Ellos, tan fuertes por fuera, hechos de un molde, tendiendo a la despreocupación, los que no saben llorar. Nosotras, tan fuertes por dentro, somos de corazón, siempre de la mano de la planificación adelantada, las que sabemos reír aun cuando lloramos.
Si yo fuera hombre, sé que podría saber comprender mucho mejor lo que es amar a una mujer. Sabría mirarla, y no por encima del hombro. Sabría escucharla, pues sé lo que es hablar con lágrimas en los ojos, creyendo equivocadamente que él está apreciando el volumen de tus pupilas en ese mismo instante, y que quizás, se siente pirata navegando en los mares de tu mirada.
Si yo fuera hombre, acudiría a las palabras para hacerla sentir bien. Le regalaría libros por Navidad y un viaje por su cumpleaños. ¿El lugar? Indefinido. No conozco fronteras y tampoco dibujo límites. En nuestro aniversario le prometería una vida juntos, y una vida después, quizás ella comprendería por qué me atreví a prometérselo aquel día.
La haría reír con el simple fin de poder oír sus carcajadas mientras contemplo sonriendo cómo sus ojos se arrugan tornados de felicidad, y cómo sus mejillas acompañan la curva que sus labios dibujan en su precioso rostro.
La cogería de la mano, y no para lucirla a mi lado por la calle. Lo haría por el sencillo deseo de ser testigo del crimen que su suave piel comete, sólo siendo tan perfecta, tan digna de una caricia que le regale el amor más sincero, aquel que toda mujer se merece.
Si yo fuera hombre, me despertaría a las tres de la mañana, cuando ella estuviera llorando por el final de uno de sus libros, y le prepararía una taza de té caliente. La abrazaría contra mi pecho y guardaría
silencio para poder escuchar los latidos de su corazón.
Cuando la viera con sus amigas, no agacharía la cabeza, como tampoco intentaría evitarla cuando pasara por mi lado. Si la viera por la calle, no cruzaría la acera para encontrarme antes con mis amigos.
Si yo fuera hombre, no sería tan cobarde como para amarla en secreto e ignorara a la cara del mundo. La seguiría, le hablaría, le insistiría. No dudaría en conquistarla. Le haría ver que estoy enamorado de ella, y cuando ella se enamorara de mí, no la dejaría jamás para ir en busca de otra, que curiosamente y después de todo, no me amaría tanto como ella, pues un hombre, nunca es consciente de que abandona a quien lo ama de verdad.
Si yo fuera hombre, la besaría hasta el fin de mi respiración, sólo rozaría su cuello y acariciaría su pelo. Sería tan pequeño a su lado, pero ella me haría sentir tan grande con sus besos. Sería rehén de sus labios y cautivo de su loco amor, tan infinito como lo sería el mío.
Pero eres un hombre, y no puedes comprender qué se siente al comprender mejor y amar en serio a una mujer. No sabes escuchar, y no te importa el dolor. Los hombres ven el cuerpo de una mujer, y las mujeres ven el alma de un hombre. Los hombres disfrutan de las mujeres, y las mujeres se enamoran de los hombres.
Un día, sentí que el brillo de una mirada y de una risa destacaban entre todos los demás. Aquellos ojos, y aquella risa, me rodearon como si fueran brazos. Y me sentí bien, feliz, como nunca me había sentido. Pero eres un hombre, y por eso tú nunca has sabido que me enamoré de ti.
La vida es como un juego de cartas, suerte que yo todavía conservo los comodines sobre la mesa y los ases bajo la manga.
domingo, 12 de junio de 2016
domingo, 22 de mayo de 2016
Una vida tan bonita
Los primeros rayos de sol anuncian el comienzo del día, dan la bienvenida entre tambores resonantes y palmadas abrumadoras a una nueva jornada, a momentos por estrenar e invitados por recibir. Abren puertas y cierran ventanas. Ponen el broche de oro a las segundas oportunidades y tronan a las nuevas esperanzas.
La luna, que a nada le tiene envidia, cede su silencio a las grandes ciudades. Calma el viento y si hace frío, abraza a las estrellas. Suelen mirarla, en ocasiones contemplarla entre escasas nubes que pasan a saludarla, que la envidian por ser tan bella y admirada. Ella es compañera de la noche y es la reina del cielo, incluso cuando deslumbra una estrella fugaz.
En ocasiones el mar hace de las suyas y canta suaves melodías que sólo los más soñadores son capaces de oír y entender. La espuma se sustenta de las olas, y las olas viven en la marea. Podría afirmar que el mar es la representación del paraíso. A veces, muchos se escapan y se refugian allí. Cuentan, que es algo habitual en ellos lanzar sus deseos enfrascados en botellas que nada saben acerca de a dónde van a ir a parar. El mar es el hogar de todos los deseos, y el lugar al que van los que sueñan, los que saben que es posible volar.
Por el contrario, en las calles abunda la nostalgia, los recuerdos olvidados, los sueños rotos. Pero al final del callejón sin salida, siempre encontrarás a dos personas que agracian los instantes de tiempo que la vida les ofrece para compartir sólo un par de besos más. Y es allí donde probablemente encuentres hojas bailando de la mano del viento, tal vez una pluma dormida sobre un banco gris, o la bruma de una historia de amor sobre un balcón. Canciones sonando y sonrisas que puedes ver a través de un cristal.
Los pájaros si quieren vuelan, y si quieren, cantan. Puedes disfrutar de ambos espectáculos en el gran escenario que encontrarás si te sientas en una de las sillas de la cafetería de la calle número cien, o dos mil. Puedes pedir un café, con o sin espuma, con su habitual humo o tal vez con algo de hielo, para variar. Si quieres, puedes acompañarte de unas gafas y unas cuantas páginas en blanco y negro de cualquier periódico.
Cuando caiga la noche, puedes salir a pasear. Puedes mirar a ese niño, que sólo a veces, te devuelve la mirada para recordarte que tu infancia permanece tatuada en tu memoria. O tal vez, puedes mirar a esa niña, la que se sienta al lado de las vías del tren, la que siempre sostiene un libro en sus manos, esperando a que alguien se siente a su lado y le enseñe a leer.
Cuando duermas, puedes intentar no caer en las redes de la madrugada, y sería conveniente que te pararas a pensar. Tantas cosas malas detestas, como tantas cosas buenas aun estando delante de ti ignoras. Tantas cosas que son tan pequeñas, pero son las que te dan la mano cuando el suelo te tienta a caer. Y tú, que vives bajo la luna y el sol, en compañía del mar. Tú, que eres esa persona que anda por las calles, que puedes ser la que se encuentre al final del callejón, como también puedes ser la que se siente en la cafetería, en el banco gris, o al lado de las vías del tren. Tú, eres quien me lo va a decir.
¿Puede existir una vida más bonita que ésta?
La luna, que a nada le tiene envidia, cede su silencio a las grandes ciudades. Calma el viento y si hace frío, abraza a las estrellas. Suelen mirarla, en ocasiones contemplarla entre escasas nubes que pasan a saludarla, que la envidian por ser tan bella y admirada. Ella es compañera de la noche y es la reina del cielo, incluso cuando deslumbra una estrella fugaz.
En ocasiones el mar hace de las suyas y canta suaves melodías que sólo los más soñadores son capaces de oír y entender. La espuma se sustenta de las olas, y las olas viven en la marea. Podría afirmar que el mar es la representación del paraíso. A veces, muchos se escapan y se refugian allí. Cuentan, que es algo habitual en ellos lanzar sus deseos enfrascados en botellas que nada saben acerca de a dónde van a ir a parar. El mar es el hogar de todos los deseos, y el lugar al que van los que sueñan, los que saben que es posible volar.
Por el contrario, en las calles abunda la nostalgia, los recuerdos olvidados, los sueños rotos. Pero al final del callejón sin salida, siempre encontrarás a dos personas que agracian los instantes de tiempo que la vida les ofrece para compartir sólo un par de besos más. Y es allí donde probablemente encuentres hojas bailando de la mano del viento, tal vez una pluma dormida sobre un banco gris, o la bruma de una historia de amor sobre un balcón. Canciones sonando y sonrisas que puedes ver a través de un cristal.
Los pájaros si quieren vuelan, y si quieren, cantan. Puedes disfrutar de ambos espectáculos en el gran escenario que encontrarás si te sientas en una de las sillas de la cafetería de la calle número cien, o dos mil. Puedes pedir un café, con o sin espuma, con su habitual humo o tal vez con algo de hielo, para variar. Si quieres, puedes acompañarte de unas gafas y unas cuantas páginas en blanco y negro de cualquier periódico.
Cuando caiga la noche, puedes salir a pasear. Puedes mirar a ese niño, que sólo a veces, te devuelve la mirada para recordarte que tu infancia permanece tatuada en tu memoria. O tal vez, puedes mirar a esa niña, la que se sienta al lado de las vías del tren, la que siempre sostiene un libro en sus manos, esperando a que alguien se siente a su lado y le enseñe a leer.
Cuando duermas, puedes intentar no caer en las redes de la madrugada, y sería conveniente que te pararas a pensar. Tantas cosas malas detestas, como tantas cosas buenas aun estando delante de ti ignoras. Tantas cosas que son tan pequeñas, pero son las que te dan la mano cuando el suelo te tienta a caer. Y tú, que vives bajo la luna y el sol, en compañía del mar. Tú, que eres esa persona que anda por las calles, que puedes ser la que se encuentre al final del callejón, como también puedes ser la que se siente en la cafetería, en el banco gris, o al lado de las vías del tren. Tú, eres quien me lo va a decir.
¿Puede existir una vida más bonita que ésta?
sábado, 7 de mayo de 2016
Aquel niño
Pasadas las tres de la madrugada el calor de la noche me vuelve a despertar. Mi reloj da sentencia de otra noche de bohemia más. ¿Dónde estaban aquellas fotos? Algo tan esencial como añorar su blanco y negro, sus huellas sin borrar. ¿Y qué es de esa historia? Ya poco puedo recordar. Las risas volaron y los sueños se esfumaron. O tal vez fuera al revés, de poco ya me puedo acordar. Y aquel niño... lejos quedó. Mi niño, tan lejos se quedó...
Los segundos se me antojan horas. Mi pasado se forjaba de su mirar, de su sentir. Mi alma se regocijaba en su sola existencia. Palabras de más, pues una me bastaba para sonreír. Abrazos a repartir, pues gracias a ellos yo era feliz. Y esa arena... Ese camino que seguíamos los dos. ¿Y los balones perdidos? Las ganas de amar... Conocer el mundo, o tal vez dejar que el mundo nos conociera a nosotros, por primera vez.
Y tu barco, tan fiel a su orilla, tan compañero de las olas del mar. Con él te perdiste, hacia ninguna parte, rumbo hacia ningún lugar. ¿Cuál es tu destino? ¿Cuál es el motivo de tu llorar? Tus lágrimas son las mías y me haces volar. A tu lado poco o nada me importa. Contigo soy mejor persona. ¿Por qué no me llevas contigo? ¿Qué puedo esperar? Si ya no estás conmigo...
Aquel niño, mi valiente niño, ese que se enfrentaba al mar. Navegaba más que soñaba. Él decía de parecerse a volar, de estar más cerca de la libertad. ¿Debo entender que por siempre me querrás? Aunque no me lleves, aunque no me traigas un recuerdo construido de sal, aunque no me construyas una casa a los pies del mar...
¿Por qué no me llevas contigo? Tan sola me quedé... Como tan sola ahora estoy. Tan despistado eras, que te dejaste tus cosas en mi casa. Tu amor te lo llevaste, para guardártelo o dárselo a alguien más. Tú me querías, el mar te llamaba. Tu barco descansaba y tú reunías las fuerzas para marchar. De mí te olvidabas, y yo, a ratos, solía no poder olvidar.
Aparentemente el tiempo seguía pasando, pero yo vivía en un mundo paralelo, tan distante del tuyo... Donde el tiempo no pasaba, porque yo te seguía esperando sin cansar. A veces sentía que no eras como yo, tal vez que nunca nos llegamos a conocer. No hacíamos más sino mirarnos a los ojos y sonreír. En el fondo sabíamos que eso era más que suficiente, que bastaba con darnos la mano y compartir el respirar. Pero, ¿por qué no me llevaste contigo? A tu barco, a tu mar.
Y aquel niño, un hombre ya hoy será. ¿Y cómo es? ¿Qué ojos tendrá? Seguirá teniendo esa mirada, o habrá cambiado su forma de caminar... Yo no le olvido, ni siquiera en él dejo de pensar. Será capitán, o quizás haya optado por otro camino. A lo mejor ya no es amigo del mar...
Y ese hombre, ¿qué nombre tendrá? ¿Le conoceré algún día? ¿Volveremos a echar a andar? Ese hombre... ¿De dónde vendrá? ¿Se acordará de mí? De los paseos soñando con un sueño, de los viajes a nuestro hogar, de aquella historia, que dormidos y despiertos, nos solíamos contar. Se acordará de mi nombre o tal vez yo del suyo, puede ser que de aquel día en que se dispuso a marchar...
Y mi hombre, que tan niño mío fue. ¿Debe seguir siendo mío? ¿O de qué otra mujer ahora será?...
Pero pasadas las tres de la madrugada el frío de la noche me hace desistir. Quizás sólo sea un maldito sueño sin acabar...
Mi amado hombre, ¿dónde estarás?
Los segundos se me antojan horas. Mi pasado se forjaba de su mirar, de su sentir. Mi alma se regocijaba en su sola existencia. Palabras de más, pues una me bastaba para sonreír. Abrazos a repartir, pues gracias a ellos yo era feliz. Y esa arena... Ese camino que seguíamos los dos. ¿Y los balones perdidos? Las ganas de amar... Conocer el mundo, o tal vez dejar que el mundo nos conociera a nosotros, por primera vez.
Y tu barco, tan fiel a su orilla, tan compañero de las olas del mar. Con él te perdiste, hacia ninguna parte, rumbo hacia ningún lugar. ¿Cuál es tu destino? ¿Cuál es el motivo de tu llorar? Tus lágrimas son las mías y me haces volar. A tu lado poco o nada me importa. Contigo soy mejor persona. ¿Por qué no me llevas contigo? ¿Qué puedo esperar? Si ya no estás conmigo...
Aquel niño, mi valiente niño, ese que se enfrentaba al mar. Navegaba más que soñaba. Él decía de parecerse a volar, de estar más cerca de la libertad. ¿Debo entender que por siempre me querrás? Aunque no me lleves, aunque no me traigas un recuerdo construido de sal, aunque no me construyas una casa a los pies del mar...
¿Por qué no me llevas contigo? Tan sola me quedé... Como tan sola ahora estoy. Tan despistado eras, que te dejaste tus cosas en mi casa. Tu amor te lo llevaste, para guardártelo o dárselo a alguien más. Tú me querías, el mar te llamaba. Tu barco descansaba y tú reunías las fuerzas para marchar. De mí te olvidabas, y yo, a ratos, solía no poder olvidar.
Aparentemente el tiempo seguía pasando, pero yo vivía en un mundo paralelo, tan distante del tuyo... Donde el tiempo no pasaba, porque yo te seguía esperando sin cansar. A veces sentía que no eras como yo, tal vez que nunca nos llegamos a conocer. No hacíamos más sino mirarnos a los ojos y sonreír. En el fondo sabíamos que eso era más que suficiente, que bastaba con darnos la mano y compartir el respirar. Pero, ¿por qué no me llevaste contigo? A tu barco, a tu mar.
Y aquel niño, un hombre ya hoy será. ¿Y cómo es? ¿Qué ojos tendrá? Seguirá teniendo esa mirada, o habrá cambiado su forma de caminar... Yo no le olvido, ni siquiera en él dejo de pensar. Será capitán, o quizás haya optado por otro camino. A lo mejor ya no es amigo del mar...Y ese hombre, ¿qué nombre tendrá? ¿Le conoceré algún día? ¿Volveremos a echar a andar? Ese hombre... ¿De dónde vendrá? ¿Se acordará de mí? De los paseos soñando con un sueño, de los viajes a nuestro hogar, de aquella historia, que dormidos y despiertos, nos solíamos contar. Se acordará de mi nombre o tal vez yo del suyo, puede ser que de aquel día en que se dispuso a marchar...
Y mi hombre, que tan niño mío fue. ¿Debe seguir siendo mío? ¿O de qué otra mujer ahora será?...
Pero pasadas las tres de la madrugada el frío de la noche me hace desistir. Quizás sólo sea un maldito sueño sin acabar...
Mi amado hombre, ¿dónde estarás?
viernes, 6 de mayo de 2016
La niña de mis recuerdos
El viento me traía de nuevo esos dulces recuerdos. Dejaba un
rastro de nostalgia que se abalanzaba sobre mí, y me mostraba la imagen de una
niña, fiel a su sonrisa y amiga de su alma emprendedora, bella y bonita, como
tan pocas existían. Ella era tan grande como sus sueños y tan fuerte como sus
ganas de amar. En ocasiones sonreía y reía en momentos al azar. Posiblemente la
verías en alguna plazoleta, ignorando balones y coleccionando piedras. Tal vez
te mirase fugazmente. Es muy probable que se fijara en ti. Le gustaba fijarse
en la gente y que la gente no se percatara de ello. Era observadora, pero sabía
cómo mantener en silencio sus observaciones. Era tímida, pero si le dabas la
mano no se negaba a mostrar amor en su rostro.
Sabía cómo tratar, sabía cómo jugar, sabía elegir el camino.
Qué tanto le gustaba andar por aquel puerto, tapizado de antigua madera. Cómo
adoraba ser testigo del olor familiar que allí se respiraba. Y ese pequeño
barco, del que tan inocente niño bajaba... A los brazos de su padre se lanzaba,
"papá, cuánto te quiero. Papá, cuánto te quiero". Qué bonita que era
la vida y qué hermosos los pájaros que surcaban los cielos reflejados en el mar.
Qué ignorantes aquellos que no vivían en su mente, qué desafortunados aquellos que no andaban con sus zapatos. Qué envidiosos debieron
ser, de haberla conocido.
Solía vivir en un mundo diferente, aquel que encontraba en los libros. A veces pasaba ratos en otros, que ella misma creaba. Sabía que eran mundos distintos, pero siempre encontraba la manera de unirlos, porque para ella no merecía la pena salir a la calle si no llevaba unas cuantas páginas consigo.
La consideraban rara por tener otras ambiciones, otras adicciones, por dejar que la comida se enfriara mientras se perdía entre los renglones de cualquier verso, por cambiar los dibujos por las palabras.
Qué bonita era la luna y qué afortunadas las estrellas, que podían hacerle compañía en las noches frías de invierno.
Sabías que era ella porque nunca tenía prisa, porque siempre miraba hacia el suelo, buscando las huellas de sus pies. Sabías que era ella porque cuando los demás corrían al parque, ella corría a la biblioteca. Sabías que era ella porque sus ojos lo contaban, porque sus manos lo confirmaban, porque un libro en sus manos se convertía en tesoro.
Qué maravilloso momento cuando la brisa del viento invitaba a las hojas de los árboles a bailar. Qué precioso que era ver cómo se enredaban en una danza que podía prescindir de melodía, porque se sustentaba de la suya propia.
Ella no era perfecta, pero por Dios que era admirable.
De mayor, ella quería ser como yo...
Y yo, yo ojalá volviera otra vez a ser ella.
miércoles, 13 de abril de 2016
Abismo
Hoy he conocido el dolor. Hoy he sentido la daga clavada en el centro de mi pecho, he notado las constantes punzadas en mi corazón. Hoy he sabido qué significa estar al borde del abismo. Lo he visto con mis ojos, lo he tocado con mis manos y he llorado sobre él. He pagado mis frustraciones con mi inocente persona y he querido hacer terminar allí los pocos rastros de mi vida, las borrosas huellas que mis débiles pies han ido dejando en la arena del desierto de tu cobardía.
Voy más fuerte que nunca, te alcanzo velozmente, te supero rápidamente. Jamás podrás ponerte a mi altura. Ciertamente he renacido. Ahora ya nos parecemos, porque ambos compartimos los valores de la astucia y la predisposición. La única diferencia es que yo conservo el corazón salvo de heridas. La gran diferencia es que yo cargo mis cicatrices como si fuesen medallas. Siempre fui más buena que tú, siempre aspiré a ser mejor, y ese es el motivo que realmente nos separó.
Posteriormente mi cuerpo tembló. Llegué a creer que ese era mi destino final. Estaba comprendiendo el sentido de nada y el sentido del todo, al mismo tiempo, mientras recordaba cómo empezó esa cruel mentira. Sucios juegos que me acompañaban, que me incitaban a jugar con mi mano más potente, dejarte tirar los dados más grandes, rayar el tablero de juego con la energía de mi alma, sólo porque tú eras mi contrincante, sólo porque estaba predicho que ganaríamos los dos.
Qué inocente que era en aquellos tiempos, cuando ganar no era mi meta, cuando sólo pensaba en el ardor de tus besos, en tus manos suaves acariciando mi torso en las noches más oscuras. Qué inocente, que fui, pensando que en ti había encontrado una sóla razón más por la que seguir viviendo. Qué estúpida fui, en aquel tiempo cuando sólo vivía por y para ti. Qué triste todo, qué triste historia. Qué feo eso de jugar con alguien, qué feo eso de servir de pañuelo y sentirte como una colilla usada.
Mis pensamientos se desvanecían en el vacío camuflados en las gotas de agua de la lluvia, que en ese instante caía sin cesar, arrastrando con ella todos los resquicios de algo oculto que allí pudiese haber.
Fue entonces cuando me sentí liberada, sólo abrir mis brazos y sentir el aire a mi alrededor. El roce del viento, el suelo bajo mis zapatos. Dije, sigo viva. ¿Y él dónde está? Con él se lo llevó el destino, junto a otras personas diferentes, en distintos lugares, quién sabe dónde. ¿Qué mas da? Este es el mundo, y esta es mi vida, dije abriendo mis ojos. Yo lo vi claro, a lo lejos, pero brillando. Mi destino estaba allí, y debía mantener la esperanza de que algún día lo alcanzaría.
Vamos, Lucía, cariño, el camino no acaba aquí, me decía mi mente. Ahí me di la vuelta y encontré el camino de regreso, a mi vida de siempre. Abandoné el triste abismo, ese que ya no me sigue, que ya cierra sus ojos y no me sigue con su fría mirada.
Debo resistir, yo quiero ser fuerte. Voy a valorarme, y voy a ser feliz. A tan sólo tres segundos de cambiarlo todo, de preparar mis dedos para pasar una fina página que apenas ha significado nada en el libro de mi vida. Ahí van mis manos, ahí van mis brazos, me lanzo sin más al destino. Voy hacia allí, me siento feliz, no sé qué me está pasando, estoy comprendiendo tantas cosas. Nunca me había sentido así. ¿Cuál es el origen de esta inmensa felicidad que abunda mi alma? Tengo mil años para retroceder en el tiempo y cambiar los enredos de mi historia, darme una segunda oportunidad, borrar el final y dejarlo en blanco. O tal vez escribir un nuevo libro.
Voy más fuerte que nunca, te alcanzo velozmente, te supero rápidamente. Jamás podrás ponerte a mi altura. Ciertamente he renacido. Ahora ya nos parecemos, porque ambos compartimos los valores de la astucia y la predisposición. La única diferencia es que yo conservo el corazón salvo de heridas. La gran diferencia es que yo cargo mis cicatrices como si fuesen medallas. Siempre fui más buena que tú, siempre aspiré a ser mejor, y ese es el motivo que realmente nos separó.
Quiero volar, estoy volando. ¿Quién me hizo sufrir? No lo recuerdo. ¿Quién me hizo llorar? Estoy sonriendo. ¿Quién fue él? Ahora ya no me importa. Y decirlo así es elegancia.
Mi tiempo empieza en tres, dos, uno...
Es mi turno; yo lanzo los dados ahora.
domingo, 20 de marzo de 2016
El calcetín rojo
El verde de las hojas que lo sostenían resaltaba su color rojo. La altura del árbol en el que se hallaba le hacía parecer importante. Su impecable belleza hacía temblar, le hacía carecer de imperfecciones. Su intachable textura hacía soñar hasta mil sueños. Pero eso ocurría sólo si te fijabas en él, como yo lo hacía. Ante los ojos de las personas corrientes era sólo un corriente calcetín rojo, uno más entre tantos de Navidad. Ni el blanco de sus estrellas hacía llamar la atención, ni los regalos que dentro se hacían su lugar podían hacer nada por cambiarlo. Nadie más daba fe en que aquel era un calcetín especial, y no era menos de esperar que yo no dejara de hacerlo.
Ese calcetín rojo era testigo de los episodios que daban comienzo en mi salón, y terminaban mucho más allá de nuestros corazones, y tal vez, puede que de nuestra esencia. Nos veía reír de alegría, nos escuchaba llorar de emoción. Ante su presencia nos regalábamos besos y abrazos, compartíamos el amor de familia que ya pocos hoy conservan. Estuvo ahí cuando la moneda mostraba su cara buena, para brindarnos la armonía de la unión, del amor incondicional.
Pero sin quererlo, o tal vez sin pensarlo, un día, le hicimos su gran hueco en el cajón. Ese día, cuando irremediablemente nuestra vieja moneda mostró su cruz mala, cuando "familia" era el último término con el que se podría designarnos.
Hoy lleva diez años en ese cajón, abandonado, sin más aspiración que ser un rehén de la temible oscuridad. Y es cierto que no es más que un calcetín, pero nunca nadie recordó que es tu calcetín, abuelo. Nunca, nadie ha hecho el intento de no olvidar que fuiste tú quien lo puso en la copa del árbol, justo antes de emprender tu largo y duro viaje. Un pequeño detalle tan importante, del que jamás nadie fue consciente.
Y me llamaban pequeña hace diez años, y me suelen llaman pequeña. He sido la única persona que ha cambiado el sentido del calcetín. No me hacen sentir pequeña, me hacen ser grande a su lado.
Porque no puedo hacer grandes cosas, porque no tengo miles de kilómetros de carretera para correr hasta alcanzarte, porque no tengo la capacidad de volar, pues no tengo la gran suerte de poseer alas que me lleven hasta ti. Pero tengo el valor y la fuerza para conservar el calcetín rojo, en los resquicios de mi memoria, como algo más que un simple calcetín de una Navidad olvidada.
Las grandes cosas también son los pequeños detalles,
aquellos protagonistas de la gran importancia.
Ese calcetín rojo era testigo de los episodios que daban comienzo en mi salón, y terminaban mucho más allá de nuestros corazones, y tal vez, puede que de nuestra esencia. Nos veía reír de alegría, nos escuchaba llorar de emoción. Ante su presencia nos regalábamos besos y abrazos, compartíamos el amor de familia que ya pocos hoy conservan. Estuvo ahí cuando la moneda mostraba su cara buena, para brindarnos la armonía de la unión, del amor incondicional.Pero sin quererlo, o tal vez sin pensarlo, un día, le hicimos su gran hueco en el cajón. Ese día, cuando irremediablemente nuestra vieja moneda mostró su cruz mala, cuando "familia" era el último término con el que se podría designarnos.
Hoy lleva diez años en ese cajón, abandonado, sin más aspiración que ser un rehén de la temible oscuridad. Y es cierto que no es más que un calcetín, pero nunca nadie recordó que es tu calcetín, abuelo. Nunca, nadie ha hecho el intento de no olvidar que fuiste tú quien lo puso en la copa del árbol, justo antes de emprender tu largo y duro viaje. Un pequeño detalle tan importante, del que jamás nadie fue consciente.
Y me llamaban pequeña hace diez años, y me suelen llaman pequeña. He sido la única persona que ha cambiado el sentido del calcetín. No me hacen sentir pequeña, me hacen ser grande a su lado.
Porque no puedo hacer grandes cosas, porque no tengo miles de kilómetros de carretera para correr hasta alcanzarte, porque no tengo la capacidad de volar, pues no tengo la gran suerte de poseer alas que me lleven hasta ti. Pero tengo el valor y la fuerza para conservar el calcetín rojo, en los resquicios de mi memoria, como algo más que un simple calcetín de una Navidad olvidada.
Las grandes cosas también son los pequeños detalles,
aquellos protagonistas de la gran importancia.
lunes, 4 de enero de 2016
Los ojos de Eva
Hubo una vez en la que seguramente creí ver a una flor sonreír. Hubo un tiempo en el que el sol brillaba radiante de pura felicidad. Al menos así ocurría en mi pequeño mundo de cristal. Los días se me antojaban un tanto alegres, y las noches, más avivadas de lo habitual. Mi corazón estaba forjado de un incalculable entusiasmo, y mi alma se regocijaba en la más solemne compañía de aquella bonita chica a la que yo consideraba mi razón de vida. Pero un día, aquel secreto manchó de sangre nuestras manos, y en mi mundo, comenzó a llover para nunca cesar.
He estado viviendo mucho tiempo sin pensar en ello, sin recordar un sólo ápice de mi pasado. Me obligué a mí mismo a hacerlo durante muchos años, y me he seguido obligando otros muchos más. Pero hoy, irremediablemente, los ojos de Eva me han vuelto a mirar desde algún lugar irreconocible, al igual que hace cincuenta y nueve años.
Dicen que todos tenemos una historia escondida que arrastra nuestro pasado. En estas páginas, me remonto a la Barcelona de 1957 para contaros la mía.
Por aquel entonces, yo era un joven de apenas dieciséis años de vida. Pertenecía a una familia adinerada, pero lo cierto es que detestaba vivir rodeado de innumerables lujos, a diferencia de mis padres, que gozaban cada día más de nuestra inmejorable situación económica. Vivíamos en una imponente casa en el centro del barrio de Sarriá. El techo amenazaba con rozar el cielo y la fachada cubría el entorno de un ambiente frío y tenebroso. Las enredaderas descansaban en ella y la teñían de un verde mojado algo difícil de descifrar. Yo estudiaba en un colegio tres calles más abajo. A pesar de mi alto nivel académico y la gran cantidad de dinero que poseía, la única felicidad a la que realmente aspiraba, era ver a ese ángel cada día a la vuelta de las clases en la calle más cercana de mi casa.
Por aquel entonces, yo era un joven de apenas dieciséis años de vida. Pertenecía a una familia adinerada, pero lo cierto es que detestaba vivir rodeado de innumerables lujos, a diferencia de mis padres, que gozaban cada día más de nuestra inmejorable situación económica. Vivíamos en una imponente casa en el centro del barrio de Sarriá. El techo amenazaba con rozar el cielo y la fachada cubría el entorno de un ambiente frío y tenebroso. Las enredaderas descansaban en ella y la teñían de un verde mojado algo difícil de descifrar. Yo estudiaba en un colegio tres calles más abajo. A pesar de mi alto nivel académico y la gran cantidad de dinero que poseía, la única felicidad a la que realmente aspiraba, era ver a ese ángel cada día a la vuelta de las clases en la calle más cercana de mi casa.
Realmente ella no era un ángel, pero yo juraría que su anatomía era la misma. Sus grandes ojos azules reflejaban una vitalidad totalmente inalcanzable y en sus labios se podía leer todo un mar de belleza. Su pelo se confundía con el oro. Era alta y siempre caminaba con paso firme, decidida. Ella nunca me veía, y si lo hacía, siempre se las arreglaba para que yo nunca me diese cuenta. Si en esos días me hubiesen preguntado cuál era el sueño de mi vida, yo hubiese respondido que saber cuál era su nombre.
Pasaba mis días sumergido en las páginas de mis libros, dejándome llevar irremediablemente por las palabras que allí permanecían escritas. Realmente vivía sólo para ellos. Pero por azar o tal vez por capricho del destino, un día las cosas se decidieron a cambiar. Mis pasos me dirigieron hasta mi ángel y mi voz le habló. Pronto una amistad empezó a unirnos fuertemente.
Su nombre era Eva Riquer y su voz se confundía con la de un verdadero ángel. Tenía dieciséis años. Era de familia pobre y vivía en una pequeña casa más allá del barrio de Sarriá. Estudiaba en un colegio cerca del mío y pronto descubrí que teníamos algo muy importante en común; estábamos enamorados el uno del otro.
Recuerdo que un día me contó con ahogadas palabras que su padre murió en extrañas circunstancias cuando ella aún no había nacido. Se sospechaba que se tratase de un asesinato, pero la policía nunca pudo resolver el caso y éste se archivó. Lloraba en mi hombro y compartíamos una cómplice mirada cuando me dijo que ahora vivía sola con su madre, quien nunca pudo superar la muerte de Alfred Riquer, su marido.
Desde entonces le prometí a Eva que juntos descubriríamos el pasado que le había arrebatado a su padre, aunque lo cierto es que no sabía por dónde íbamos a empezar.
Más tarde, pensamos en regresar al lugar donde habían encontrado el cuerpo, o tal vez pedir documentos sobre el caso, aunque bien sabíamos que era imposible que cedieran a dárnoslos.
Fue una mañana de un tres de abril, en la que unas negras nubes teñían de oscuro el cielo de la ciudad de Barcelona, cuando Eva y yo leímos en el periódico acerca del incidente ocurrido dieciséis años atrás. Nueva información salía a la luz. Nuevas vías de escape nos abrían el paso hacia una realidad ya menos inalcanzable. Debíamos estar preparados para llegar hasta la verdad. Descubrimos un nombre; Andreu Riquer. Alguien del que sospechaban. Se trataba del hermano de Alfred Riquer, que desapareció justo después de la muerte de su hermano sin dejar rastro alguno.
Como un tren que pasa a una velocidad inalcanzable por su última estación, una idea sacudió repentinamente mi memoria para esfumarse sin más; había leído ese nombre alguna vez en un sitio indescifrable de los antiguos rincones de mi casa.
Recuerdo vagamente que en los días posteriores, fui consciente de lo realmente triste que puede llegar a ser Barcelona. Las calles sin presencia alguna, los bancos desolados, las aceras totalmente despejadas... Una gran bruma de tristeza abarcaba toda la ciudad desde sus raíces. No supe bien determinar si era por Eva, si era por mí, o si era realmente así en la vida real, en el mundo de verdad que estaba situado a gran distancia del mío. Aquel al que no volvía desde hacía tanto tiempo.
Eva me dijo una vez que en mí había encontrado la verdadera razón de la belleza de la vida. Me dijo que sus días apagados, a mi lado revivían del fuego. Recuerdo que me miró a los ojos y pude leer en ellos que me quería. Aún puedo sentir su piel pegada a la mía, su mano sosteniendo mi cara, y sus labios sellando el silencio en mi boca. Sólo entonces pude comprender realmente para qué vivía.
Mientras leíamos infinidades de artículos sobre el caso, éramos capaces de permanecer horas abrazados sin intermediar palabra alguna. Tan sólo nos cubría el silencio. Él era el único testigo de nuestro amor. A menudo nos mirábamos y ella me sonreía. Realmente poseía la sonrisa más bonita que en mi vida yo había besado. Jamás olvidaré aquel momento en el que escuché de sus labios un te quiero. Y espero que ella nunca olvide los miles de ellos que yo le devolví a continuación.
Pero no descubríamos nada sobre su padre. Empecé a pensar que realmente nos estábamos metiendo en un callejón sin salida, y me daba miedo no poder descifrar la verdad. Verdaderamente quería hacer justicia y no sólo por ella; también por Alfred Riquer.
Cuando más miedo tenía, cuando más desesperado me sentía, lo vi. Y entonces todos mis antiguos recuerdos invadieron mi memoria como las olas invaden el mar en una noche de tormenta.
Andreu Riquer. El nombre estaba grabado con tinta fuerte y concisa en un viejo y arrugado papel, el cual seguía escondido en el mismo compartimento del suelo donde lo vi por última vez hacía ya años. Entonces me temí lo peor. Lo rescaté de allí y me dispuse a leerlo. Hubiese preferido no creer lo que aquellas palabras decían, pero no me quedó otra opción que elegir. Entonces comprendí que mi padre no se llamaba Artur Gispert, sino Andreu Riquer.
Miles de puñaladas se dirigían directas a mi alma. Mi cabeza me traicionaba y mis pies perdían el equilibrio. No atiné a asumir lo que realmente estaba pasando, la verdadera historia que se escondía tras ese nombre, la que escondía mi padre. Tardé en serenarme y cuando lo hice, volví a esconder el papel tan rápido como me lo permitieron mis manos y salí huyendo de allí tan rápido como pude.
Con las palabras entrecortadas y al borde de mis labios, al cabo de un buen rato, fui capaz de relatarle a Eva todo lo ocurrido. Juntos apaciguamos la idea de que nuestros padres eran hermanos, y nosotros, primos. Tratamos de encontrar un sólo motivo, una sola razón, un simple argumento... Pero aquello era imposible. Nos armamos de valor y nos decidimos a hablar con mi padre. Aquella podría haber sido la peor decisión que tomaría en mi vida.
Llegamos y, aturdidos, le explicamos a mi padre todo lo que había pasado, y le pedimos una explicación. El verdadero Andreu Riquer dudó un instante, nos miró con recelo, encendió un cigarillo y consumiendo su humo con la mirada perdida en alguna parte, comenzó a hablar.
-Yo era el pequeño de los dos hermanos,-empezó con una mirada afligida- nuestro padre tenía grandes y poderosos bienes a repartir. Siempre fuimos todos muy allegados los unos con los otros. Hasta que vuestro abuelo murió. Como herencia, por ser el mayor, a Alfred le dejó una gran suma de dinero, y a mí, por ser el pequeño, tan sólo me dejó una pequeña y vieja casa sin valor alguno. Muy pronto, duras condiciones económicas azotaron mi vida, y Alfred se negó a prestarme un sólo euro de su dinero. Aquello me carcomía por dentro día y noche. Hasta el punto que decidí matarle. Fui a su casa aprovechando que nadie sabía que yo era su hermano, y aún con lágrimas en los ojos, le di un golpe tan fuerte como pude. Aquella sensación era horrible. Al instante me arrepentí considerablemente, pero ya nada podía hacer por retrasar el reloj y perdonarle la vida. Salí huyendo de allí y me cambié el nombre a Artur Gispert. Nadie se dio cuenta y lo celebré en silencio durante los posteriores días de mi vida, victorioso por haberme quedado con todas las posesiones de mi hermano. Al poco tiempo naciste tú, Eric-dijo mirándome con un extraño resentimiento en sus ojos- y nunca más se volvió a hablar de lo sucedido con Alfred Riquer. Nunca supe que tenía una hija hasta hace poco, y mi conciencia me ha traicionado devolviéndome la memoria de aquel asesinato. Haría lo que fuera por cambiarlo, pero ya nada puedo hacer, lo siento.-concluyó tristemente.
Eva aguantó su ira y aplaudí en silencio que fuera capaz de no atacarle, aunque a mí también me estaban entrando ganas de hacerlo.
-Y ahora, ¿qué pensáis hacer?-prosiguió Andreu- Si pensáis contarlo a la policía, vuestro destino ya está escrito.
Entonces sacó un revólver de su bolsillo y nos apuntó decididamente. Comprendí que mi padre se había vuelto loco, o que tal vez ya lo estaba desde hacía mucho tiempo. Eva estaba tan asustada que no podía mover un sólo músculo de su cuerpo. Entonces yo, sin pensar en las consecuencias, actué por ella. La tomé del brazo y la dirigí hacia la salida. Corríamos tan rápido como podíamos pero seguía siendo una velocidad insuficiente.
El sonido del disparo llamó mi atención, y no fui consciente de lo que acababa de ocurrir hasta que vi en los ojos de Eva el miedo, la resignación, la muerte resentida. Se paró y cayó al suelo. Su pecho no paraba de sangrar y cada vez hacía más ruido al respirar. Desde el otro lado de la habitación, Andreu sonrió maliciosamente y me apuntó con el revólver, mientras decía:
-Poco me importa ya nada, Eric. Ya no puedo cambiar el pasado, pero no dejaré que arruinéis mi futuro. El simple hecho de la magia que creabais entre los dos cuando estabais juntos me confesó lo que realmente estaba pasando entre vosotros. Nunca la llegué a ver, pero siempre fui consciente de que existía, y siempre supe que permanecería allí donde fue creada, en vuestros corazones, o en vuestra mirada, quizás. Pero nunca llegué a imaginar que tú, Eva, eras la hija de mi hermano Alfred. Ahora que lo sé no puedo dejaros escapar, pero no os preocupéis, esa magia la llevaréis siempre con vosotros, allá donde vayáis.
En ese momento realmente odié a mi padre, y con las pocas fuerzas que me quedaban, conseguí arrebatarle el revólver de las manos y sin pensarlo dos veces le disparé con ira en el estómago. Oí los gritos de Eva y corrí a su lado. Pude llamar a la policía y a la ambulancia, pero cuando llegaron Eva ya estaba muy débil.
Sin embargo, mi padre podía caminar a la perfección y antes de que se lo llevaran, pudo dedicarme su última mirada de odio. En ese momento me maldecí por no haberle matado con el disparo.
Pero entonces los ojos de Eva me llamaron, y me dijeron todo cuanto necesitaba saber. Apretó mi mano con la suya y utilizó su última bocanada de aire para pronunciar las letras de mi nombre.
Desde ese día, he permanecido fielmente amándola en el más ensordecedor de mis silencios.
Inspirado en Marina, de Carlos Ruíz Zafón
viernes, 1 de enero de 2016
Recuerdos de nuestra amada Barcelona
En un lugar por el día tan cálido como el amor humano y tan agradable como la brisa marinera, pero por la noche tan oscuro como el miedo y tan frío como los planes más cautelosos jamás estudiados.
En una ciudad donde el viento arrasaba con todos los recuerdos que allí se encontraran, donde las risas de unos niños despertaban a las flores por las mañanas, donde los árboles bailaban al son del viento en el atardecer.
Barcelona me ofreció su amor, y con ese amor allí te encontré. Tan pequeños e inocentes como éramos... Tan amigos, tan compañeros de vida sin saber cuánto nos duraría esa vida a la que juntos adorábamos... Compartíamos los más grandes de los sueños, aspirábamos a una felicidad que para otros sería bastante difícil de alcanzar.
Crecimos juntos en nuestra Barcelona, a ella le confesábamos nuestros secretos y con ellos la certeza de nuestros escondidos sentimientos, aquellos que ni nosotros mismos habíamos encontrado.
Con el calor del verano nos dimos nuestro primer beso y tan pronto como llegó el frío del invierno te marchaste. Me llevó un tiempo entender que te habías ido. Estuve otro tiempo rezando para que volvieras, escondida en una más triste Barcelona, donde cada calle estaba marcada con tu nombre, donde cada resquicio seguía impregnado de tu inconfundible aroma. En cada banco nuestros mejores recuerdos grabados, en mi corazón tu insistente y fuerte amor.
Ahora que te has ido de esta gran ciudad, aun siendo grande se siente sola, yo bien sé que faltas tú, aquí tú deberías estar. Camino entre la gente y me es inevitable recordar nuestros paseos desde el laberinto de Horta hasta la casa Amatller, en los cuales jamás me soltabas la mano, nunca me permitías irme lejos de ti.
Hoy la torre Agbar conmigo te echa de menos, conmigo te llora. Tú sigues sin volver, al fin y al cabo es otro día que me hace entender que ya nunca lo harás.
Pero yo iré a buscarte, bien me dijo mi madre, hija, de esta Barcelona tendrás que salir sin mirar atrás, tienes que encontrar a ese catalán que tan tuyo es, para que él te pueda encontrar a ti. Mas no estoy tan segura de cuán importante fue nuestro amor para ti, ni siquiera sé si fue tan solo importante.
Quizás no me recuerdes, o tampoco tengas presente estos recuerdos de nuestra amada Barcelona. Incluso es probable que no sea tan amada para ti, quizás ya la hayas olvidado, o puede ser que nunca caíste en la cuenta de que realmente existía.
Pero he de decirte que yo me opondré a mis propios obstáculos y resentimientos, recorreré el mundo entero hasta al fin encontrarte y te traeré de vuelta a Barcelona, y de aquí nunca más te irás.
Haré lo posible y lo imposible, porque tú, mi querido catalán, tú vas a ser mío.
Per sempre meu
En una ciudad donde el viento arrasaba con todos los recuerdos que allí se encontraran, donde las risas de unos niños despertaban a las flores por las mañanas, donde los árboles bailaban al son del viento en el atardecer.
Barcelona me ofreció su amor, y con ese amor allí te encontré. Tan pequeños e inocentes como éramos... Tan amigos, tan compañeros de vida sin saber cuánto nos duraría esa vida a la que juntos adorábamos... Compartíamos los más grandes de los sueños, aspirábamos a una felicidad que para otros sería bastante difícil de alcanzar.
Crecimos juntos en nuestra Barcelona, a ella le confesábamos nuestros secretos y con ellos la certeza de nuestros escondidos sentimientos, aquellos que ni nosotros mismos habíamos encontrado.
Con el calor del verano nos dimos nuestro primer beso y tan pronto como llegó el frío del invierno te marchaste. Me llevó un tiempo entender que te habías ido. Estuve otro tiempo rezando para que volvieras, escondida en una más triste Barcelona, donde cada calle estaba marcada con tu nombre, donde cada resquicio seguía impregnado de tu inconfundible aroma. En cada banco nuestros mejores recuerdos grabados, en mi corazón tu insistente y fuerte amor.
Ahora que te has ido de esta gran ciudad, aun siendo grande se siente sola, yo bien sé que faltas tú, aquí tú deberías estar. Camino entre la gente y me es inevitable recordar nuestros paseos desde el laberinto de Horta hasta la casa Amatller, en los cuales jamás me soltabas la mano, nunca me permitías irme lejos de ti.
Hoy la torre Agbar conmigo te echa de menos, conmigo te llora. Tú sigues sin volver, al fin y al cabo es otro día que me hace entender que ya nunca lo harás.Pero yo iré a buscarte, bien me dijo mi madre, hija, de esta Barcelona tendrás que salir sin mirar atrás, tienes que encontrar a ese catalán que tan tuyo es, para que él te pueda encontrar a ti. Mas no estoy tan segura de cuán importante fue nuestro amor para ti, ni siquiera sé si fue tan solo importante.
Quizás no me recuerdes, o tampoco tengas presente estos recuerdos de nuestra amada Barcelona. Incluso es probable que no sea tan amada para ti, quizás ya la hayas olvidado, o puede ser que nunca caíste en la cuenta de que realmente existía.
Pero he de decirte que yo me opondré a mis propios obstáculos y resentimientos, recorreré el mundo entero hasta al fin encontrarte y te traeré de vuelta a Barcelona, y de aquí nunca más te irás.
Haré lo posible y lo imposible, porque tú, mi querido catalán, tú vas a ser mío.
Per sempre meu
viernes, 25 de diciembre de 2015
Mi coraje
Despierto. Me duermo despierta. Sueño despierta. Imagino historias, creo personajes. Confío en mi talento. Lo dejo todo y me dispongo a volver a imaginar, mil historias de cual final dudo, porque empiezo a entender en un día como cualquier otro, que los finales a veces tienen segundas partes.
En esta ocasión, entre las palabras de esta historia, más allá del cielo hoy más azul, del horizonte teñido del color del sol, del cada vez más inmenso universo. Más allá de todas mis ganas por vivir, de todas mis fuerzas y mis risas, enfrascado en un pequeño rinconcito que me pertenece, se encuentra mi coraje.
Hoy, en esta historia, recurro a él para exclamar cuánto desearía echar a correr de este mundo infernal, cómo me gustaría hacer las maletas y viajar a otro lugar, donde sólo viviéramos las personas que somos dignas de tener una vida decente. Exclamo con mi coraje cuán descontenta estoy con los hombres, la mayoría bastante astutos y de poco corazón; una combinación explosiva para la mujer.
Echo mano de mi coraje para resaltar qué tanta injusticia predomina en las leyes que rigen aquí la vida, aquí donde ya no existe la libertad, donde se han cerrado todas las puertas que nos quedaban abiertas para alcanzar la felicidad.
Con mi coraje levanto la mano y pido por aquellos niños que sólo deseaban ser niños, y nadie les dio esa oportunidad. Con mi coraje brindo por ese lugar diferente donde las cosas cambien, donde se trate a las cosas como cosas, y a las personas como personas, donde se respete, donde se ame.
Mi coraje me acompaña cuando digo que me da vergüenza el daño que causamos a nuestro planeta. ¡Cómo me gustaría empezar a cambiar por mí! Cuánto desearía ser mejor persona... Qué más me encantaría que todos nos viésemos con los mismos ojos, con unos ojos llenos de la bondad que hoy a todos nos falta.
Hoy mi coraje me acompaña en mi viaje, porque yo me voy volando a otro lugar, a un lugar donde se respete la dignidad humana, donde hombres y mujeres convivan en una tranquila armonía, donde inocentes no mueran y donde no haya necesidad de usar la palabra culpable.
Me voy allí donde las armas, sólo sean el amor y el cariño, y las bombas, meras representaciones de la generosidad. Mi segunda parte empieza en ese lugar, mis historias terminan allí. Vivo allí, y muero allí. Mi coraje se vuelve a enfrascar allí. Viaja allí. Se queda allí. Me quedo allí.
En esta ocasión, entre las palabras de esta historia, más allá del cielo hoy más azul, del horizonte teñido del color del sol, del cada vez más inmenso universo. Más allá de todas mis ganas por vivir, de todas mis fuerzas y mis risas, enfrascado en un pequeño rinconcito que me pertenece, se encuentra mi coraje.
Hoy, en esta historia, recurro a él para exclamar cuánto desearía echar a correr de este mundo infernal, cómo me gustaría hacer las maletas y viajar a otro lugar, donde sólo viviéramos las personas que somos dignas de tener una vida decente. Exclamo con mi coraje cuán descontenta estoy con los hombres, la mayoría bastante astutos y de poco corazón; una combinación explosiva para la mujer.
Echo mano de mi coraje para resaltar qué tanta injusticia predomina en las leyes que rigen aquí la vida, aquí donde ya no existe la libertad, donde se han cerrado todas las puertas que nos quedaban abiertas para alcanzar la felicidad.
Con mi coraje levanto la mano y pido por aquellos niños que sólo deseaban ser niños, y nadie les dio esa oportunidad. Con mi coraje brindo por ese lugar diferente donde las cosas cambien, donde se trate a las cosas como cosas, y a las personas como personas, donde se respete, donde se ame. Mi coraje me acompaña cuando digo que me da vergüenza el daño que causamos a nuestro planeta. ¡Cómo me gustaría empezar a cambiar por mí! Cuánto desearía ser mejor persona... Qué más me encantaría que todos nos viésemos con los mismos ojos, con unos ojos llenos de la bondad que hoy a todos nos falta.
Hoy mi coraje me acompaña en mi viaje, porque yo me voy volando a otro lugar, a un lugar donde se respete la dignidad humana, donde hombres y mujeres convivan en una tranquila armonía, donde inocentes no mueran y donde no haya necesidad de usar la palabra culpable.
Me voy allí donde las armas, sólo sean el amor y el cariño, y las bombas, meras representaciones de la generosidad. Mi segunda parte empieza en ese lugar, mis historias terminan allí. Vivo allí, y muero allí. Mi coraje se vuelve a enfrascar allí. Viaja allí. Se queda allí. Me quedo allí.
Si fuésemos valientes
¿Qué podría decirte a ti, mi amor? ¿Qué te diría que no supieras? Tú bien me conoces. Sabes cuánto te quiero. Mi querido y amado abuelo. ¿Qué puedo decirte de esta vida? Tendrías que decirme tú sobre la vida del cielo. Aquí abajo ya sabes cómo suelen funcionar las cosas. El sol sale y la luna se esconde. El viento sopla y las plantas bailan. Algunos van y otros vienen mientras el tiempo sigue dándole vueltas al condenado reloj.
Sigo creciendo, cada vez me hago más mayor, y no dejo de pensar en ti. Bien sé que a ti no te gustaba esta vida, bien sé cuán falta hace esa justicia que tú siempre reclamabas. Esa solidaridad que ya pocos tienen. Me duele que no hayas podido vivir en un mundo mejor. Me lastima saber que te has ido sin que me de tiempo a poner tan siquiera mi granito de arena para conseguirlo. Porque yo sigo creyendo que se puede conseguir, ¿sabes abuelo? Si fuésemos valientes...
Si algún día pudiera ser tan valiente como tú fuiste, si todos se hubiesen fijado en ti cuando podían... Créeme, yo sigo apostando por un nuevo día, por un mañana que nada tenga que envidiarle al hoy del mundo en el que vivimos. Lo haré por ti, bien segura estoy, que nada podrá conmigo, que leeré mil libros antes de morir, que habré escrito dos mil. Haré todo aquello que me gusta, seré feliz y si todos nosotros fuésemos valientes... Abuelo, te prometo que yo seré valiente, todo lo que tú me enseñaste a ser, lo seré abuelo, y siempre.
Voy a contribuir en el mundo de aquí abajo, y cuando pueda también ayudaré al de arriba. No quiero que sufras. Quiero que estés bien donde quiera que estés. Y quiero que tú también seas feliz por mí.
Algún día seremos valientes, no temas abuelo, mi querido abuelo, que este mundo cambiará, por mí o por alguien, de la mano de un milagro quizás, aprenderemos a ser valientes y a luchar por un mundo mejor. No temas abuelo, que yo eternamente velaré por ti.
Mi querido y amado abuelo
Sigo creciendo, cada vez me hago más mayor, y no dejo de pensar en ti. Bien sé que a ti no te gustaba esta vida, bien sé cuán falta hace esa justicia que tú siempre reclamabas. Esa solidaridad que ya pocos tienen. Me duele que no hayas podido vivir en un mundo mejor. Me lastima saber que te has ido sin que me de tiempo a poner tan siquiera mi granito de arena para conseguirlo. Porque yo sigo creyendo que se puede conseguir, ¿sabes abuelo? Si fuésemos valientes...
Si algún día pudiera ser tan valiente como tú fuiste, si todos se hubiesen fijado en ti cuando podían... Créeme, yo sigo apostando por un nuevo día, por un mañana que nada tenga que envidiarle al hoy del mundo en el que vivimos. Lo haré por ti, bien segura estoy, que nada podrá conmigo, que leeré mil libros antes de morir, que habré escrito dos mil. Haré todo aquello que me gusta, seré feliz y si todos nosotros fuésemos valientes... Abuelo, te prometo que yo seré valiente, todo lo que tú me enseñaste a ser, lo seré abuelo, y siempre.Voy a contribuir en el mundo de aquí abajo, y cuando pueda también ayudaré al de arriba. No quiero que sufras. Quiero que estés bien donde quiera que estés. Y quiero que tú también seas feliz por mí.
Algún día seremos valientes, no temas abuelo, mi querido abuelo, que este mundo cambiará, por mí o por alguien, de la mano de un milagro quizás, aprenderemos a ser valientes y a luchar por un mundo mejor. No temas abuelo, que yo eternamente velaré por ti.
Mi querido y amado abuelo
Llévame de la mano
Parece que va a llover. El cielo empieza a añorar tu presencia, mis ventanas lo acompañan. Mi cama empieza a echarte de menos, mi vista me traiciona con las espesas lágrimas que retienen mis ojos.
Parece que voy a llorar. Mi cuerpo se estremece bajo las sábanas que marcaste con el sello de tu piel antes de marcharte. Las cuatro paredes entre las que estoy retenida cada vez se buscan más, cerrando el espacio en el que me encuentro. El aire que respiro sale de mis pulmones hacia abajo de mi puerta, y cada vez me cuesta más inspirar aire nuevo.
Parece que es cierto que te has ido para siempre. Mi almohada se hunde por el peso de mis recuerdos y por el pesar de mi llanto, el café que me tomo tiene un sabor amargo difícil de descifrar. Veo tu foto impedir que cierre mi cajón, veo mi alma rota descansar en el suelo.
Parece que nunca volverás. Me pongo la bufanda y mis guantes, y vuelvo a salir en busca de lo que nunca volverá a mí. ¿Cómo voy a encontrarte si veo tu alma en cada rincón, en cada lugar al que miro? Si tu mirada está en el aire, si tus besos permanecen tatuados en mi piel, si tu tacto sigue presente en mi memoria.
¿Cómo voy a encontrarte, si tú siempre estás aquí, a mi lado, aunque no pueda demostrar tu presencia? Dime cómo he de ser fuerte, dime qué debo hacer para ser valiente y no seguir andando, quitarme la bufanda, olvidar mis guantes, y volver a casa sin tu recuerdo, sin la necesidad de que vuelvas a rozar mis labios con los tuyos y llevarme de la mano al lugar donde solíamos soñar, a veces despiertos, a veces dormidos en nuestro propio sueño. Ven y llévame de la mano a donde estés.
Dime cómo he de afrontar que la gente sigue siendo la gente, que las calles están mojadas, y que mi vida continúa. Camino entre tantas personas que no son tú, que me miran diferente a como me miraban tus ojos, hace tanto frío, estoy tan perdida... Mis pasos se confunden y voy perdiendo el rumbo. Pero sigo buscándote, en los bancos, en las aceras... No estás. Nunca estás.
Soy consciente de mi ingenuidad. Soy consciente de que a veces puedo ser tan estúpida... Sé que no debo soñar con tu regreso. Pero eres parte de mí, vives en mi corazón, y aunque pasen siglos, tormentas, aunque los mares se sequen y el mundo se muera, aunque yo finalmente algún día me muera, tú siempre seguirás siendo mi razón de ser, y mi motivo de haber sido. Mi más preciado tesoro. Mi ilusión de amar, mi argumento perfecto para seguir amando mil años después.
Tú, mi vida.
Parece que voy a llorar. Mi cuerpo se estremece bajo las sábanas que marcaste con el sello de tu piel antes de marcharte. Las cuatro paredes entre las que estoy retenida cada vez se buscan más, cerrando el espacio en el que me encuentro. El aire que respiro sale de mis pulmones hacia abajo de mi puerta, y cada vez me cuesta más inspirar aire nuevo.
Parece que es cierto que te has ido para siempre. Mi almohada se hunde por el peso de mis recuerdos y por el pesar de mi llanto, el café que me tomo tiene un sabor amargo difícil de descifrar. Veo tu foto impedir que cierre mi cajón, veo mi alma rota descansar en el suelo.
Parece que nunca volverás. Me pongo la bufanda y mis guantes, y vuelvo a salir en busca de lo que nunca volverá a mí. ¿Cómo voy a encontrarte si veo tu alma en cada rincón, en cada lugar al que miro? Si tu mirada está en el aire, si tus besos permanecen tatuados en mi piel, si tu tacto sigue presente en mi memoria.
¿Cómo voy a encontrarte, si tú siempre estás aquí, a mi lado, aunque no pueda demostrar tu presencia? Dime cómo he de ser fuerte, dime qué debo hacer para ser valiente y no seguir andando, quitarme la bufanda, olvidar mis guantes, y volver a casa sin tu recuerdo, sin la necesidad de que vuelvas a rozar mis labios con los tuyos y llevarme de la mano al lugar donde solíamos soñar, a veces despiertos, a veces dormidos en nuestro propio sueño. Ven y llévame de la mano a donde estés.Dime cómo he de afrontar que la gente sigue siendo la gente, que las calles están mojadas, y que mi vida continúa. Camino entre tantas personas que no son tú, que me miran diferente a como me miraban tus ojos, hace tanto frío, estoy tan perdida... Mis pasos se confunden y voy perdiendo el rumbo. Pero sigo buscándote, en los bancos, en las aceras... No estás. Nunca estás.
Soy consciente de mi ingenuidad. Soy consciente de que a veces puedo ser tan estúpida... Sé que no debo soñar con tu regreso. Pero eres parte de mí, vives en mi corazón, y aunque pasen siglos, tormentas, aunque los mares se sequen y el mundo se muera, aunque yo finalmente algún día me muera, tú siempre seguirás siendo mi razón de ser, y mi motivo de haber sido. Mi más preciado tesoro. Mi ilusión de amar, mi argumento perfecto para seguir amando mil años después.
Tú, mi vida.
domingo, 13 de diciembre de 2015
Tenemos una cita en Helsinki
He cerrado el libro por la página cuatrocientos cincuenta y ocho, justo esa en la que están escritas con tinta fuerte y concisa las últimas palabras que ella pudo decir antes de que él la besara. Las páginas se han ido resbalando una sobre la otra hasta caer rendidas por el peso de las dos duras pastas que descansaban a su espalda.
He dejado caer el libro ya cerrado sobre las gruesas mantas que le quitan el frío a mi cama por las noches. El viento ha soplado fuerte contra mi rostro cuando he abierto la ventana y todos mis fantasmas se han ido a través de ella, diciéndome adiós con la mano, y he sido consciente de que ya nunca más iban a regresar a mi lado.
Los rayos del sol han empezado a calentar mi pálida y temblorosa piel cuando he subido las persianas mal bajadas.
Me has dicho que me quieres. Me has dicho que te importo. Tenemos una cita en Helsinki. Eso es lo único que me importa. Ese es el único motivo de la sonrisa que no deja en paz a mis labios.
El fuerte aroma de mi perfume se ha peleado contra el viento de mi habitación hasta aferrarse a mi cuello. Los mechones de mi pelo se han entrelazado con las púas de mi peine hasta soltarse en una perfecta y recta línea, y mi ropa se ha adherido a la perfección a cada poro de mi piel. Prescindo del sutil maquillaje y de mis valiosos tacones y me atrevo a decir que estoy lista para enfrentarme a mil y un huracanes, quizás unos pocos más de los que se podrían cruzar hoy en mi camino.
He apostado por coger el primer tren. He apostado por ir y llegar hasta ti cuando te he visto pasar, buscándome, necesitándome como te he necesitado yo toda mi vida. He apostado por soltar mi maleta y pasar de los 0 a los 10 kilómetros por hora para poder engancharme al cuello de tu camisa y susurrarte al oído que eres el ser humano más hermoso que existe en La Tierra.
Me ha faltado tiempo para romper esos centímetros de distancia que separaban a mis labios de los tuyos y te ha faltado tiempo para poner unos cuantos centímetros de distancia entre las suelas de mis zapatos y el suelo que allí nos sostenía.
Me falta tiempo para expresar lo que me haces sentir con sólo rozar mi piel y me falta tiempo de vida para estar contigo, porque, francamente, me he dado cuenta de que cien años sigue siendo un intervalo de tiempo realmente corto.
He dejado caer el libro ya cerrado sobre las gruesas mantas que le quitan el frío a mi cama por las noches. El viento ha soplado fuerte contra mi rostro cuando he abierto la ventana y todos mis fantasmas se han ido a través de ella, diciéndome adiós con la mano, y he sido consciente de que ya nunca más iban a regresar a mi lado.
Los rayos del sol han empezado a calentar mi pálida y temblorosa piel cuando he subido las persianas mal bajadas.
Me has dicho que me quieres. Me has dicho que te importo. Tenemos una cita en Helsinki. Eso es lo único que me importa. Ese es el único motivo de la sonrisa que no deja en paz a mis labios.
El fuerte aroma de mi perfume se ha peleado contra el viento de mi habitación hasta aferrarse a mi cuello. Los mechones de mi pelo se han entrelazado con las púas de mi peine hasta soltarse en una perfecta y recta línea, y mi ropa se ha adherido a la perfección a cada poro de mi piel. Prescindo del sutil maquillaje y de mis valiosos tacones y me atrevo a decir que estoy lista para enfrentarme a mil y un huracanes, quizás unos pocos más de los que se podrían cruzar hoy en mi camino.
He apostado por coger el primer tren. He apostado por ir y llegar hasta ti cuando te he visto pasar, buscándome, necesitándome como te he necesitado yo toda mi vida. He apostado por soltar mi maleta y pasar de los 0 a los 10 kilómetros por hora para poder engancharme al cuello de tu camisa y susurrarte al oído que eres el ser humano más hermoso que existe en La Tierra.
Me ha faltado tiempo para romper esos centímetros de distancia que separaban a mis labios de los tuyos y te ha faltado tiempo para poner unos cuantos centímetros de distancia entre las suelas de mis zapatos y el suelo que allí nos sostenía.
Me falta tiempo para expresar lo que me haces sentir con sólo rozar mi piel y me falta tiempo de vida para estar contigo, porque, francamente, me he dado cuenta de que cien años sigue siendo un intervalo de tiempo realmente corto.
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