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viernes, 20 de febrero de 2026

Independencia

La miré fijamente a los ojos una madrugada de jueves y le dije: dime que no soy la única que no persigue la estabilidad. Que no sueña con casarse (ni siquiera con el amor de su vida), que no desea convertirse en madre (ni siquiera con el amor de su vida), aunque eso signifique condenar a toda una familia entera a renunciar a su única oportunidad de tener descendencia. Dime que no soy la única que sí quiere mudarse a un estudio y no a una casa con tres habitaciones, que no lloraría de alegría con un contrato indefinido porque la ataría a un lugar, que sería la más feliz del mundo si al volver a casa solo la recibiese su gato. Dímelo. Dime que no soy la única que querría malgastar las madrugadas de vida que le quedasen escribiendo libros, en lugar de conociendo gente nueva para volver a despedirla. Dime que no soy la única a la que no le gustaría poner cuadros propios en las paredes, porque esas paredes nunca serían hogar. Dime que no soy la única que quiere pasar su vida visitando países, aunque me lo funda todo en vida. Y, por favor, dime que no soy la única que en sus últimos días solo querría volver a ver cinco minutos a cada amor del pasado con el que todo esto no se pudo dar. Y ella, muy tranquila, con sonrisa irónica, me respondió: “tranquila, somos muchas”. 

viernes, 16 de enero de 2026

Adolescencia

¿Por qué solemos echar de menos los dieciséis, diecisiete, dieciocho años? Porque todo era posible. Porque estábamos en un amplio pasillo repleto de puertas que no sabíamos a dónde nos conducían, y sentíamos una adrenalina enorme al elegir una. Y porque creíamos fielmente que además de posible, también todo era probable. No sabíamos qué íbamos a estudiar, conocíamos amigos nuevos cada mes, cualquier cosa podía pasar. Éramos una tabula rasa con miles de opciones por delante para rellenar, y eso, nos generaba expectativas e ilusión. Porque todo era nuevo, porque eran las primeras veces de todo. Las miradas, los besos, las manos largas en las distancias cortas. Porque todo lo vivíamos más intensamente al ser experiencias completamente desconocidas para nosotros. Y la novedad siempre atrae. Porque veníamos con el corazón intacto, porque nunca nos lo habían roto, porque queríamos sin las heridas del pasado y sin compararlo con aquel gran amor al que a día de hoy no hemos conseguido olvidar. Porque nuestros seres queridos seguían vivos, y porque éramos más en la mesa para la cena de Navidad. Supongo que echamos de menos nuestra adolescencia porque es el reflejo de lo que un día tuvimos que ya jamás podremos volver a tener.

martes, 19 de agosto de 2025

Aprendizajes

En esta vida he aprendido, entre otras muchas, tres cosas (y apúntatelas):

1) Muchas veces insistimos en volver a las mismas coordenadas que nos hicieron felices, pero no nos damos cuenta de que lo hacemos en espacios temporales distintos. Y entonces, oh, sorpresa, los sitios han cambiado, te encuentras con personas que ya no existen, porque ahora son otras versiones de sí mismas, y entonces te das cuenta de que te estás perdiendo muchísimas cosas nuevas por querer vivir solo de recuerdos, que ya, aunque quieras, jamás volverán a repetirse como un día fueron, porque, aunque duela, nada puede darse de la misma forma dos veces.

2) Te van a hacer sentir mal continuamente por querer a varias personas a la vez, y te van a presionar para que elijas solo a una. Porque nos han enseñado que eso es lo bonito, un uno pa uno, y si es pa siempre, mejor. Pero lo bonito no siempre es lo humano. Y no hay nada más humano que querer a distintas personas por distintos motivos, y reencontrarte con diferentes partes de ti mismo en cada una de esas personas, que todas, en última instancia, te aportan algo bueno ¿No será aun así mejor querer a muchos que vivir en guerras?

3) Cuando no puedes ir contra tu corazón (porque spoiler: no puedes), lo único que te queda es aliarte con tu cabeza, porque juntos, en algunos puntos, seréis una fuerza mayor. Que no se malinterprete, cuando algo es de corazón hay que lucharlo, porque es el único que nunca, jamás, te va a mentir. Pero cuando esa lucha te consume y descubres que en realidad algo o alguien no es bueno para ti, no hay más remedio que ponerse del lado de la razón y acudir al cerebro, porque, también lo he dicho millones de veces, cuando de verdad quiere, puede ser incluso más terco que el propio corazón.

Ah, y cuando la vida te haya dicho ya que no a algo de todas las maneras que ha sabido hacerlo, no sigas insistiendo, igual es que no a eso, pero sí a muchas otras cosas nuevas, buenas y bonitas. 

jueves, 31 de octubre de 2019

La flor de la vida

Tengo sólo 20 años. Y me da pánico el paso del tiempo. Ese mismo que arrastra tormentas, primaveras y campos de flores. Ese mismo que se va llevando abuelos, padres y sueños a medio cumplir. El que borra cada huella que las historias van dejando sutilmente. Me da miedo pensar que jamás volveré a ser una niña, que ya nunca más volveré a saborear la dulzura de la inocencia, que nunca más lo veré todo de forma transparente, que no pasaré a pies puntillas por el mundo sin que nadie me llame la atención. Me da lástima pensar que nunca más volveré a sentir la ilusión de los Reyes Magos, que ya no volaré tan alto cuando me monte en un columpio, ni tendré cuidado con dónde pisar cuando las losas del suelo estén separadas por rayas. Me da miedo pensar que nunca habrá dos días iguales, ni una cena más larga. Me da miedo pensar que nadie nace dos veces, igual que no habrá dos inviernos igual de fríos. Me da miedo pensar que cada sonrisa siempre será diferente. Que nunca vamos a encontrar dos veces a la misma persona ni siquiera en la misma persona. Que todo principio irremediablemente tendrá su final, por mucho que lo queramos retrasar. Que siempre nos faltará tiempo para decirle a alguien cuánto lo queremos, que nunca nos sobrará tiempo para hacer lo que de verdad queremos. Me da muchísimo miedo pensar que ninguna brisa de aire entrará por tu ventana dos veces, ni verás al mismo pájaro volar una vez haya emigrado. Me da pánico pensar que las cosas ocurren una sola vez en la vida, y que vida solo hay una. No quiero hacerme mayor, jamás. No quiero dejar de ser joven. Y no por las arrugas o las canas. No quiero hacerme mayor porque no quiero dejar de vivir. No quiero dejar de encontrarme a gente increíble por el camino. No quiero que el destino deje de sorprenderme con historias emocionantes a la vuelta de la esquina un sábado por la noche. No quiero dejar de llamar a mi amiga para irnos de fiesta. Me aterra pensar que un día al salir de trabajar me va a apetecer más quedarme en casa viendo una película, y que llegado un día seguirá siendo así durante el resto de mi vida. Me cuesta un mundo sentar la cabeza. No quiero hacerme esclava de la rutina. Me echo a temblar de pensar que un día ya no conoceré ninguna historia de amor más, que no volveré a probar otros labios, que no me quedaré dormida entre otros brazos. No quiero atarme a nadie. Quiero ser un alma libre toda mi vida. No quiero dejar de viajar. No quiero dejar de conocer mundo. No me quiero estancar en mi oficina o en el sofá de mi casa. No quiero pasarme las mañanas llevando a los niños al colegio. No quiero cambiar la ginebra a las tres de la mañana por el café de media tarde. No quiero dedicarme a mi familia, todavía no. Quiero dedicarme a vivir. A pasarme la semana contando los días para que llegue el fin de semana. A esperar con ansias la próxima oportunidad de lanzarme a la calle a vivir aventuras. A decirle a mi amiga lo guapa que está con su vestido nuevo y lucirlo en las fiestas del pueblo. A darle dos besos al chico que está pensando besarme los labios. A llevar a mi madre de compras y jugar a que nunca va a envejecer, a imaginar que siempre estará a mi lado. No quiero serle fiel a la cordura, quiero arriesgar, quiero apostar, quiero intentar, y tener el suficiente tiempo para poder ganar. Porque siento un terror horrible cuando pienso por primera vez que puede ser la última de algo, o que se me está acabando el tiempo para hacer algo. Porque no quiero que esto se acabe jamás. Porque quiero que siempre haya un día más para poder brillar, una noche más para poder bailar, y que nunca se me queden pequeños los tacones. Sé que es imposible, y aunque yo alguna vez me haga mayor, espero que mi alma siempre siga siendo joven, y que en ella jamás se marchite la flor de mi vida.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Ser yo misma

Hoy me he cansado de sentirme culpable por ser yo. Hoy me quiero como soy. De palabras frías en caliente pero cálidas cuando las hago poesía. De silencios prolongados y miradas esquivas. De una bonita mirada que se esconde detrás de un par de cristales. Con una media sonrisa dibujada en la cara sólo cuando un buen artista sostiene el lápiz. Soy de leer mucho y decir poco. Soy de hablar sin mover los labios. De ver mucho la luna. De escuchar mucho el mar. Me duermo abrazada a los peluches cuando estoy helada y acostumbro a refugiarme en los bares que cierran al filo de la mañana y atreverme a llamarles hogar. Soy de cuidar bien de lo(s) que me hace(n) estar viva. Bailo peor que canto e intento acariciar mejor que escribo. Pero sólo cuando tengo ganas. Tengo un par de cuadros en casa y a veces ni los miro. Soy de noches de charlas intensas y días tirados al vacío. Soy de ir a puentes desde los que se ven las estrellas, aunque sólo se hallen en las páginas de los libros. Soy de reír poco y llorar mucho. Aunque pocos sepan que a veces lo hago por alegrarme demasiado. Soy de ver el mundo y viajar siempre que puedo, aunque sea a casa del vecino. Soy de escuchar música callejera hasta perder el ritmo. Soy de beber con hielo y calentar la comida siempre cinco minutos. Soy de soñar despierta y tampoco querer que tus canciones se acaben. Soy de dormirme a tu lado cuando haces que el universo nos cante. Soy de escribir hasta en las paredes de mi casa. Soy de querer más a los animales que a las personas. Soy de subirme en todo lo que veo. De nadar entre las rocas. Soy de ponerme la raya a un lado y vestirme siempre del revés. Soy de querer al que quiere hacerme bien. Y eso, me gusta hasta más que el bigotillo que se te queda después de tomar café.

miércoles, 14 de agosto de 2019

La ventana del autobús

No soy una persona habladora. Me gusta más escuchar. Escuchar viejas historias cuyas sombras aún permanecen ocultas tras el sol de nuestros días. Sentirme cómplice de todas aquellas personas que algún día fueron soldados curtidos en mil batallas que saciaron sus vidas de guerras inacabadas. Prefiero ser el hombro sobre el que caen las lágrimas que los ojos que lloran. Prefiero no matizar, no interrumpir, no dar mi opinión. Me gusta estar callada y no manchar de impunidad el tesoro que es el silencio. No callar a otros cuando desean escupir un mar de palabras que salen disparadas como lanzas buscando su diana. Es maravilloso impregnarse del aroma que desprenden aquellas historias de amor, de amistad, de desencuentros, de viajes a los viejos tiempos donde todo era más transparente y la realidad no necesitaba disfrazarse para pasar desapercibida. Soy una persona observadora. Cuando voy en autobús me gusta quedarme pegada a la ventana y mirar aquí y allá. Veo una casa abandonada donde descansa una vieja silla esperando con impaciencia a alguien que jamás volverá a sentarse en ella. Veo un agujero en una valla que alguien quizás hizo con la intención de pasar al otro lado, o no. Pero sea como fuere, aún sigue ahí, abriendo un espacio entre dos mundos, para quien sepa verlos. Veo cientos de casas en ruinas, las cuales son testigos del amor que había en una familia que pasó sus días allí años atrás. Veo muros que el sol, entre salida y puesta, cada día ha ido tiñiendo de color añoranza. Veo bosques que hace millones de años fueron mar. Veo mares de los que nacerán islas que muy probablemente jamás llegaré a conocer. Veo niños jugando ante la atenta mirada de sus abuelos, tras la cual se esconde la huella de otra niñez de la que ya a penas queda rastro. Veo aquel hombre que se esconde detrás de la barra del bar porque piensa que así sus carencias y problemas estarán más seguros de miradas indecentes, pero que en el fondo está pidiendo a gritos una mano que le ofrezca salir a bailar. Veo a aquel otro chico sentado en la parada de autobús que mira el reloj que tiene en su muñeca con tanta efusividad que pareciese que hubiese una parada que le dejara cerca del amor de su vida. Veo muchas parejas, pero pocas almas gemelas. Veo poca libertad y demasiadas rejas. Veo sangre de inocentes y risas de culpables. Veo a la chica de ojos morados y piel blanca que mira con miedo a quien dice ser el amor de su vida. Veo dagas volando continuamente por el aire y pasando a tan solo milímetros de las cabezas de las personas. Veo mucho dinero y pocos estómagos llenos. Veo corrupción, egoísmo, rencor, maldad. Pero también veo amor, compañía, ayuda, esperanza. Y lo veo porque cada noche al cerrar los ojos sé que lo primero que veré al día siguiente, antes que cualquier cosa, será la luz del sol.

martes, 9 de julio de 2019

Alas rotas

Quiéreme bien. Quiéreme libre. Quiéreme sano. Quiéreme entera. Quiéreme eterna. Quiéreme sin ataduras. Quiéreme sin compromisos. Quiéreme sin rencor. Quiéreme sin recelo. Quiéreme con paciencia. Quiéreme con dedicación. Quiéreme con espacio. Quiéreme con amor. Porque soy mujer libre. Porque no necesito vivir de tus esquelas. Porque naufrago cada vez que el viento me invita a pasear. Porque soy menos huracán a la deriva. Porque busco más de lo que me puedas encontrar. Porque subo escaleras y bajo acantilados. Porque me enredo en las olas del tiempo y manejo las mareas a mi antojo. Y me gusta. Me gusta ser yo. Bésame cuando mis labios busquen tu boca. Abrázame cuando mi cuerpo busque un refugio cálido. Háblame bonito cuando necesite escucharte. Mírame brillar cuando se encienda mi luz propia. Salúdame de lejos cuando me veas marchar. Escríbeme cartas, ahora que pocos lo hacen, y lánzalas en botellas al mar. Porque nuestro amor es tan libre como lo soy yo. Como lo debería ser cualquier mujer enamorada de un hombre. Pasar tardes efímeras a tu lado y noches eternas de café y letras. Eso quiero. Quiero ser de mí. Quiero pertenecerme. Quiero darte el pedacito de mí del que sé que puedo prescindir porque tú lo cuidarás bien. Pero el resto es mío. Como todos esos inmarcesibles inviernos de cine con mis amigos. Sígueme cuando mis huellas sean superfluas, pero no cuando corra como el viento. Déjame ser. Déjame estar. Déjame perderme en el etéreo de tu mirada sólo cuando yo quiera. Déjame decidir por mí misma. Déjame reír, déjame llorar y no me juzgues. Espérame en casa mientras estoy viajando y cúrame las alas cuando estén cansadas de volar. No me las cortes. Porque no hay nada más bonito que la libertad, y nada más preciado que poder sentirte libre junto a la persona que amas.

domingo, 30 de junio de 2019

Sublime

Hoy he vuelto a recordar quién soy en realidad. Y me he vuelto a enamorar de mí misma como lo hice en aquellos años atrás, ya perdidos tras la sombra de muchos inviernos. Me he dado cuenta de que he crecido, pero sigue habitando en mí aquella niña de ojos quisquillosos pero llenos de expectación. Porque el mundo me fascina. Porque es maravilloso ver en las personas que quieres todos esos rostros afables. Porque me gusta viajar a lo desconocido, tanto a lugares como a personas, perderme en las páginas de los libros gastados por los rayos del sol, no tener en cuenta la hora cuando ya es hora, y echarle a la copa siempre un hielo de más. Porque soy mujer de mundo, no de sofá. Y eso me gusta. He aprendido que, en ocasiones, la vida puede antojarse un tanto efímera, y que por lo tanto, hay que buscar lo complaciente, lo extravagante, lo verosímil, y si tienes buena suerte, lo sublime. Tienes que estar donde tu corazón sonría, y alejarte de lo que te haga daño. Que no puedes gritarle y escupirle tu rabia a un cielo que a veces, y sólo a veces, te la devuelve en forma de agua. Que aquí no se regala nada. Que lo único que cae del cielo, es precisamente la lluvia. Empezar siempre por ti, porque los demás también empezarán por ellos mismos. Buscar tu salida cuando estés atascado, porque nadie la buscará por ti. Y creedme, merece la pena buscarla. A veces la tienes delante. A veces está en tu hogar. No conozco mejor hogar que aquel donde puedes ser tú mismo. Mi hogar está en la calle, con buena compañía que no pare de hacerme reír. Es increíble cuando estoy así. Y así es que he comprendido que después de todo lo malo, si me busco, puedo encontrarme de nuevo. Que me gusta salir, que me gusta beber, que me gusta bailar. Que me gusta leer, escribir, reírme. Pero sobre todo, reírme. Que puedo ser buena en algo. Que puedo salvar una vida. Que puedo hacer reír a un niño o hacer feliz a un anciano. Que tengo carácter, pero me gusta ayudar. Que tengo esperanzas, expectativas, planes. Que tiene que haber algo más ahí fuera para el que sepa buscar. Que con esto yo no me conformo, que quiero más experiencias, que quiero vivir más. Que no quiero ver películas, quiero hacerlas. Que no quiero escuchar historias, quiero crearlas. Que cada problema, tiene su justa y equiparable solución. Que la vida puede ser rosa si la pintas de rosa. Y, señores, el rosa está siendo últimamente mi color favorito.

martes, 19 de marzo de 2019

En paz

¿Te cuento un secreto? No merece la pena. No vayas detrás del que continuamente te está dando la espalda. No te pases la vida preguntándote qué es lo que tienes que cambiar para que te quieran. No trates una y otra vez de luchar por alguien que a duras penas se acuerda de ti. No intentes cambiar para agradar. No te pases la vida dando explicaciones para quien no tendría que haber ningún por qué. No te quedes más tiempo esperando a recibir algo de quien nunca te dio nada. Créeme, nada de eso merece la pena. Tampoco te vengues del que te hizo algún mal, no tomes decisiones en caliente ni taches a alguien en un día. No guardes rencor, al final te acabará consumiendo a ti. No le niegues la ayuda a nadie, aprende a perdonar porque a ti también te perdonaron cuando te equivocaste. Simplemente vive tranquilo, no reproches y si no te gusta lo que ves, lárgate. Nunca te quedes a echar leña al fuego, simplemente quítate de en medio y evita males innecesarios. Ábrete al mundo y a las personas, a las nuevas oportunidades se les abre la puerta. Y sobre todo, vive siempre en paz, el tiempo nos acaba poniendo a todos en nuestro lugar.

martes, 12 de febrero de 2019

El problema de muchos

Creo que el problema de muchos es que queremos las cosas solo porque nos llaman la atención en un primer plano, y no las conocemos de verdad.
Que nos cansamos muy pronto, cuando ya lo tenemos, de lo que antes de veras deseábamos tener.
Que nos gusta lo fácil porque lo difícil es menos cómodo.
Que nos creemos que cuando ya hemos conseguido algo nos pertenecerá siempre, y no somos conscientes de que si no lo cuidamos día a día se puede perder.
Que pensamos mucho en el "así y ya está" y no nos esmeramos en hacer las cosas correctamente.
Que hacemos muchas cosas por cumplir, cuando no nos salen de corazón.
Que preferimos el rápido y mal, antes que el lento y bien.
Que decimos mucho y hacemos menos que nada.
Que sentimos demasiado y nos arriesgamos bastante poco.
Que siempre ponemos por delante a lo que por un rato nos divierte, y nos dejamos atrás a lo que nos haría feliz toda una vida.

Mi pequeña

Yo he visto en tus ojos renacer aquel fuego de una hoguera en ti jamás apagada. He visto a todos esos girasoles seguir tu figura cuando los has deslumbrado al pasar. He visto tu mar de lágrimas en noches eternas, y también te he visto por el rabillo del ojo cuando de emoción te has echado a temblar. He visto tu colección de peluches viejos, y tus historias sin acabar. Y sé que duele. Pero un mundo sin ti todavía dolería mucho más. Tus pequeños vestidos desteñidos guardan memorias de bailes a la luz de la luna en bodas de verano. Tienes un armario lleno de zapatos que ahora te quedan pequeños, pero un día te guiaron. No puedo olvidarme del dorado que emergía de tu pelo cuando el sol allí se dormía, ni de la ilusión que te hacía ver a las flores bailar con el viento. Tienes que ser fuerte, te dijeron. Y tú lo fuiste por las dos, intento tras intento. He entendido tus mil motivos para marcharte y te he expuesto el mío para que te quedes. Así que quédate aquí, que todavía me quedan fuerzas para amar. He visto al tiempo pasar desde la ventana aquella. He visto muchas cosas y sólo he llegado a entender una de ellas; nunca sabré vivir sin ti. Nunca más, pequeña.

martes, 29 de mayo de 2018

Arrebol en mi corazón

Yo no sé lo que es pasar hambre. No sé lo que es dormir en el suelo. No sé cómo sienta el frío en las madrugadas de invierno, como tampoco sé cómo se siente una ducha helada. No sé lo que es que te violen, que te torturen, que te denigren como mujer, y peor aún, como persona. Jamás he visto morir a nadie, y tampoco conozco de primera mano el color de la sangre. No sé lo que es una guerra, ni siquiera he visto nunca de cerca una pistola. Vale, quizás no sea la persona más desgraciada de este mundo, pero ¿Sabéis qué? Aún así sigo pensando que yo tengo derecho a estar triste. Sí, yo tengo derecho a llorar. Porque yo no sé muchas cosas, pero sin embargo, sí sé muchas otras.

Sé lo que es sentirte sin casa aun estando en la tuya propia. Sé lo que es no tener familia, peor aún, tenerla en un paréntesis acomodado en el olvido. Sé lo que es vivir con la depresión a tu lado, combatiendo día tras día para que no te salpique a ti también, y estar involucrada en esa lucha durante años y años, casi toda tu vida. Sé lo que es tener que partirte en dos, para estar con tu padre y con tu madre, sin que ellos tengan que verse. Dos casas, "qué privilegio" dicen. Qué ingenuos son. También sé lo que es llegar a casa y jamás escuchar un "buenos días" o un "buenas noches", ni recibir dos besos de tu madre. Sé lo que es vivir cuidando de tu "familia", si a "familia" se le puede llamar a un padre por un lado y una madre por otro, cuando es tu familia quien debería cuidar de ti. Sé lo que es abandonarte a ti mismo por mantener con vida a los demás. Lo peor de todo, y lo que los más ingenuos desearían para ellos, sé lo que es no tener un sólo hermano en quien apoyarte cuando la casa se te cae encima. Por no tener, no tengo ni perro.

Sé lo que es sentir que estás en casa cuando estás en la de tu novio, en la de tus amigos, incluso cuando estás en la calle, pero jamás, nunca cuando estás en la tuya. Sé lo que es vivir entre rejas desde pequeña y sin cometer delito. Sé lo que es aprender a base de castigos incluso antes de haber aprendido siquiera a andar bien. Sé lo que es pasar las Nochebuenas y las Navidades sentada sola en la mesa, como también sé qué se siente al tener tres años de vida y verte llorando encima de tu madre mientras no se puede levantar del suelo y tu padre grita, y grita, y vuelve a gritar, y si mueve un dedo, o echa una mano, no es precisamente para ayudarla. Y a pesar de todo esto, sé también, y mejor que nadie, que lo que no te mata, te hace más fuerte. La primera opción no fue la que la vida eligió para mí, y por lo tanto, me he visto durante los 18 años de mi vida en la segunda; aprender a ser más fuerte a base de palos, y a veces escribir, contarlo, soltarlo, es la única manera de seguir siéndolo. Así empezó todo esto hace seis años, y esa es la verdadera razón de la existencia de este blog. Y supongo que cada uno tendrá su historia, que no seré la única. Pero hoy creo que ya era el día de contar la mía.

Siempre he pensado que hay gente que ha nacido para luchar, más que para vivir. Esas personas que son como "salvadores" del mundo, que sirven de referencia para que mucha gente siga adelante. Yo siempre me he considerado una de esas personas. Vivo en el "casi, pero no", en el "para la próxima será", en el "esta vez no ha habido suerte". Si consigo algo es porque antes la vida me ha dicho veinte veces que no. Si sigo andando es porque antes me he tenido que tropezar mínimo diez veces. Soy la última de la fila en el patio del recreo, soy la que llega tarde, cuando se ha acabado la función, cuando ya no quedan trozos de tarta. Soy el "qué lastima, pobrecita", soy la última persona en la que alguien pensaría para hacer un equipo en educación física. Siempre lo he sido, esa es la verdad. Pero no importaba, porque yo seguía luchando, y a pesar de todo, salí de todas mis enfermedades, incluso de la que casi me cobra la vida. Y fui el "me he graduado en bachillerato", el "he entrado en la universidad", el "se me da bien escribir". Sí, a veces he sido muy feliz, a pesar de mi mala suerte. Pero a nosotros, los luchadores, ser ese tipo de persona también nos cansa, y hay veces que no podemos más, y que por intentar ser más fuerte de lo que somos, la vida nos juega malas pasadas.

¿Te acuerdas de aquella vez que te dije que no era justo que tú hubieras entrado en medicina y yo no en mi carrera? Pues por ello tiré por la borda mis quince años de amistad contigo. ¿Te acuerdas cuando me encapriché con aquel chico que estaba contigo y no paré hasta estar con él? Por culpa de eso me perdí tres años de vida contigo. ¿Te acuerdas de aquel día que preferiste salir con tu amiga antes que conmigo y yo me enfadé? Por eso no volví a saber nada de ti en cuatro años. Sí, es un rasgo de las personas luchadoras, sabemos mejor que nadie lo que es perder a alguien, y por eso tratamos a toda costa de mantener a la gente a nuestro lado. Los que encima tenemos mal carácter, lo tenemos muchísimo peor. Nuestras palabras nos hacen perder relaciones muy valiosas, como las que yo perdí con todos vosotros. Pero ¿Qué queréis que os diga? A veces tener algo de maldad me hace sentir persona, porque de verdad que no suelo sentirme así a menudo. No sé, si luego me arrepiento a veces no sirve de nada, el daño está hecho. Pero sé que sigo siendo persona, y buena, en el momento justo en que lloro por vosotros. Y hablando del otro tema, nunca juzguéis a nadie por ir de flor en flor. Es muy sencillo, cuando alguien no tiene amor en su casa, lo busca en la calle.

Un día me levanté por la mañana y ella ya no estaba. Se había ido. Y esa misma noche él se fue con ella. ¿Y sabéis cómo me vi de la noche a la mañana? En frente de dos ataúdes y con dos abuelos menos, los últimos que me quedaban. Otro día también al levantarme por la mañana vi a mi madre normal. Esa noche sonó el timbre. Podría ser alguien de la familia que no tenemos, que venía a visitarnos, pero no, era la ambulancia, que venía a por ella. También otro día, de repente se encontró en el hospital con cinco bolsas de sangre y un cáncer que podía con ella. Una vez esperé en el balcón, como cada noche, a ver aparecer el coche de mi padre, pero él no volvió, la verdad es que nunca más lo hizo, y mi madre me cantó desde esas Navidades, cada año, la canción "Vuelve a casa por Navidad".  La vida siempre se ha acostumbrado a quitarme las cosas de un plumazo ¿Comprendéis ahora que siempre saque la garra cuando veo que alguien se aleja de mí o que intentan quitarme lo que es mío?

Desde que lo conozco, siempre he admirado a Migue Benítez, porque escribe, porque canta, lo que mi mente piensa, lo que mi corazón dice. Porque nunca sabremos qué nos depara la vida, porque la felicidad la tienes que buscar tú, porque nadie lo hará por ti. Porque se halla en las cosas simples, las cosas simples como las garrapatas, como una guitarra, como una tarde de verano al sol, como un pan con manteca, como un huevo duro y una rodaja de tomate. Porque hay que vivir el presente, y hacer lo que más te llene. Porque con un traguito de cerveza y un cajón flamenco todo se arregla, porque la droga, después de lo mala que es, lo purifica todo. "Dice la gente que vamos rápido, que a nuestra edad es raro pensar lo que pienso yo. Tal vez, yo muera antes que los demás". Y sí lo hizo, a los 21 años. Y me siento tan identificada con él, que incluso en lo más profundo de mi ser, desearía irme de este mundo tan joven como él. Es mi otra mitad. Creo que es a quien he estado buscando en cada novio que he tenido. Pero bah, como él jamás habrá nadie. Lo que yo siento con su legado, jamás nadie lo podrá entender, y es otra de las razones por las que yo hoy soy así.





Y con todo esto,


Yacía mi corazón en vilo,
inefable tormenta acaecida.
Amanecer desmesurado en sigilo,
etéreo llanto tras tu partida.

Ademán de correr
bonhomía consumida.
Garras al proteger
la sombra de mi melancolía.

Bésame si aquí estás,
abrázame si en mí aún sigues.
Acendrada es mi forma de amar,
epifanía lo que tú persigues.

Arrebol en mi corazón,
locura en mi mente.
Limerencia si tú, o si yo.
Ojalá tenerte por siempre.


Loes