La miré fijamente a los ojos una madrugada de jueves y le dije: dime que no soy la única que no persigue la estabilidad. Que no sueña con casarse (ni siquiera con el amor de su vida), que no desea convertirse en madre (ni siquiera con el amor de su vida), aunque eso signifique condenar a toda una familia entera a renunciar a su única oportunidad de tener descendencia. Dime que no soy la única que sí quiere mudarse a un estudio y no a una casa con tres habitaciones, que no lloraría de alegría con un contrato indefinido porque la ataría a un lugar, que sería la más feliz del mundo si al volver a casa solo la recibiese su gato. Dímelo. Dime que no soy la única que querría malgastar las madrugadas de vida que le quedasen escribiendo libros, en lugar de conociendo gente nueva para volver a despedirla. Dime que no soy la única a la que no le gustaría poner cuadros propios en las paredes, porque esas paredes nunca serían hogar. Dime que no soy la única que quiere pasar su vida visitando países, aunque me lo funda todo en vida. Y, por favor, dime que no soy la única que en sus últimos días solo querría volver a ver cinco minutos a cada amor del pasado con el que todo esto no se pudo dar. Y ella, muy tranquila, con sonrisa irónica, me respondió: “tranquila, somos muchas”.
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