La miré fijamente a los ojos una madrugada de jueves y le dije: dime que no soy la única que no persigue la estabilidad. Que no sueña con casarse (ni siquiera con el amor de su vida), que no desea convertirse en madre (ni siquiera con el amor de su vida), aunque eso signifique condenar a toda una familia entera a renunciar a su única oportunidad de tener descendencia. Dime que no soy la única que sí quiere mudarse a un estudio y no a una casa con tres habitaciones, que no lloraría de alegría con un contrato indefinido porque la ataría a un lugar, que sería la más feliz del mundo si al volver a casa solo la recibiese su gato. Dímelo. Dime que no soy la única que querría malgastar las madrugadas de vida que le quedasen escribiendo libros, en lugar de conociendo gente nueva para volver a despedirla. Dime que no soy la única a la que no le gustaría poner cuadros propios en las paredes, porque esas paredes nunca serían hogar. Dime que no soy la única que quiere pasar su vida visitando países, aunque me lo funda todo en vida. Y, por favor, dime que no soy la única que en sus últimos días solo querría volver a ver cinco minutos a cada amor del pasado con el que todo esto no se pudo dar. Y ella, muy tranquila, con sonrisa irónica, me respondió: “tranquila, somos muchas”.
La vida es como un juego de cartas, suerte que yo todavía conservo los comodines sobre la mesa y los ases bajo la manga.
viernes, 20 de febrero de 2026
viernes, 16 de enero de 2026
Adolescencia
¿Por qué solemos echar de menos los dieciséis, diecisiete, dieciocho años? Porque todo era posible. Porque estábamos en un amplio pasillo repleto de puertas que no sabíamos a dónde nos conducían, y sentíamos una adrenalina enorme al elegir una. Y porque creíamos fielmente que además de posible, también todo era probable. No sabíamos qué íbamos a estudiar, conocíamos amigos nuevos cada mes, cualquier cosa podía pasar. Éramos una tabula rasa con miles de opciones por delante para rellenar, y eso, nos generaba expectativas e ilusión. Porque todo era nuevo, porque eran las primeras veces de todo. Las miradas, los besos, las manos largas en las distancias cortas. Porque todo lo vivíamos más intensamente al ser experiencias completamente desconocidas para nosotros. Y la novedad siempre atrae. Porque veníamos con el corazón intacto, porque nunca nos lo habían roto, porque queríamos sin las heridas del pasado y sin compararlo con aquel gran amor al que a día de hoy no hemos conseguido olvidar. Porque nuestros seres queridos seguían vivos, y porque éramos más en la mesa para la cena de Navidad. Supongo que echamos de menos nuestra adolescencia porque es el reflejo de lo que un día tuvimos que ya jamás podremos volver a tener.
martes, 19 de agosto de 2025
Aprendizajes
jueves, 31 de octubre de 2019
La flor de la vida
viernes, 27 de septiembre de 2019
Ser yo misma
miércoles, 14 de agosto de 2019
La ventana del autobús
martes, 9 de julio de 2019
Alas rotas
domingo, 30 de junio de 2019
Sublime
martes, 19 de marzo de 2019
En paz
martes, 12 de febrero de 2019
El problema de muchos
Que nos cansamos muy pronto, cuando ya lo tenemos, de lo que antes de veras deseábamos tener.
Que nos gusta lo fácil porque lo difícil es menos cómodo.
Que nos creemos que cuando ya hemos conseguido algo nos pertenecerá siempre, y no somos conscientes de que si no lo cuidamos día a día se puede perder.
Que pensamos mucho en el "así y ya está" y no nos esmeramos en hacer las cosas correctamente.
Que hacemos muchas cosas por cumplir, cuando no nos salen de corazón.
Que preferimos el rápido y mal, antes que el lento y bien.
Que decimos mucho y hacemos menos que nada.
Que sentimos demasiado y nos arriesgamos bastante poco.
Que siempre ponemos por delante a lo que por un rato nos divierte, y nos dejamos atrás a lo que nos haría feliz toda una vida.
Mi pequeña
martes, 29 de mayo de 2018
Arrebol en mi corazón
Sé lo que es sentirte sin casa aun estando en la tuya propia. Sé lo que es no tener familia, peor aún, tenerla en un paréntesis acomodado en el olvido. Sé lo que es vivir con la depresión a tu lado, combatiendo día tras día para que no te salpique a ti también, y estar involucrada en esa lucha durante años y años, casi toda tu vida. Sé lo que es tener que partirte en dos, para estar con tu padre y con tu madre, sin que ellos tengan que verse. Dos casas, "qué privilegio" dicen. Qué ingenuos son. También sé lo que es llegar a casa y jamás escuchar un "buenos días" o un "buenas noches", ni recibir dos besos de tu madre. Sé lo que es vivir cuidando de tu "familia", si a "familia" se le puede llamar a un padre por un lado y una madre por otro, cuando es tu familia quien debería cuidar de ti. Sé lo que es abandonarte a ti mismo por mantener con vida a los demás. Lo peor de todo, y lo que los más ingenuos desearían para ellos, sé lo que es no tener un sólo hermano en quien apoyarte cuando la casa se te cae encima. Por no tener, no tengo ni perro.
Sé lo que es sentir que estás en casa cuando estás en la de tu novio, en la de tus amigos, incluso cuando estás en la calle, pero jamás, nunca cuando estás en la tuya. Sé lo que es vivir entre rejas desde pequeña y sin cometer delito. Sé lo que es aprender a base de castigos incluso antes de haber aprendido siquiera a andar bien. Sé lo que es pasar las Nochebuenas y las Navidades sentada sola en la mesa, como también sé qué se siente al tener tres años de vida y verte llorando encima de tu madre mientras no se puede levantar del suelo y tu padre grita, y grita, y vuelve a gritar, y si mueve un dedo, o echa una mano, no es precisamente para ayudarla. Y a pesar de todo esto, sé también, y mejor que nadie, que lo que no te mata, te hace más fuerte. La primera opción no fue la que la vida eligió para mí, y por lo tanto, me he visto durante los 18 años de mi vida en la segunda; aprender a ser más fuerte a base de palos, y a veces escribir, contarlo, soltarlo, es la única manera de seguir siéndolo. Así empezó todo esto hace seis años, y esa es la verdadera razón de la existencia de este blog. Y supongo que cada uno tendrá su historia, que no seré la única. Pero hoy creo que ya era el día de contar la mía.
Siempre he pensado que hay gente que ha nacido para luchar, más que para vivir. Esas personas que son como "salvadores" del mundo, que sirven de referencia para que mucha gente siga adelante. Yo siempre me he considerado una de esas personas. Vivo en el "casi, pero no", en el "para la próxima será", en el "esta vez no ha habido suerte". Si consigo algo es porque antes la vida me ha dicho veinte veces que no. Si sigo andando es porque antes me he tenido que tropezar mínimo diez veces. Soy la última de la fila en el patio del recreo, soy la que llega tarde, cuando se ha acabado la función, cuando ya no quedan trozos de tarta. Soy el "qué lastima, pobrecita", soy la última persona en la que alguien pensaría para hacer un equipo en educación física. Siempre lo he sido, esa es la verdad. Pero no importaba, porque yo seguía luchando, y a pesar de todo, salí de todas mis enfermedades, incluso de la que casi me cobra la vida. Y fui el "me he graduado en bachillerato", el "he entrado en la universidad", el "se me da bien escribir". Sí, a veces he sido muy feliz, a pesar de mi mala suerte. Pero a nosotros, los luchadores, ser ese tipo de persona también nos cansa, y hay veces que no podemos más, y que por intentar ser más fuerte de lo que somos, la vida nos juega malas pasadas.
¿Te acuerdas de aquella vez que te dije que no era justo que tú hubieras entrado en medicina y yo no en mi carrera? Pues por ello tiré por la borda mis quince años de amistad contigo. ¿Te acuerdas cuando me encapriché con aquel chico que estaba contigo y no paré hasta estar con él? Por culpa de eso me perdí tres años de vida contigo. ¿Te acuerdas de aquel día que preferiste salir con tu amiga antes que conmigo y yo me enfadé? Por eso no volví a saber nada de ti en cuatro años. Sí, es un rasgo de las personas luchadoras, sabemos mejor que nadie lo que es perder a alguien, y por eso tratamos a toda costa de mantener a la gente a nuestro lado. Los que encima tenemos mal carácter, lo tenemos muchísimo peor. Nuestras palabras nos hacen perder relaciones muy valiosas, como las que yo perdí con todos vosotros. Pero ¿Qué queréis que os diga? A veces tener algo de maldad me hace sentir persona, porque de verdad que no suelo sentirme así a menudo. No sé, si luego me arrepiento a veces no sirve de nada, el daño está hecho. Pero sé que sigo siendo persona, y buena, en el momento justo en que lloro por vosotros. Y hablando del otro tema, nunca juzguéis a nadie por ir de flor en flor. Es muy sencillo, cuando alguien no tiene amor en su casa, lo busca en la calle.
Un día me levanté por la mañana y ella ya no estaba. Se había ido. Y esa misma noche él se fue con ella. ¿Y sabéis cómo me vi de la noche a la mañana? En frente de dos ataúdes y con dos abuelos menos, los últimos que me quedaban. Otro día también al levantarme por la mañana vi a mi madre normal. Esa noche sonó el timbre. Podría ser alguien de la familia que no tenemos, que venía a visitarnos, pero no, era la ambulancia, que venía a por ella. También otro día, de repente se encontró en el hospital con cinco bolsas de sangre y un cáncer que podía con ella. Una vez esperé en el balcón, como cada noche, a ver aparecer el coche de mi padre, pero él no volvió, la verdad es que nunca más lo hizo, y mi madre me cantó desde esas Navidades, cada año, la canción "Vuelve a casa por Navidad". La vida siempre se ha acostumbrado a quitarme las cosas de un plumazo ¿Comprendéis ahora que siempre saque la garra cuando veo que alguien se aleja de mí o que intentan quitarme lo que es mío?
Desde que lo conozco, siempre he admirado a Migue Benítez, porque escribe, porque canta, lo que mi mente piensa, lo que mi corazón dice. Porque nunca sabremos qué nos depara la vida, porque la felicidad la tienes que buscar tú, porque nadie lo hará por ti. Porque se halla en las cosas simples, las cosas simples como las garrapatas, como una guitarra, como una tarde de verano al sol, como un pan con manteca, como un huevo duro y una rodaja de tomate. Porque hay que vivir el presente, y hacer lo que más te llene. Porque con un traguito de cerveza y un cajón flamenco todo se arregla, porque la droga, después de lo mala que es, lo purifica todo. "Dice la gente que vamos rápido, que a nuestra edad es raro pensar lo que pienso yo. Tal vez, yo muera antes que los demás". Y sí lo hizo, a los 21 años. Y me siento tan identificada con él, que incluso en lo más profundo de mi ser, desearía irme de este mundo tan joven como él. Es mi otra mitad. Creo que es a quien he estado buscando en cada novio que he tenido. Pero bah, como él jamás habrá nadie. Lo que yo siento con su legado, jamás nadie lo podrá entender, y es otra de las razones por las que yo hoy soy así.