Intuyo que la noche se abalanza sobre mí, rehén del frío y cómplice de la oscuridad. Enemiga de las luces, prisionera del silencio. Tras ella vienen tus brazos abiertos. Brazos que buscan mi cuerpo. Tus manos se extienden. Manos que echan de menos el suave tacto de mi piel. Tus labios sonríen tímidamente. Labios que aún llevan consigo el dulce sabor de mi primer beso.
Te miro a los ojos y descansas en mi mirada. El espacio que había entre nosotros desaparece y la distancia que nos separaba huye asustada. Porque ya no importa cuántas veces lo hicimos nosotros por miedo a fallar. Ya no importa cuántas veces nos fallamos. No importan las lágrimas. No importa el dolor. Ahora vamos a hacerlo diferente. Porque sabemos que importa, porque sabemos que es esencial. Posar las alas en el andén de nuestra historia y reafirmarnos. Tomar el próximo tren. No comprar billete. Escaparnos sin remordimientos.
Esta noche los semáforos no tendrán luces para nosotros. Esta noche el termómetro no tendrá grados para marcar. Esta noche tú eres mi luz. Esta noche yo soy tu abrigo. Iremos a ese columpio, donde dejábamos descansar nuestros sueños mientras nos elevábamos victoriosos en el aire. Un día se nos olvidaron allí. Nos fuimos sin ellos. Esta noche vamos a recogerlos. Será otra vez abril para nosotros. Taxímetro a cero. Campo preparado para que se juegue el partido. Esta noche volvemos a empezar. Esta noche somos destino.
La vida es como un juego de cartas, suerte que yo todavía conservo los comodines sobre la mesa y los ases bajo la manga.
miércoles, 17 de agosto de 2016
miércoles, 10 de agosto de 2016
Éxtasis efímero
No te diré que ya no volveré a pronunciar las letras de tu nombre entre temblorosas consonantes, con todas sus vocales perdiendo el equilibrio y cayendo de un ático al vacío. No te diré que la emoción desenfrenada ya no volverá a dominar mi cuerpo cuando pases por mi lado y no te vayas. No te diré que eres todo y cuanto yo más he deseado tener en mi vida, pero ya no. No te diré que me habría gustado ser quien durmiera en el lado izquierdo de tu cama, quien se sentara en la mesa de tu cocina para desayunar, pero ya no lo seré. No te diré que en invierno habría querido compartir mi porche contigo, y en verano, mudarnos a la suite de un hotel. No te diré que mi ilusión me abandonó en el último tramo de carretera, porque tú ya te habías bajado del coche antes sin ni siquiera avisarme, y yo no quise darme cuenta. No te diré que el dolor me mató en vida, que el recuerdo de tu voz era afilado y desgarraba con creces mi alma, porque eso ya ha pasado. No te diré que verte y besar tu sonrisa en sueños siempre me fue insuficiente, hasta hoy. No te diré que ya no pienso que estés hecho a mi medida. No te diré que cuando tocas tu guitarra viajas al mundo de los inmortales y allí te quedas, porque ya no. No te diré que a pesar de todo ya no querré ir en coche a Barcelona y volver el mismo día, nunca, ahora que no estás, ahora que parece que te has ido, porque ya eso se acabó. No te diré que esos viajes ya no tendrán sentido no porque cambie el lugar, sino porque ya no seas tú mi compañero de viaje, porque me niego a que sea así. No te diré que las canciones ya no son de amor ni las películas son románticas, porque no quiero creerlo ni lo voy a creer. No te diré que perdí la cuenta de los pañuelos que tiré tras envolver en ellos tus mentiras, porque eso ya no importa. No te diré que no me costó olvidarte, pero tampoco que me iba a merecer la pena vivir de la ilusión, de pensar que regresarías quizás por Navidad, o tal vez en mi próximo cumpleaños. No te diré nada de eso porque ya te lo he dicho.
Y ahora que el dolor ya cesó su empeño en hacerme sangrar, ahora que las heridas ya parecen cicatrices. Ahora ya no eres tú, ahora soy yo. Ahora ya sobras tú, ahora importo yo.
La llama de mi mechero se apagó, pues quemaste tanto mi vida que me quedé sin gas. Ahora mi mechero es a prueba de piedras, y esta vez no correré el riesgo de quemarme con mi propio fuego. Ahora eres hielo. Y no me importa si te derrites.
Y aunque es cierto que te he perdido, es verdad que yo he ganado. Me he ganado a mi misma y la oportunidad de conocer a alguien que no se canse de encender sus cigarrillos con mi llama. Ahora estoy feliz, ahora que lo pienso... Es mi cumpleaños y yo ya no te deseo.
Tu cuerpo junto al mío y un puente tras nuestro abrazo,
Euforia pasajera haciendo infinitos mis bordes.
Tus canciones de amor y mis textos románticos,
Éxtasis efímero que se desvaneció al son del último acorde.
Y ahora que el dolor ya cesó su empeño en hacerme sangrar, ahora que las heridas ya parecen cicatrices. Ahora ya no eres tú, ahora soy yo. Ahora ya sobras tú, ahora importo yo.
La llama de mi mechero se apagó, pues quemaste tanto mi vida que me quedé sin gas. Ahora mi mechero es a prueba de piedras, y esta vez no correré el riesgo de quemarme con mi propio fuego. Ahora eres hielo. Y no me importa si te derrites.
Y aunque es cierto que te he perdido, es verdad que yo he ganado. Me he ganado a mi misma y la oportunidad de conocer a alguien que no se canse de encender sus cigarrillos con mi llama. Ahora estoy feliz, ahora que lo pienso... Es mi cumpleaños y yo ya no te deseo.
Loes
miércoles, 3 de agosto de 2016
Querida vida
Querida vida,
Nunca te he dado las gracias, pero siendo ahora sincera contigo, aunque sólo sea por primera y única vez en el tiempo que ya llevo vivido, tendré la honradez de decirte que siempre te estuve muy agradecida. Nunca me he sentado a mirarte de frente, a hablar contigo. Hoy vengo con la amplia voluntad de hacerlo. Con la preparada y barata escusa de disculparme por no agradecerte nunca el estar viva.
Es cierto que me has hecho muy feliz en innumerables ocasiones. Todavía recuerdo el primer aroma que me rodeó al nacer; el olor de mi madre. La sensación de estar protegida por sus brazos en todo momento. Las canciones de mi padre, las que escuchaba con atención hasta quedarme profundamente dormida. Mi abuelo. Su eterna sonrisa al verme. Los paseos hasta la estación en su compañía y el no querer volver nunca a casa. La tradición de darle maíz a las palomas del parque con mi tía cuando el reloj de la iglesia marcaba la hora punta. Las carreras en bicicleta con mi tío, incluso cuando mi abuela le gritaba desde el otro lado de la calle que me bajara de allí, que era muy peligroso. Casi tanto como mi ya fuerte carácter, con mis escasos cuatro años de edad.
Mi primer día de colegio. Mi primer amigo. Mi ahora mejor amigo. Mis amigos. Todos ellos. Algunos, con los que he compartido desde piruletas hasta cigarros. Desde zumos en los cumpleaños hasta copas de champagne en nochevieja. Otros, los que siempre han intentado convencerme de que no bebiera, que no fumara. Que volviera a ser la de antes, aunque ya entiendo que era sólo por mi bien. Por eso les hice caso y cambié. Pero todos, todos eran, son, mis mejores amigos. Con sus más y con sus menos. Con sus semejanzas y sus diferencias. Con sus virtudes y defectos. Los adoro. Gracias por regalármelos.
Entre ellos cabe destacar a María. Mi dulce María. Con la que siempre sobraron las palabras. A la que hablarle con la mirada siempre le bastó. La que siempre me aceptó como era. Mi ojo derecho. La que impide que me levante con el pie izquierdo de la cama cada día. Siempre protegiéndome, siempre llevándome de la mano. Mi pañuelo en los momentos de llanto, mi compañera en los ratos de risa. Mi hermana, aunque no de sangre. Mi hermana de alma. Mi más fiel compañera.
Pablo, el que aguanta mis constantes cabreos. El único que sabe mirar más allá de mi casi siempre insoportable temperamento. El único que ha dedicado catorce años de su vida a intentar comprender qué cosas malas y buenas pasan por mi mente. El que sabe qué me hace feliz, con quien lo soy. Mi siempre pequeño niño.
Gracias por mi primera bicicleta. Por mi primer beso. Por las escapadas románticas. Por los helados que me unieron más a él. Por las tardes de compras que me unieron más a ella. Gracias por las mañanas en el instituto, y gracias por las madrugadas en la playa. Gracias por sus ojos, por su sonrisa. Por sus abrazos y su compañía. Gracias por haberme dado la oportunidad de vivir todo eso, pero despacio, sin ser la estúpida de catorce años que pierde su virginidad con alguien de paso. Gracias por dejarme tener a los diecisiete años la oportunidad de dársela a quien la sepa apreciar de verdad. Gracias por no hacerme ser peor, ni tampoco mejor. Gracias por hacerme ser diferente. Gracias por todas las veces que me hiciste caer, hasta que al fin aprendí a levantarme por mí misma. Por todas las veces que tuve que fallar y después volverme a equivocar, hasta que acerté de lleno. Gracias de verdad, por mantenerme viva sin pedir nada a cambio.
Sin embargo, no voy a tener la decencia de callarme que aún tengo motivos de sobra por los que seguir odiándote. Entre mis razones por las que odiarte están las noches en vela, el llanto sin consuelo. Las respuestas que siempre me fueron dadas de antemano sin antes lanzar un por qué a modo de pregunta. Las preguntas, que por el contrario, quedaron sin respuesta. Las personas que perdí por mi orgullo. Las personas que se fueron por nunca dar mi brazo a torcer.
Hoy vengo a decir la verdad. Y la verdad es que te odio. Te odio con todas mi fuerzas por arrebatarme la ilusión, por desgarrar mi alegría. Por hacer que me enamorara de aquel cabrón aquel día, hace años, tal vez meses. Por hacer que despreciara a quien tan sólo me quería. Por ilusionarme tantas veces sin motivo, por soñar más de la cuenta. Por hacerme sufrir tanto como ahora lo estoy haciendo. Por no echarme el freno cuando estaba dando rienda suelta. Por no empujarme cuando el viento me frenaba. Por hacer que ahora me esté enamorando de él. Yo no quiero, pero a ti eso te da igual. Tú te impones fuerte y decidida a mis deseos. Según tú, yo tengo la obligación de ser de él, pero no el derecho de que él sea mío. Te odio porque eres injusta. Porque no sólo juegas en tu campo. Porque también lo haces en el mío. Porque los balones que echas fuera se convierten en balones perdidos. Porque me haces arriesgar por alguien que ni siquiera sé si piensa en mí de la misma forma. Por no darme tregua ni una sola noche. Por hacer que le quiera todos y cada uno de los días de mi vida.
Te odio tanto porque me haces ser tan frágil. Tan tímida. Cuando siempre he sido fuerte. Te odio porque me pones la valla cuando quiero avanzar. Porque pones la piedra en el camino cuando sabes que voy a correr por él. Te odio tanto que incluso, y sólo a veces, he llegado a pensar que la muerte es mejor compañera que tú. Y aún así, siempre mantendré la esperanza de que algún día, sea como fuere, me demostrarás lo contrario.
Nunca te he dado las gracias, pero siendo ahora sincera contigo, aunque sólo sea por primera y única vez en el tiempo que ya llevo vivido, tendré la honradez de decirte que siempre te estuve muy agradecida. Nunca me he sentado a mirarte de frente, a hablar contigo. Hoy vengo con la amplia voluntad de hacerlo. Con la preparada y barata escusa de disculparme por no agradecerte nunca el estar viva.
Es cierto que me has hecho muy feliz en innumerables ocasiones. Todavía recuerdo el primer aroma que me rodeó al nacer; el olor de mi madre. La sensación de estar protegida por sus brazos en todo momento. Las canciones de mi padre, las que escuchaba con atención hasta quedarme profundamente dormida. Mi abuelo. Su eterna sonrisa al verme. Los paseos hasta la estación en su compañía y el no querer volver nunca a casa. La tradición de darle maíz a las palomas del parque con mi tía cuando el reloj de la iglesia marcaba la hora punta. Las carreras en bicicleta con mi tío, incluso cuando mi abuela le gritaba desde el otro lado de la calle que me bajara de allí, que era muy peligroso. Casi tanto como mi ya fuerte carácter, con mis escasos cuatro años de edad.
Mi primer día de colegio. Mi primer amigo. Mi ahora mejor amigo. Mis amigos. Todos ellos. Algunos, con los que he compartido desde piruletas hasta cigarros. Desde zumos en los cumpleaños hasta copas de champagne en nochevieja. Otros, los que siempre han intentado convencerme de que no bebiera, que no fumara. Que volviera a ser la de antes, aunque ya entiendo que era sólo por mi bien. Por eso les hice caso y cambié. Pero todos, todos eran, son, mis mejores amigos. Con sus más y con sus menos. Con sus semejanzas y sus diferencias. Con sus virtudes y defectos. Los adoro. Gracias por regalármelos.
Entre ellos cabe destacar a María. Mi dulce María. Con la que siempre sobraron las palabras. A la que hablarle con la mirada siempre le bastó. La que siempre me aceptó como era. Mi ojo derecho. La que impide que me levante con el pie izquierdo de la cama cada día. Siempre protegiéndome, siempre llevándome de la mano. Mi pañuelo en los momentos de llanto, mi compañera en los ratos de risa. Mi hermana, aunque no de sangre. Mi hermana de alma. Mi más fiel compañera.
Pablo, el que aguanta mis constantes cabreos. El único que sabe mirar más allá de mi casi siempre insoportable temperamento. El único que ha dedicado catorce años de su vida a intentar comprender qué cosas malas y buenas pasan por mi mente. El que sabe qué me hace feliz, con quien lo soy. Mi siempre pequeño niño.
Gracias por mi primera bicicleta. Por mi primer beso. Por las escapadas románticas. Por los helados que me unieron más a él. Por las tardes de compras que me unieron más a ella. Gracias por las mañanas en el instituto, y gracias por las madrugadas en la playa. Gracias por sus ojos, por su sonrisa. Por sus abrazos y su compañía. Gracias por haberme dado la oportunidad de vivir todo eso, pero despacio, sin ser la estúpida de catorce años que pierde su virginidad con alguien de paso. Gracias por dejarme tener a los diecisiete años la oportunidad de dársela a quien la sepa apreciar de verdad. Gracias por no hacerme ser peor, ni tampoco mejor. Gracias por hacerme ser diferente. Gracias por todas las veces que me hiciste caer, hasta que al fin aprendí a levantarme por mí misma. Por todas las veces que tuve que fallar y después volverme a equivocar, hasta que acerté de lleno. Gracias de verdad, por mantenerme viva sin pedir nada a cambio.
Sin embargo, no voy a tener la decencia de callarme que aún tengo motivos de sobra por los que seguir odiándote. Entre mis razones por las que odiarte están las noches en vela, el llanto sin consuelo. Las respuestas que siempre me fueron dadas de antemano sin antes lanzar un por qué a modo de pregunta. Las preguntas, que por el contrario, quedaron sin respuesta. Las personas que perdí por mi orgullo. Las personas que se fueron por nunca dar mi brazo a torcer.
Hoy vengo a decir la verdad. Y la verdad es que te odio. Te odio con todas mi fuerzas por arrebatarme la ilusión, por desgarrar mi alegría. Por hacer que me enamorara de aquel cabrón aquel día, hace años, tal vez meses. Por hacer que despreciara a quien tan sólo me quería. Por ilusionarme tantas veces sin motivo, por soñar más de la cuenta. Por hacerme sufrir tanto como ahora lo estoy haciendo. Por no echarme el freno cuando estaba dando rienda suelta. Por no empujarme cuando el viento me frenaba. Por hacer que ahora me esté enamorando de él. Yo no quiero, pero a ti eso te da igual. Tú te impones fuerte y decidida a mis deseos. Según tú, yo tengo la obligación de ser de él, pero no el derecho de que él sea mío. Te odio porque eres injusta. Porque no sólo juegas en tu campo. Porque también lo haces en el mío. Porque los balones que echas fuera se convierten en balones perdidos. Porque me haces arriesgar por alguien que ni siquiera sé si piensa en mí de la misma forma. Por no darme tregua ni una sola noche. Por hacer que le quiera todos y cada uno de los días de mi vida.
Te odio tanto porque me haces ser tan frágil. Tan tímida. Cuando siempre he sido fuerte. Te odio porque me pones la valla cuando quiero avanzar. Porque pones la piedra en el camino cuando sabes que voy a correr por él. Te odio tanto que incluso, y sólo a veces, he llegado a pensar que la muerte es mejor compañera que tú. Y aún así, siempre mantendré la esperanza de que algún día, sea como fuere, me demostrarás lo contrario.
Loes
lunes, 1 de agosto de 2016
Aquellos días de noviembre
Estaba quieta, rechazando la idea de sentarme, esperando algo, o tal vez alguien, que ahora mismo mi memoria no alcanza a recordar. Entonces te vi. Tú pasaste por mi lado y te reconocí. Desde antes fueron tus ojos los que me desvelaron que eras tú, pues saludaron en la distancia a los míos. Fue entonces cuando mi mirada buscó la tuya, y la encontró sólo fugazmente. Te fuiste demasiado pronto. Me dejaste atrás, y yo, tan típico en mí, primero dudé y después decidí vulnerablemente dejarte marchar. Una vez más.
Hace cinco años que perdí la suerte de poder escuchar tu voz al filo de mi cuello, de sentir tus brazos al borde de mi espalda. Me permití volver a aquellos días aunque sólo fuera una vez más, y aunque sólo en mis sueños. Noviembre era tan frío como yo lo recordaba. Tú estabas como siempre y sin embargo creo que esta vez me gustaste aún más que la primera. Por aquel entonces ni tú ni yo creíamos en que el destino nos fuera a separar. No estábamos equivocados. De eso ya me encargué yo. Yo, siempre tan estúpida. Siempre llevándole la contraria a mi pobre corazón. Pidiendo más de lo que tenía. Soñando con lo que en realidad no deseaba tener.
Viví en mi mente una vez más ese primer beso, pero he de admitir que esta vez me supo amargo. No sé si será por el sentimiento de culpa o por las ganas de matarme por tenerla. Tal vez ambas cosas. Detrás del beso se acumularon a golpes como coches en una caravana todos los demás recuerdos. Esa vez que permanecimos dos horas abrazados sin mediar palabra, los otros besos a media voz, los paseos hasta mi casa cogidos de la mano, el collar que me regalaste ahora escondido entre mis viejos cajones. Me tomé la libertad de jugar mis cartas a mi antojo, sin pensar en las consecuencias, y por eso te perdí.
Tal vez esto me lo tomo demasiado en serio, quizás no sea para tanto. Pero no me importa. Porque te quería como a nadie y no era consciente de ello. Porque fue así y no quiero seguir siendo tan cobarde como para callármelo más tiempo. Mi error no fue estar contigo, ni hacerte promesas que nunca cumplí. Mi error fue quererte demasiado y no darme cuenta de ello. Amarte en sueños y olvidarte al despertar. Soñarte en silencio y callarme en voz alta.
Lo sé, éramos unos críos. También sé que no llegaste a sentir tanto como para seguir recordando hoy mi nombre. Pero yo sí lo hice, créeme. Y cometí contigo todos los errores de mi vida, y me equivoqué cuantas más veces quise acertar. Y dejé que el tiempo pasara y sin estar a tu lado. Y me mataría por ello. De verdad que quiero hacerlo. Porque odio esta situación. Porque odio sentir tanto, porque odio sentir tan fuerte. Porque odio querer más de lo que debería. Porque no me gusta echarte de menos ahora. Porque debería haber luchado por ti aquel día y hacer que te quedaras conmigo cuando tenía la oportunidad de hacerlo.
Tenía los ojos cerrados y mi mente soñaba. Me desperté un veintinueve de noviembre y vi tu sonrisa. La echaba tanto de menos... Escuché tu voz. Fui feliz un segundo. Luego volviste a pasar por mi lado. Y te volví a dejar marchar. Y lo cierto es que no sabes cuántas veces me ha pasado esto. Cuántas veces te he soñado y cuántas otras te he dejado marchar. Supongo que mi debilidad siempre fue impedir que lo hicieras. Supongo que contigo la valentía se escapa de mis manos. He crecido y las cosas han cambiado. He aprendido muchas cosas y he mejorado en muchas otras. He olvidado y he conocido. Pero tú, tú siempre vas a ser imborrable, intocable, eterno.
Hace cinco años que perdí la suerte de poder escuchar tu voz al filo de mi cuello, de sentir tus brazos al borde de mi espalda. Me permití volver a aquellos días aunque sólo fuera una vez más, y aunque sólo en mis sueños. Noviembre era tan frío como yo lo recordaba. Tú estabas como siempre y sin embargo creo que esta vez me gustaste aún más que la primera. Por aquel entonces ni tú ni yo creíamos en que el destino nos fuera a separar. No estábamos equivocados. De eso ya me encargué yo. Yo, siempre tan estúpida. Siempre llevándole la contraria a mi pobre corazón. Pidiendo más de lo que tenía. Soñando con lo que en realidad no deseaba tener.
Viví en mi mente una vez más ese primer beso, pero he de admitir que esta vez me supo amargo. No sé si será por el sentimiento de culpa o por las ganas de matarme por tenerla. Tal vez ambas cosas. Detrás del beso se acumularon a golpes como coches en una caravana todos los demás recuerdos. Esa vez que permanecimos dos horas abrazados sin mediar palabra, los otros besos a media voz, los paseos hasta mi casa cogidos de la mano, el collar que me regalaste ahora escondido entre mis viejos cajones. Me tomé la libertad de jugar mis cartas a mi antojo, sin pensar en las consecuencias, y por eso te perdí.
Tal vez esto me lo tomo demasiado en serio, quizás no sea para tanto. Pero no me importa. Porque te quería como a nadie y no era consciente de ello. Porque fue así y no quiero seguir siendo tan cobarde como para callármelo más tiempo. Mi error no fue estar contigo, ni hacerte promesas que nunca cumplí. Mi error fue quererte demasiado y no darme cuenta de ello. Amarte en sueños y olvidarte al despertar. Soñarte en silencio y callarme en voz alta.
Lo sé, éramos unos críos. También sé que no llegaste a sentir tanto como para seguir recordando hoy mi nombre. Pero yo sí lo hice, créeme. Y cometí contigo todos los errores de mi vida, y me equivoqué cuantas más veces quise acertar. Y dejé que el tiempo pasara y sin estar a tu lado. Y me mataría por ello. De verdad que quiero hacerlo. Porque odio esta situación. Porque odio sentir tanto, porque odio sentir tan fuerte. Porque odio querer más de lo que debería. Porque no me gusta echarte de menos ahora. Porque debería haber luchado por ti aquel día y hacer que te quedaras conmigo cuando tenía la oportunidad de hacerlo.
Tenía los ojos cerrados y mi mente soñaba. Me desperté un veintinueve de noviembre y vi tu sonrisa. La echaba tanto de menos... Escuché tu voz. Fui feliz un segundo. Luego volviste a pasar por mi lado. Y te volví a dejar marchar. Y lo cierto es que no sabes cuántas veces me ha pasado esto. Cuántas veces te he soñado y cuántas otras te he dejado marchar. Supongo que mi debilidad siempre fue impedir que lo hicieras. Supongo que contigo la valentía se escapa de mis manos. He crecido y las cosas han cambiado. He aprendido muchas cosas y he mejorado en muchas otras. He olvidado y he conocido. Pero tú, tú siempre vas a ser imborrable, intocable, eterno.
Ahora
Ahora que el sol juega al escondite y de pronto se va,
ahora que la luna les roba el protagonismo a las estrellas,
las farolas alumbran al borde de las calles,
y las luces de discoteca deslumbran al filo de la carretera.
Ahora que las voces ya no gritan,
la calma recupera la incondicional compañía del silencio.
Ahora que la mirada ya no se esconde tras unos ojos cerrados,
la realidad se escapa irremediablemente del sueño.
Ahora que tengo la voluntad de regresar cinco minutos a mi pasado,
ahora que no tengo miedo y no me escondo de mis recuerdos,
regresa veloz a mi mente tu nombre antes olvidado,
cual tren que llega tarde a su última parada de metro.
Ahora que ya no eres tú quien besa mis labios,
ya no sé dónde volveré a encontrar tales besos.
Ahora que nadie camina de vuelta a casa a mi lado,
ya no estoy tan segura de si volver a ella debo.
Ahora que no cuentas los lunares de mi cuerpo,
ahora que ya abandonaste tu viaje en la geografía de mi espalda,
recuerdo tu cara acercándose sutilmente a mi almohada,
y sigo sin arrepentirme de haberte dejado ser el primero en hacerlo.
Ahora que tus manos no invitan a mi ropa a abandonar mi piel,
ni siquiera sé si me gustaría más volver a estar desnuda.
Ahora que tu silueta ya no sigue a mi sombra hecha de papel,
desearía volverme y que estuvieras ahí para abrazarte como nunca.
Ahora que me lanzo a la calle sin control alguno por controlarme,
buscándote entre callejones aun sin saber dónde podré encontrarte.
Ahora que las palabras escapan de mi boca cual loca gritando,
cuando no puedo callarme cuánto todavía te sigo amando.
Ahora que las frías copas de alcohol ya no pueden calentar mi cuerpo,
ahora que el humo de mis cigarrillos no puede calmar mi respiración acelerada,
ahora que ni los libros pueden apartar mis pensamientos de ti,
cuando busco en cada página una sola razón por la que no quererte mañana.
Ahora que echo tanto de menos tu voz entrecortada en mi oído,
mis lágrimas de alegría impactando contra el contorno de tu pecho.
Las tardes de invierno riendo en los bancos de los parques,
las noches de verano besándonos en los lugares sin techo.
Ahora que ha pasado tanto tiempo y que tengo el suficiente valor para recordarlo,
ahora que todo lo he perdido y apuesto por volver a ganarlo.
Ahora me atrevo a decirte que nunca fue "ahora",
que siempre fue "siempre" y "todos los días".
Ahora que moriría por volver a tenerte de nuevo en mis brazos,
ahora que la valla ya no frenará mi mortal caída.
Te digo que mis pasos seguirán siempre tu camino,
te digo que estaré siempre recordando una vida a tu lado aun sin haberla vivido.
sábado, 23 de julio de 2016
El invierno te trae de vuelta
Son las diez de la mañana. Salgo de mis sueños y posteriormente de mi cama. Con dificultad, pues estoy aturdida al despertar, me pongo mis zapatillas, esas que tienen forma de oso y que compré intentando ganarme a la niña que aún llevo dentro. Con costosos pasos consigo llegar a la cocina. Decido preparar té, porque el café ya lo aborrezco desde hace algún tiempo. Desde que te llevaste su olor contigo al marcharte.
La lluvia azota con furia el cristal de la ventana. Fuera, el frío amenaza con congelar todo lo cálido, de la misma forma que lo hace conmigo aquí dentro. Debo asumir que comienza otro día para acabar de la misma forma que todos los demás. Vuelve a hacer frío. Vuelve a llover. Nada va a cambiar. Es invierno y el sol no me quema. Las persianas siguen estando mal bajadas y la puerta permanece firmemente cerrada. La leña encendida y el fuego de nuestro amor hecho cenizas.
Pero es en invierno cuando los recuerdos amenazan con volver a mi mente. Cuando sueño con que nada hubiera terminado, que sólo hubiera pasado y aún hoy siguiese pasando. El invierno te trae de vuelta. El invierno me trae de vuelta el sabor amargo de tus besos confundidos, el roce de tu piel indecisa, el aroma de tu fugaz compañía, la dulzura de tu voz pasajera y el recelo de tu mirada soñadora. Pero todo son recuerdos.
Yo no decidí que te marcharas, y nunca lo hubiese querido. Hubiese deseado que hubieras sido un amor de verano. De esos que se encuentran en la playa y que hacen que el sol haga que tu castaño oscuro se torne a un rubio inconfundible, y no es una tontería. Hubiera querido perderme contigo entre las olas y ni siquiera pisar la arena del fondo. Tocar fondo contigo como la primera opción. Llegar hasta el final y perder la razón.
Pero el verano quedó ya muy lejos y el invierno es lo que me queda. Es cierto, te marchaste y no volverás. Lo recordaré y volveré a convencerme de que no hay reparo alguno, como hago cada invierno. Otro más. Otra vez más. Me tomaré el té. Pasaré el día viajando al pasado y quizás esta noche, mientras yo duerma después de horas de intento, tú también me recuerdes fugazmente por primera vez en mucho tiempo.
La lluvia azota con furia el cristal de la ventana. Fuera, el frío amenaza con congelar todo lo cálido, de la misma forma que lo hace conmigo aquí dentro. Debo asumir que comienza otro día para acabar de la misma forma que todos los demás. Vuelve a hacer frío. Vuelve a llover. Nada va a cambiar. Es invierno y el sol no me quema. Las persianas siguen estando mal bajadas y la puerta permanece firmemente cerrada. La leña encendida y el fuego de nuestro amor hecho cenizas.Pero es en invierno cuando los recuerdos amenazan con volver a mi mente. Cuando sueño con que nada hubiera terminado, que sólo hubiera pasado y aún hoy siguiese pasando. El invierno te trae de vuelta. El invierno me trae de vuelta el sabor amargo de tus besos confundidos, el roce de tu piel indecisa, el aroma de tu fugaz compañía, la dulzura de tu voz pasajera y el recelo de tu mirada soñadora. Pero todo son recuerdos.
Yo no decidí que te marcharas, y nunca lo hubiese querido. Hubiese deseado que hubieras sido un amor de verano. De esos que se encuentran en la playa y que hacen que el sol haga que tu castaño oscuro se torne a un rubio inconfundible, y no es una tontería. Hubiera querido perderme contigo entre las olas y ni siquiera pisar la arena del fondo. Tocar fondo contigo como la primera opción. Llegar hasta el final y perder la razón.
Pero el verano quedó ya muy lejos y el invierno es lo que me queda. Es cierto, te marchaste y no volverás. Lo recordaré y volveré a convencerme de que no hay reparo alguno, como hago cada invierno. Otro más. Otra vez más. Me tomaré el té. Pasaré el día viajando al pasado y quizás esta noche, mientras yo duerma después de horas de intento, tú también me recuerdes fugazmente por primera vez en mucho tiempo.
Loes
jueves, 21 de julio de 2016
Mi guitarrista
Iluminaba una triste farola la oscura calle por la que yo caminaba. Respiraba mi espíritu tras las cadenas encomendadas por mi alma. Soñaba mi corazón con encontrar una salida de puerta grande. Campos y flores que reinaran en él. Pájaros que hicieran de reyes. Un sol que cantara mil canciones y una luna que recitara diez poemas cada noche. Pero la luna es testigo del llorar del mar, y no le hace falta decir nada para hablar de él. Por eso, quien recuerda la luna, recuerda el mar. Por eso, si me acuerdo de la sombra de la luz de aquella farola, me acuerdo de la primera vez que te vi.
Un primer acorde de tu guitarra fue lo primero que me hizo saber de ti. Un par de quejíos flamencos para acabar. Y si era cierto que estaba triste, en ese momento volvía a ser feliz. Y si era verdad que en los días de invierno la lluvia reinaba en el cielo, confiaría en que alguna vez saldría el sol. No me habías mirado a los ojos y ya soñaba con tu mirada. Sería tan irónico bailar ballet en la playa, como asegurarte que desde esa noche te empecé a querer. Puedes tomar las ironías o puedes dejarlas pasar.
Lo que sé seguro es que mi camino estaba en ti, y no me preguntes si soñaba. Porque tú implicas sueño. Tú alejas la realidad de mí. Como un artista que se deja los ojos en los mejores cuadros, tal vez como un suicida mira por última vez su puente. Así me hacías sentir. Tan cerca, pero a la vez tan lejos, como diciembre y enero.
No sé si podrías comprender que tú eres mi salida, mi campo con flores que reinan en él. Donde los pájaros hacen de reyes. Donde el sol canta mil canciones y donde la luna es aun más bella. No sé si sabes, que tal vez debería aprender a tenerte menos ganas.
Pero, te aseguro, tu guitarra te lleva ventaja. Cuando eres tú el que canta, sólo es música, y no soy yo la que te inspira. Escucha a tu guitarra cuando la tocas. Ella sabe que en ese puzle falta una pieza, y quizá no la menos importante. Está en ti descubrir de qué se trata. Está en ti seguir los consejos de tu música. Porque habla por ti. Porque tal vez todavía eres feliz sin mí, pero hoy tu guitarra tiene tristes los bordones.
Un primer acorde de tu guitarra fue lo primero que me hizo saber de ti. Un par de quejíos flamencos para acabar. Y si era cierto que estaba triste, en ese momento volvía a ser feliz. Y si era verdad que en los días de invierno la lluvia reinaba en el cielo, confiaría en que alguna vez saldría el sol. No me habías mirado a los ojos y ya soñaba con tu mirada. Sería tan irónico bailar ballet en la playa, como asegurarte que desde esa noche te empecé a querer. Puedes tomar las ironías o puedes dejarlas pasar.
Lo que sé seguro es que mi camino estaba en ti, y no me preguntes si soñaba. Porque tú implicas sueño. Tú alejas la realidad de mí. Como un artista que se deja los ojos en los mejores cuadros, tal vez como un suicida mira por última vez su puente. Así me hacías sentir. Tan cerca, pero a la vez tan lejos, como diciembre y enero.
No sé si podrías comprender que tú eres mi salida, mi campo con flores que reinan en él. Donde los pájaros hacen de reyes. Donde el sol canta mil canciones y donde la luna es aun más bella. No sé si sabes, que tal vez debería aprender a tenerte menos ganas.
Pero, te aseguro, tu guitarra te lleva ventaja. Cuando eres tú el que canta, sólo es música, y no soy yo la que te inspira. Escucha a tu guitarra cuando la tocas. Ella sabe que en ese puzle falta una pieza, y quizá no la menos importante. Está en ti descubrir de qué se trata. Está en ti seguir los consejos de tu música. Porque habla por ti. Porque tal vez todavía eres feliz sin mí, pero hoy tu guitarra tiene tristes los bordones.
sábado, 9 de julio de 2016
Yo seré ella
Me resulta abrumador pensar que hay algo más allá de tu risa. Me es esencial intentar encerrarme tras las rejas de tus ojos y hacerme dueña de tu cautiva mirada. Mis sueños giran en torno a ti y mi alma te sigue sin un camino definido, sólo siguiendo a la tuya.
Cuéntame tus miedos. Cuéntame tus fantasías. Quiero escuchar tus historias, quiero oír tu risa y calmar tu llanto. Sé que a veces es muy difícil andar sin encontrar un banco donde sentarte. Sé que a veces es complicado esperar tu turno cuando eres el último de la fila. Estamos hablando de los caprichos de la vida. Sé que cuesta tener el valor, la fuerza, el coraje suficiente. Pero sé quien eres. Te conozco muy bien. Y sé que tú puedes con las mil tormentas que se te pongan delante.
Yo, sin embargo, no estoy tan lejos de la debilidad. A mí me haces falta tú. Lo que me queda es seguir tus pasos, confundirme entre la gente al caminar y confiar en que estarás al final de la calle esperándome con los brazos abiertos, y que para cuando yo llegue, aún no te habrás ido.
Me escondo entre brumas y no soy capaz de salir a llamarte. Le doy la mano a mi cruel destino y me dejo llevar por los senderos hacia donde me guía. Nunca estás. Nunca te cruzas. He de esperar, o tal vez he de buscarte. No, no me atrevo. No sé qué quieres, no sé si te costará recordar mi nombre o si quizás te acordarás de mis apellidos.
Una vez dijiste que deseabas tener un compromiso, una de esas chicas que te mire a los ojos cuando hables, que entienda tu mirada y no se pierda en tus palabras. Una mujer que comparta tus miedos, si los tienes, y que ría tus gracias. Que te acompañe en tus paseos nocturnos de calle en calle y que cambie los semáforos en rojo al verde de tus ojos.
Tal vez haya millones de mujeres así, y probablemente miles de ellas se crucen en tu camino. Pero, créeme, yo seré la primera, y no perderé el autobús. Tal vez vaya en tren. Pero seré la primera en cruzarme contigo. Una vez me dijiste que te enamorarías de la mujer que comprendiera que amarte era en serio y para siempre. Yo seré ella.
Cuéntame tus miedos. Cuéntame tus fantasías. Quiero escuchar tus historias, quiero oír tu risa y calmar tu llanto. Sé que a veces es muy difícil andar sin encontrar un banco donde sentarte. Sé que a veces es complicado esperar tu turno cuando eres el último de la fila. Estamos hablando de los caprichos de la vida. Sé que cuesta tener el valor, la fuerza, el coraje suficiente. Pero sé quien eres. Te conozco muy bien. Y sé que tú puedes con las mil tormentas que se te pongan delante.
Yo, sin embargo, no estoy tan lejos de la debilidad. A mí me haces falta tú. Lo que me queda es seguir tus pasos, confundirme entre la gente al caminar y confiar en que estarás al final de la calle esperándome con los brazos abiertos, y que para cuando yo llegue, aún no te habrás ido.
Me escondo entre brumas y no soy capaz de salir a llamarte. Le doy la mano a mi cruel destino y me dejo llevar por los senderos hacia donde me guía. Nunca estás. Nunca te cruzas. He de esperar, o tal vez he de buscarte. No, no me atrevo. No sé qué quieres, no sé si te costará recordar mi nombre o si quizás te acordarás de mis apellidos.
Una vez dijiste que deseabas tener un compromiso, una de esas chicas que te mire a los ojos cuando hables, que entienda tu mirada y no se pierda en tus palabras. Una mujer que comparta tus miedos, si los tienes, y que ría tus gracias. Que te acompañe en tus paseos nocturnos de calle en calle y que cambie los semáforos en rojo al verde de tus ojos.
Tal vez haya millones de mujeres así, y probablemente miles de ellas se crucen en tu camino. Pero, créeme, yo seré la primera, y no perderé el autobús. Tal vez vaya en tren. Pero seré la primera en cruzarme contigo. Una vez me dijiste que te enamorarías de la mujer que comprendiera que amarte era en serio y para siempre. Yo seré ella.
martes, 5 de julio de 2016
Mi estrella
Llegaste y te fuiste. Un pensamiento fugaz, instantáneo. Apareciste y desapareciste. Sin tiempo para reconocerte, pero tampoco para olvidarte. Pasaste como una estrella fugaz.
No pude verte claramente, tu presencia se desvaneció en un instante y sólo me quedó vivir del vago recuerdo que tengo de ti. Un recuerdo demasiado bello para ser real, demasiado increíble para ser de este mundo.
Claramente esa noche no fue igual que las demás, tú cambiaste algo en aquel lugar vacío, dónde sólo se conocía la oscuridad.
Durante el corto tiempo que iluminaste aquella noche me hiciste la persona más feliz, sin duda no volví a ser la misma desde entonces, algo se encendió en mi interior y me enamoré perdidamente de tu figura.
Capturaste mis cinco sentidos y te hiciste creador y dueño del sexto. Alguien sin identidad que se mudó al ático de mi alma sin siquiera saberlo. Alguien del que todos hablaban cuando me preguntaban por la razón de mi ilusión repentina, aquella que dejaba huella en mis labios y marca en mi corazón.
Y tal vez confundí ser tu amiga con amar, pues eras mi fiel amigo, y quizás confiabas en que nunca me enamoraría de ti. Pero esa noche, y espero que me entiendas, por un par de segundos y un instante, observé detenidamente tus ojos, y por primera vez, me sentí parte de aquel azul. Espero que comprendas, que esa noche yo me sentí viva en tu mirada.
Que si me dabas la mano y caminabas, yo desplegaba mis alas y volaba. Que si te acercabas a mi cuerpo, éramos capaces de compartir el respirar, y eso me bastaba. Sentir tu respiración y notar tu cuerpo al lado del mío era motivo más que suficiente para estar a salvo del llanto, de la desesperación, de todas aquellas cosas que pasaban por mi mente cada vez que tú no estabas conmigo, a mi lado, esperando que me fuera, o tal vez que me quedara para siempre un poco más; lo que yo hubiese querido.
No sé, quizás esa noche soñé demasiado con tu nombre. Quizás no me quisiste tanto, y tal vez yo te quise un poco más de lo normal y siempre más que suficiente. Esa noche te sentí demasiado cerca. Me sentí tuya y quise hacerlo realidad. Que te enamoraras de mí era un sueño tan bonito como inalcanzable. Quise intentarlo, demostrarte que podía ser alguien más para ti, que podía darte aquello que no tenías y enseñarte todo aquello que aún no conocías.
Esa noche, por un momento, fuimos el uno del otro, aunque tal vez sólo fuese así en mi cabeza. Ahora quisiera decirte la verdad, que ser tu amiga me supo siempre a poco y que me encantaría ser mucho más. Que ojalá todas las noches fuesen como aquella y que por favor te quedaras conmigo y me besaras como nunca jamás. Pero lamentablemente creo que ya es demasiado tarde. Tu figura ya no se distingue entre las demás estrellas y la estela que en el cielo dibujabas no volverá a guiarme.
Es hora de despertarme del sueño, y bueno, dejar de mirar al cielo y mirar sólo una vez, sólo un minuto, el suelo que bajo mis pies me indica mi nuevo camino, uno más, para llegar a mi nuevo destino, otro más. Y quizás algún día vuelvas a cambiar tu ruta, quizás vuelvas al mismo punto del cielo donde nos conocimos por primera vez y nos hicimos amigos, o tal vez donde yo me enamoré de ti. Tal vez tú lo hagas algún día, o no. Sea lo que sea, lamento que para cuando regreses, yo no estaré aquí para pedirte un deseo.
No pude verte claramente, tu presencia se desvaneció en un instante y sólo me quedó vivir del vago recuerdo que tengo de ti. Un recuerdo demasiado bello para ser real, demasiado increíble para ser de este mundo.
Claramente esa noche no fue igual que las demás, tú cambiaste algo en aquel lugar vacío, dónde sólo se conocía la oscuridad.
Durante el corto tiempo que iluminaste aquella noche me hiciste la persona más feliz, sin duda no volví a ser la misma desde entonces, algo se encendió en mi interior y me enamoré perdidamente de tu figura.
Capturaste mis cinco sentidos y te hiciste creador y dueño del sexto. Alguien sin identidad que se mudó al ático de mi alma sin siquiera saberlo. Alguien del que todos hablaban cuando me preguntaban por la razón de mi ilusión repentina, aquella que dejaba huella en mis labios y marca en mi corazón.
Y tal vez confundí ser tu amiga con amar, pues eras mi fiel amigo, y quizás confiabas en que nunca me enamoraría de ti. Pero esa noche, y espero que me entiendas, por un par de segundos y un instante, observé detenidamente tus ojos, y por primera vez, me sentí parte de aquel azul. Espero que comprendas, que esa noche yo me sentí viva en tu mirada.
Que si me dabas la mano y caminabas, yo desplegaba mis alas y volaba. Que si te acercabas a mi cuerpo, éramos capaces de compartir el respirar, y eso me bastaba. Sentir tu respiración y notar tu cuerpo al lado del mío era motivo más que suficiente para estar a salvo del llanto, de la desesperación, de todas aquellas cosas que pasaban por mi mente cada vez que tú no estabas conmigo, a mi lado, esperando que me fuera, o tal vez que me quedara para siempre un poco más; lo que yo hubiese querido.
No sé, quizás esa noche soñé demasiado con tu nombre. Quizás no me quisiste tanto, y tal vez yo te quise un poco más de lo normal y siempre más que suficiente. Esa noche te sentí demasiado cerca. Me sentí tuya y quise hacerlo realidad. Que te enamoraras de mí era un sueño tan bonito como inalcanzable. Quise intentarlo, demostrarte que podía ser alguien más para ti, que podía darte aquello que no tenías y enseñarte todo aquello que aún no conocías.
Esa noche, por un momento, fuimos el uno del otro, aunque tal vez sólo fuese así en mi cabeza. Ahora quisiera decirte la verdad, que ser tu amiga me supo siempre a poco y que me encantaría ser mucho más. Que ojalá todas las noches fuesen como aquella y que por favor te quedaras conmigo y me besaras como nunca jamás. Pero lamentablemente creo que ya es demasiado tarde. Tu figura ya no se distingue entre las demás estrellas y la estela que en el cielo dibujabas no volverá a guiarme.
Es hora de despertarme del sueño, y bueno, dejar de mirar al cielo y mirar sólo una vez, sólo un minuto, el suelo que bajo mis pies me indica mi nuevo camino, uno más, para llegar a mi nuevo destino, otro más. Y quizás algún día vuelvas a cambiar tu ruta, quizás vuelvas al mismo punto del cielo donde nos conocimos por primera vez y nos hicimos amigos, o tal vez donde yo me enamoré de ti. Tal vez tú lo hagas algún día, o no. Sea lo que sea, lamento que para cuando regreses, yo no estaré aquí para pedirte un deseo.
Puso la mano en el espejo y se...
La niña de mis recuerdos
Puso la mano en el espejo y se enfrentó a la imagen de una
niña, tan fiel a su sonrisa.
Ella era tan grande como sus sueños, y tan fuerte como sus
ganas de alcanzarlos. Adoraba caminar por aquel puerto. Qué bonita que era la
vida, y qué hermosos los pájaros que surcaban los cielos reflejados en el mar.
Era ella porque un libro en sus manos se convertía en tesoro.
Qué desafortunados aquellos que no andaban con sus zapatos. Qué envidiosos
debieron ser, de haberla conocido.
Ella no era perfecta, pero por Dios que era admirable. Qué
bonito momento, cuando la brisa del viento invitaba a las hojas de los árboles
a bailar. Qué maravillosa danza, aquella que se sustentaba de su propia
melodía.
Quitó la mano del espejo y aquella niña regresó a sus recuerdos,
dejando el imborrable reflejo de una mujer.
Loes
Aquel niño
Puso la mano en el espejo y se aseguró de que aún conservaba
aquellos recuerdos teñidos de blanco y negro.
Fiel amiga de aquel niño, su razón de ser se forjaba de su
mirar, y su alma se regocijaba en su sonreír.
Y su barco, tan compañero de las olas del mar. Con él, aquel
niño partió un día, hacia ninguna parte, rumbo hacia ningún lugar. ¿Cuál era la
razón de su llorar? Sin embargo, él de
ella se olvidaba, y ella, a ratos, solía no poder olvidar.
Aquel niño que un día se decidió a navegar, en un hombre se
convirtió. Tal vez conservaba su mirada, o quizás hubiese cambiado su forma de
caminar.
Aquel mismo hombre, que detrás de ella estaba, le apartó la
mano del espejo, la acogió entre sus brazos, y su eterno beso se reflejó
tímidamente en el nostálgico cristal.
Loes
En el mundo de los soñadores
Puso la mano en el espejo y se decidió a apostar, porque el
reflejo de sus ojos le devolvía algo más que su soñadora mirada, porque en la
historia de su guerra había páginas en blanco para muchas batallas más.
Porque la luz del sol es infinita, y porque la luna es
testigo del llorar del mar.
Incluso antes de arriesgar, él ya caminaba por las mismas
calles. ¿Por qué no probar ahora el besar bajo la lluvia? ¿Por qué no perderse
ahora en una pequeña ciudad?
Si mil noches son de sueños, sólo una es de tormenta. Y si
sonara música, él se pondría a bailar. Posiblemente acompañaría a alguna
bailarina, y tal vez la invitaría a un par de copas en algún boulevard.
Porque en el mundo de los soñadores todo vale. Porque los
soñadores, sólo soñando, ya saben que pueden ganar.
Loes
domingo, 26 de junio de 2016
Un tiempo olvidado
Bremen, septiembre de 1933
Las nubes eran aliadas de la oscuridad del cielo. El blanco de su vestido se confundía gris a causa del barro que había en él. El viento empujaba sin pedir permiso a las hojas secas, las cuales yacían muertas en el suelo. Pisó con sus tacones una de ellas al andar, se paró al oír su débil sonido, y levantó su triste cara. Lucía su largo pelo adherido a sus pómulos por las lágrimas de sus ojos. Su boca se tornó entreabierta, dejando escapar una esperanza ya dada por perdida.Sus llorosos ojos la traicionaban con aquella imagen. Su mirada seguía el camino de piedras y tierra húmeda por la lluvia. Lo encontró de frente. Esta vez no llevaba su traje de fiesta, ni su mejor chaqueta, ni sus pies a punto de pistola para lanzarse a bailar. Esta vez era diferente, su mano no se alargaría hasta ella para entregarle un anillo, ni tampoco sus labios amenazarían con besarla. Ahora llevaba su maleta, aquella que solía esconder debajo de su mesa para olvidar que algún día tendría que marcharse de aquel lugar. Sus pies dejaron de apuntar hacia ella y agachó su culpable mirada.
Ella jamás podría negar que encontraba en sus ojos el refugio, en su mirada la salvación. Había sido muy feliz en sus brazos, y arrastraba tras de sí una historia por contar, en la que enemigos y obstáculos desaparecieron, en la que sólo estaba él. Ella había tenido la suerte de poder conocer el sabor de sus labios y el tacto de su piel. Nada se podía comparar con eso. Ella había tenido la oportunidad de enredarlo entre su vestido, bailando bajo la luz de la silenciosa luna cuando nadie más miraba, cuando nadie entendía que los árboles eran capaces de ocultar un amor tan sincero. Ella había tenido la fortaleza de amar aun cuando no debería, y la valentía de callar cuando le prohibían hacerlo.
Ahora debía olvidar, debía hacer caso a la palabra de los demás, de los importantes, de los que entendían sobre la vida. Importaba más eso que su felicidad. Él también lo sabía, el camino acababa allí y la despedida huía demasiado rápido. El reloj no cedía más tiempo y los recuerdos ya amenazaban con liderar en la memoria. Sería difícil saber de dónde procedía tanta agua, si del cielo o de sus ojos.A la vez que veía sus pasos alejarse, aquel hombre se llevaba su corazón consigo, y ella aun sin corazón no iba a dejar de amarle. Cabría esperar una segunda historia, un reencuentro fortuito, o tal vez podía correr tras él. Pero ella ya estaba muy cansada, ella ya conocía la desesperación, la frustración y el desengaño. Ella dejaba atrás sus sueños y luchaba por el nuevo día. Se ocultaba entre los resquicios de su pasado cuando nadie la veía y dejaba que la luz del sol la hiciera brillar cuando todos la miraban. No era una forma fácil, pero conseguía mantener los latidos de su corazón, aunque en su alma sólo reinara el silencio de un recuerdo que le arrebató al hombre que amaba, quien cada noche, y ahora cada día, le cuenta a las estrellas quién era ella y en qué lugar lo enamoró.
domingo, 12 de junio de 2016
Si yo fuera hombre
Ellos, tan fuertes por fuera, hechos de un molde, tendiendo a la despreocupación, los que no saben llorar. Nosotras, tan fuertes por dentro, somos de corazón, siempre de la mano de la planificación adelantada, las que sabemos reír aun cuando lloramos.
Si yo fuera hombre, sé que podría saber comprender mucho mejor lo que es amar a una mujer. Sabría mirarla, y no por encima del hombro. Sabría escucharla, pues sé lo que es hablar con lágrimas en los ojos, creyendo equivocadamente que él está apreciando el volumen de tus pupilas en ese mismo instante, y que quizás, se siente pirata navegando en los mares de tu mirada.
Si yo fuera hombre, acudiría a las palabras para hacerla sentir bien. Le regalaría libros por Navidad y un viaje por su cumpleaños. ¿El lugar? Indefinido. No conozco fronteras y tampoco dibujo límites. En nuestro aniversario le prometería una vida juntos, y una vida después, quizás ella comprendería por qué me atreví a prometérselo aquel día.
La haría reír con el simple fin de poder oír sus carcajadas mientras contemplo sonriendo cómo sus ojos se arrugan tornados de felicidad, y cómo sus mejillas acompañan la curva que sus labios dibujan en su precioso rostro.
La cogería de la mano, y no para lucirla a mi lado por la calle. Lo haría por el sencillo deseo de ser testigo del crimen que su suave piel comete, sólo siendo tan perfecta, tan digna de una caricia que le regale el amor más sincero, aquel que toda mujer se merece.
Si yo fuera hombre, me despertaría a las tres de la mañana, cuando ella estuviera llorando por el final de uno de sus libros, y le prepararía una taza de té caliente. La abrazaría contra mi pecho y guardaría
silencio para poder escuchar los latidos de su corazón.
Cuando la viera con sus amigas, no agacharía la cabeza, como tampoco intentaría evitarla cuando pasara por mi lado. Si la viera por la calle, no cruzaría la acera para encontrarme antes con mis amigos.
Si yo fuera hombre, no sería tan cobarde como para amarla en secreto e ignorara a la cara del mundo. La seguiría, le hablaría, le insistiría. No dudaría en conquistarla. Le haría ver que estoy enamorado de ella, y cuando ella se enamorara de mí, no la dejaría jamás para ir en busca de otra, que curiosamente y después de todo, no me amaría tanto como ella, pues un hombre, nunca es consciente de que abandona a quien lo ama de verdad.
Si yo fuera hombre, la besaría hasta el fin de mi respiración, sólo rozaría su cuello y acariciaría su pelo. Sería tan pequeño a su lado, pero ella me haría sentir tan grande con sus besos. Sería rehén de sus labios y cautivo de su loco amor, tan infinito como lo sería el mío.
Pero eres un hombre, y no puedes comprender qué se siente al comprender mejor y amar en serio a una mujer. No sabes escuchar, y no te importa el dolor. Los hombres ven el cuerpo de una mujer, y las mujeres ven el alma de un hombre. Los hombres disfrutan de las mujeres, y las mujeres se enamoran de los hombres.
Un día, sentí que el brillo de una mirada y de una risa destacaban entre todos los demás. Aquellos ojos, y aquella risa, me rodearon como si fueran brazos. Y me sentí bien, feliz, como nunca me había sentido. Pero eres un hombre, y por eso tú nunca has sabido que me enamoré de ti.
Si yo fuera hombre, sé que podría saber comprender mucho mejor lo que es amar a una mujer. Sabría mirarla, y no por encima del hombro. Sabría escucharla, pues sé lo que es hablar con lágrimas en los ojos, creyendo equivocadamente que él está apreciando el volumen de tus pupilas en ese mismo instante, y que quizás, se siente pirata navegando en los mares de tu mirada.
Si yo fuera hombre, acudiría a las palabras para hacerla sentir bien. Le regalaría libros por Navidad y un viaje por su cumpleaños. ¿El lugar? Indefinido. No conozco fronteras y tampoco dibujo límites. En nuestro aniversario le prometería una vida juntos, y una vida después, quizás ella comprendería por qué me atreví a prometérselo aquel día.
La haría reír con el simple fin de poder oír sus carcajadas mientras contemplo sonriendo cómo sus ojos se arrugan tornados de felicidad, y cómo sus mejillas acompañan la curva que sus labios dibujan en su precioso rostro.
La cogería de la mano, y no para lucirla a mi lado por la calle. Lo haría por el sencillo deseo de ser testigo del crimen que su suave piel comete, sólo siendo tan perfecta, tan digna de una caricia que le regale el amor más sincero, aquel que toda mujer se merece.
Si yo fuera hombre, me despertaría a las tres de la mañana, cuando ella estuviera llorando por el final de uno de sus libros, y le prepararía una taza de té caliente. La abrazaría contra mi pecho y guardaría
silencio para poder escuchar los latidos de su corazón.
Cuando la viera con sus amigas, no agacharía la cabeza, como tampoco intentaría evitarla cuando pasara por mi lado. Si la viera por la calle, no cruzaría la acera para encontrarme antes con mis amigos.
Si yo fuera hombre, no sería tan cobarde como para amarla en secreto e ignorara a la cara del mundo. La seguiría, le hablaría, le insistiría. No dudaría en conquistarla. Le haría ver que estoy enamorado de ella, y cuando ella se enamorara de mí, no la dejaría jamás para ir en busca de otra, que curiosamente y después de todo, no me amaría tanto como ella, pues un hombre, nunca es consciente de que abandona a quien lo ama de verdad.
Si yo fuera hombre, la besaría hasta el fin de mi respiración, sólo rozaría su cuello y acariciaría su pelo. Sería tan pequeño a su lado, pero ella me haría sentir tan grande con sus besos. Sería rehén de sus labios y cautivo de su loco amor, tan infinito como lo sería el mío.
Pero eres un hombre, y no puedes comprender qué se siente al comprender mejor y amar en serio a una mujer. No sabes escuchar, y no te importa el dolor. Los hombres ven el cuerpo de una mujer, y las mujeres ven el alma de un hombre. Los hombres disfrutan de las mujeres, y las mujeres se enamoran de los hombres.
Un día, sentí que el brillo de una mirada y de una risa destacaban entre todos los demás. Aquellos ojos, y aquella risa, me rodearon como si fueran brazos. Y me sentí bien, feliz, como nunca me había sentido. Pero eres un hombre, y por eso tú nunca has sabido que me enamoré de ti.
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