empieza a sentir que no lo va a hacer para que él le cuente la verdad, sino porque sencillamente necesita hacerlo, necesita quedarse con él.

Y en esta parte de la historia es en la que a ella le toca ser valiente e ir a buscarle, en cada calle de París, en todos los alrededores de la calle donde hicieron el muñeco de nieve, hasta que tras dos horas y a punto de darse por vencida, lo encuentra sentado en una esquina, va hacia él y le tiende su mano, para decirle que se levante sin necesidad de usar palabras. Él la toma y se levanta, y cuando están de pie, uno frente al otro, es cuando se vuelven a mirar a los ojos, pero esta vez no de pasada, o solo de refilón para comprobar el verdadero color que tienen, esta vez se clavan la mirada, esta vez se desnudan con la mirada, provoca uno un incendio en los ojos del otro. Y cuando el incendio está en su máximo peligro, cuando las llamas son incontrolables, justo en ese momento, es cuando de repente, por alguna razón, la mirada que mantienen se desvanece, se rompe, y es justo ahí cuando los ojos de él se fijan en los labios de Zoe, y los ojos de Zoe, en los labios de él. Y cu
alquier centímetro que separara a sus labios, simplemente desaparece, ya no existe, y curiosamente se produce un terremoto en sus labios al chocarse, un terremoto que difícilmente se va a parar. Pero es como si dentro de ese terremoto, se protegieran el uno al otro de los posibles edificios que pudieran caer, se sobrecogen, se acarician, se cuidan mutuamente. Y poco a poco el terremoto se hace más leve y más pasajero, a la vez que ambos empiezan a entreabrir sus ojos que antes estaban cerrados para no ver cómo el terremoto destruía sus labios, ya no sienten la necesidad de protegerse, porque ya no es necesario, y entonces, milímetro a milímetro, sus labios se empiezan a separar, recuperando de nuevo la distancia entre ellos que antes había desaparecido, y justo al final, la mirada que se desvaneció, revive, sólo que ahora no está llena de fuego de ningún incendio, sino del amor de un beso.
-¿No te parece ésta la manera correcta de quedarme contigo y una buena razón para que me lo cuentes todo?- se atreve a preguntar con el débil hilo de voz que le queda después del incendio y del terremoto.