miércoles, 4 de febrero de 2026

Obra cumbre

Siempre fui de emociones intensas. De apretar los dientes con el frío y morderme la lengua en las cálidas conversaciones. Siempre fui de abismos ininterrumpidos y de inviernos eternos que les daban la vuelta a todas las estaciones. Siempre fui de emociones contenidas, de enamorarme una vez cada ocho años y medio y querer a todo el que me dé los buenos días. Siempre fui de arañar las paredes con mis trenzas de espiga y morderme las uñas sin llegar a romperlas. Siempre fui de dormir con la puerta cerrada y recibir a los fantasmas con la boca abierta, deseando saliva. Siempre fui de hacerles el amor llamándolos por otros nombres, hasta creerme que ya no llevaban mi apellido. Siempre fui de abrazar fuerte sin decirte por qué, pero hacerlo hasta sentir un pellizco. De no contestarte los mensajes mientras te escribo pergaminos. Siempre fui de carreteras empapadas, de cielos cubiertos, de rostro serio y llorar de la risa. Siempre fui de saltos al vacío en cámara lenta y goterones de agua que calaban hasta la roca más dura para hacerle una grieta. ¿Qué quieres que te diga? Si fui Romeo sin Julieta y un gato herido sin sus siete vidas. Fui la cumbre de la torre de Pisa y lo que nadie encontró en La Atlántida. De querer y odiar a mi madre a partes iguales, de mandar y recibir cartas. De escribir libros a la musa que nunca lo mereció, pero que llegaba siempre puntual a su visita. Siempre fui una niña grande buscando la mano que ahora escribe, siempre fui sus ojos a punto de llorar mirando el arcoiris que su mismo llanto había creado, siempre fui el pájaro que volaba más alto y todos los aviones que acaban aterrizando. Siempre fui de dejarte volar lejos, volar libre, y reservarte tu hueco de siempre por si alguna vez decides volver, aunque ya no le pongo ni cojines. Fui maleza y bosque y la presa que se oculta en él, fui la víctima arrepentida que decidió vengarse y acabó dándote un beso delante de tu madre. Fui la que acabó hablándole de las nubes a las que me subiste confiando en que la tormenta nunca amenazase. Y ¿Lo adivinas? Cayeron rayos tan fuertes que las quemaduras de tercer grado que aún conservo tienen la forma exacta de tus dedos en la escalada cumbre hasta mi cuello, que aún hoy agoniza irreparable. Soy la niña pequeña que echa de menos a su mejor amiga y solo quiere volver a ponerse su ropa para hacerse fotos en el espejo, solo por seguir conservando algo de ella. Soy la que la quiere a rabiar aunque hayan pasado los años y no entiende que sus lazos ya solo los sostienen el pasado. Soy la mujer que siente una por una a cada persona que ha fallado y que no encuentra una salida cuando le avisan del incendio que avanza a gran paso. Soy la que intenta quererte, de verdad, pero me engancho a otras sombras y me arrastro. Soy la que se deja besar en el portal medio abierto y llega con el corazón más arañado que las medias. Soy la que lee el libro hasta los agradecimientos y sueña con agradecerte algún día todas sus letras. Soy la que apaga luces y enciende velas solo por sentirlo todo un poquito más cerca. Soy la que se marea en los barcos y pierde el rumbo en tierra firme. Soy de acariciar con ambas manos y escribir con el nudo que a mi alma persigue. Soy la del cañón abierto, la del puño cerrado, la del cajón medio abierto, la del corazón congelado. Soy la que sale a la calle con tu mechero para ver si lo pierdo y así te olvido, para acabar igualmente pidiéndote otro. Soy la de las contradicciones a pie de letra, la de las inundaciones en la isla desierta, la de los esquemas rotos. Pero todo esto me gusta, porque soy yo y no cabría otro yo en lo que hoy y ahora soy, y con eso, me conformo.

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