viernes, 25 de diciembre de 2015

Llévame de la mano

Parece que va a llover. El cielo empieza a añorar tu presencia, mis ventanas lo acompañan. Mi cama empieza a echarte de menos, mi vista me traiciona con las espesas lágrimas que retienen mis ojos.

Parece que voy a llorar. Mi cuerpo se estremece bajo las sábanas que marcaste con el sello de tu piel antes de marcharte. Las cuatro paredes entre las que estoy retenida cada vez se buscan más, cerrando el espacio en el que me encuentro. El aire que respiro sale de mis pulmones hacia abajo de mi puerta, y cada vez me cuesta más inspirar aire nuevo.

Parece que es cierto que te has ido para siempre. Mi almohada se hunde por el peso de mis recuerdos y por el pesar de mi llanto, el café que me tomo tiene un sabor amargo difícil de descifrar. Veo tu foto impedir que cierre mi cajón, veo mi alma rota descansar en el suelo.

Parece que nunca volverás. Me pongo la bufanda y mis guantes, y vuelvo a salir en busca de lo que nunca volverá a mí. ¿Cómo voy a encontrarte si veo tu alma en cada rincón, en cada lugar al que miro? Si tu mirada está en el aire, si tus besos permanecen tatuados en mi piel, si tu tacto sigue presente en mi memoria.

¿Cómo voy a encontrarte, si tú siempre estás aquí, a mi lado, aunque no pueda demostrar tu presencia? Dime cómo he de ser fuerte, dime qué debo hacer para ser valiente y no seguir andando, quitarme la bufanda, olvidar mis guantes, y volver a casa sin tu recuerdo, sin la necesidad de que vuelvas a rozar mis labios con los tuyos y llevarme de la mano al lugar donde solíamos soñar, a veces despiertos, a veces dormidos en nuestro propio sueño. Ven y llévame de la mano a donde estés.

Dime cómo he de afrontar que la gente sigue siendo la gente, que las calles están mojadas, y que mi vida continúa. Camino entre tantas personas que no son tú, que me miran diferente a como me miraban tus ojos, hace tanto frío, estoy tan perdida... Mis pasos se confunden y voy perdiendo el rumbo. Pero sigo buscándote, en los bancos, en las aceras... No estás. Nunca estás.

Soy consciente de mi ingenuidad. Soy consciente de que a veces puedo ser tan estúpida... Sé que no debo soñar con tu regreso. Pero eres parte de mí, vives en mi corazón, y aunque pasen siglos, tormentas, aunque los mares se sequen y el mundo se muera, aunque yo finalmente algún día me muera, tú siempre seguirás siendo mi razón de ser, y mi motivo de haber sido. Mi más preciado tesoro. Mi ilusión de amar, mi argumento perfecto para seguir amando mil años después.

                                                                                                                   Tú, mi vida.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Tenemos una cita en Helsinki

He cerrado el libro por la página cuatrocientos cincuenta y ocho, justo esa en la que están escritas con tinta fuerte y concisa las últimas palabras que ella pudo decir antes de que él la besara. Las páginas se han ido resbalando una sobre la otra hasta caer rendidas por el peso de las dos duras pastas que descansaban a su espalda.

He dejado caer el libro ya cerrado sobre las gruesas mantas que le quitan el frío a mi cama por las noches. El viento ha soplado fuerte contra mi rostro cuando he abierto la ventana y todos mis fantasmas se han ido a través de ella, diciéndome adiós con la mano, y he sido consciente de que ya nunca más iban a regresar a mi lado.
Los rayos del sol han empezado a calentar mi pálida y temblorosa piel cuando he subido las persianas mal bajadas.

Me has dicho que me quieres. Me has dicho que te importo. Tenemos una cita en Helsinki. Eso es lo único que me importa. Ese es el único motivo de la sonrisa que no deja en paz a mis labios.

El fuerte aroma de mi perfume se ha peleado contra el viento de mi habitación hasta aferrarse a mi cuello. Los mechones de mi pelo se han entrelazado con las púas de mi peine hasta soltarse en una perfecta y recta línea, y mi ropa se ha adherido a la perfección a cada poro de mi piel. Prescindo del sutil maquillaje y de mis valiosos tacones y me atrevo a decir que estoy lista para enfrentarme a mil y un huracanes, quizás unos pocos más de los que se podrían cruzar hoy en mi camino.

He apostado por coger el primer tren. He apostado por ir y llegar hasta ti cuando te he visto pasar, buscándome, necesitándome como te he necesitado yo toda mi vida. He apostado por soltar mi maleta y pasar de los 0 a los 10 kilómetros por hora para poder engancharme al cuello de tu camisa y susurrarte al oído que eres el ser humano más hermoso que existe en La Tierra.

Me ha faltado tiempo para romper esos centímetros de distancia que separaban a mis labios de los tuyos y te ha faltado tiempo para poner unos cuantos centímetros de distancia entre las suelas de mis zapatos y el suelo que allí nos sostenía.

Me falta tiempo para expresar lo que me haces sentir con sólo rozar mi piel y me falta tiempo de vida para estar contigo, porque, francamente, me he dado cuenta de que cien años sigue siendo un intervalo de tiempo realmente corto.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Sal con una chica que lea; sal con una chica que escriba

Al principio de esta historia cabe decir que realmente ella no era joven, era más bien algo mayor de lo comúnmente común. Pero no es otra la razón de ello más que su profunda sabiduría en los temas que se daban a conocer página tras página de sus antiguos y viejos libros. Por fuera, sin embargo, es bastante razonable decir que era lo suficientemente joven como para que tuviera todavía toda su vida por delante. En esta ocasión el sitio que elegiría sería "la habitación del soñador"; una cafetería que hasta el momento no había tomado consciencia de que existía y que estaba a sólo dos calles más abajo de su particular piso. No soy yo la que miente cuando digo que viajaba a diez mil kilómetros por hora en dirección a la puerta, albergando bajo su brazo uno de aquellos libros tan pesados, a los que tanto amor les guardaba. Tampoco miento cuando digo que al entrar, lo primero que hizo, rechazando la oportunidad de poder sentarse en la última mesa que quedaba libre y pedirle su tradicional café matinal al único camarero que en ese momento se encontraba disponible, fue abrir la página trescientos cincuenta y siete de su libro, la cual se encontraba separada de las demás por un extraño marca páginas que contenía aún más letras, y comenzar a leer. Al instante siguiente, olvidó por completo dónde se encontraba, qué la rodeaba, olvidó incluso el peso del libro que sostenía entre sus manos, y se dispuso únicamente a sumergirse en un mundo imperfecto, ambicioso y extraordinario protagonizado por personajes que le proporcionaban las mayores de sus emociones y despertaban en ella los más grandes de sus sentimientos. Se podría decir que por suerte, al fin pudo pedir su café y sentarse en la mesa del final de la cafetería, esa mesa justo en la que resplandecían los fuertes y luminosos rayos de un sol a las once y veintidós de la mañana de un sábado, como cualquier otro día; pero este era sencillamente especial. Sólo que ella aún no lo sabía. Sería incoherente afirmar que pasados treinta y siete minutos desde que lo pidió, el café seguía sobre la mesa totalmente intacto. Pero en este caso es lo suficientemente coherente como para que esa sea la única verdad. La página trescientos setenta y tres era el único punto céntrico al que su vista respondía. El café se convirtió en una masa espumosa ya bastante fría en comparación al principio. El líquido reposaba tranquilo y ella seguía sin hacer ningún ademán de tan siquiera probarlo. Él se dio cuenta, y supo lo que pasaba tal como la vio entrar hacía cuarenta minutos por la puerta. Pudo afirmarlo cuando luego le pidió el café leyendo de reojo y puede confirmarlo ahora que la ve llorar, ahora que ve mojarse las páginas de su libro por sus espesas lágrimas. Él entendía y compartía perfectamente la razón de ello, conocía de sobra cuán grandes son los sentimientos que pueden despertar en una persona los libros, sabía que te pueden hacer reír, que te pueden hacer llorar, que te pueden hacer sentir el protagonista de tu propia historia, que te pueden llevar al sitio más alto del universo y que en el último capítulo, sin más, pueden hacer que te des de bruces contra la superficie terrestre. Sabía que un libro es como una montaña rusa para el lector, que te pueden hacer vivir mil emociones que realmente llegan hasta lo más hondo de tu ser. Y ahora también cabe decir que no pudo evitar la insistente tentación, y salió del mostrador con otro libro bajo sus brazos, y un paquete de pañuelos en su mano. Se acercó hasta donde estaba ella, le tendió la mano y le ofreció el libro. Al instante ella se dio cuenta de que tenía la misma portada que el suyo. Parecería de nuevo incoherente decirlo pero, aquel libro les unió. Él creía que ya había conocido todos los submundos de los mundos más profundos que se ocultan en las páginas de los más antiguos e impresionantes de los libros, pero gracias a ella se dio cuenta de que ello realmente no era de ese modo. Ella le abrió el paso a nuevos submundos, con otros submundos dentro de ellos mismos, fue su mapa y su brújula, fue su más leal compañera en el viaje de la cultura a través de las hojas de papel. Él la empezó a amar con una simple vuelta de hoja. Ella lo empezó a amar desde un simple epílogo. Realmente se dio cuenta del verdadero sentido de su vida cuando conoció a esa chica que leía, y que un día, la vio también pegada a una hoja en blanco, escribiendo sus propias palabras, su propio libro. No vuelvo a ser yo la que miento cuando digo que se enamoraron gracias a todos los libros que leyeron juntos. Tampoco cuando digo que hoy sí son mayores también por fuera, y que juntos todavía, siguen enamorándose cada día de la literatura que les enseñó a vivir, a luchar, y a amar por encima de todas las cosas que jamás ni siquiera en los libros podrán ser contadas.

martes, 6 de octubre de 2015

El cajón de mis recuerdos

Escribo esto a última hora. Siempre con el tiempo justo. Volví a abrir el cajón. Y volví a encontrarme de frente con todos nuestros recuerdos, ya más negros que blancos. Aunque aún conservaban cierta mezcla entre ambos. Mis lágrimas bañaron tu rostro en aquella noche oscura, el cual se volvió aún más borroso. Y mis lágrimas se volvieron aún más espesas. Y los recuerdos aún más negros. Y mi tristeza más nítida. Y en ese mismo instante, me atrevo a decirte; te amé algo más de lo habitual.

Este libro

No pude evitar volverme a involucrar en el proceso de recordar. Volví a abrir mi libro y releí todas las páginas de las cuales tú eres el autor. No puedo negarte que siguen siendo mis favoritas. Fui la protagonista en el final, y eso es justo lo que me hace entristecer tanto. Me encantaría escribir una segunda parte, pero jamás la leerías, pues tienes este libro guardado lo más al fondo posible. Ignorando por completo el lugar que ocupa. Olvidando totalmente su presencia. Ya nada me hace pensar que tú también volverás a releer estas páginas. Ni siquiera que sin ti este libro siga teniendo tan sólo algo de sentido.

viernes, 25 de septiembre de 2015

La llave

Cuatro años estuve buscando la llave maestra de la puerta mágica. Cuatro años estuve probando con una y con otra, sin obtener resultados algunos. Algunas llaves ya sabía que no eran, pero aún así lo intentaba. Las pocas que creía que sí lo eran, al final resultaron ser copias falsas. Me puse varios disfraces, creyendo que cada disfraz era mi verdadera personalidad. Me puse muchas máscaras, ocultando mi cara por miedo, o en algunos casos, por verguenza. Tomé varias veces el camino equivocado confiando en que más adelante habría un cambio de sentido; nunca lo encontraba y me perdía. Me aferré a cosas que me hacían mal y me alejé de las que me hacían bien. Reí cuando tenía que llorar y lloré cuando tenía que reír. Lo cierto es que lo hacía todo a mi modo; al revés. Era un poco egoísta y solía ver la belleza en cosas que no merecían la pena. Poco a poco fui cambiando mi manera de buscar la llave. Empecé a pensar antes de actuar. Empecé a ir por el buen camino sin pisar antes el malo por mera curiosidad. Alcancé unos horizontes que siempre creí fuera de mi alcance. Me quité los disfraces y las máscaras y me mostré tal como era, tal como soy. Sabía cuándo llorar y cuándo reír, cuándo luchar y cuándo tirar la toalla; nunca. Empecé a arriesgar por las cosas que verdaderamente me importaban. Y así un día, encontré la llave, la de verdad, la que me ha abierto la puerta cuatro años después. Ahora he podido pasar dentro y ser yo misma, la que siempre he querido ser. He cerrado la puerta y no pienso volver a salir ahí fuera. Ahora, soy más resistente, más fuerte y más yo que nunca.

P.D: para ti nunca está de más un te quiero

Hola, quería decirte gracias, lo siento, te quiero. Quería decirte tantas cosas que no sé por dónde empezar, quería decirte miles de cosas y millones de cosas que me falta tiempo para poderte contar. Debo confesarte con estas ahogadas palabras que ayer noche cambié las ganas de dormir por la ansia de regresar al pasado, no fue nada fácil para mí recordar tantos de mis más dolorosos y sufridos momentos. Pero de repente, entorné mis ojos hacia el fondo, y allí, enfrascado en un pequeño recuerdo, estabas tú. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que junto a ti pasé los mejores momentos de mi vida, siendo capaz de permanecer horas abrazada a tu espalda, y con todo el pesar de mi alma, debo admitir que eché a llorar. Es aquí cuando salgo de mis recuerdos, y me dispongo a hablar. Quería pedirte perdón por no haber sido perfecta, por no haber sido quien tú querías que fuera y por haber dejado en parte ilusiones rotas en tu corazón. Sé que contigo tuve los mayores errores de mi vida, pero quería decirte que hacerte daño no fue nunca mi intención. Te quise como no quise a nadie más y ahora puedo confirmarlo porque de entre todos, siempre has sido tú, y por eso, al final, vuelvo otra vez a ti. Quería decirte, que no volví porque tú no volviste, porque he de admitir que eso del orgullo siempre me ha llevado ventaja, o por lo menos, hasta el día de hoy. Quería decirte que sé que tonta se queda corto, porque la mayor estupidez que he hecho en toda mi vida, fue dejarte ir. Quería decirte que te amaba y que arrancarte de mi corazón aún hoy para mí es imposible. Quería decirte que para ti tal vez ya sea agua pasada, que ni te acuerdes de que existo, pero que yo aquí para ti aún sigo. Quería decirte que a lo mejor ya no seré lo que fui para ti una vez, pero que puedes contar conmigo. Sé que son palabras, y que como a todas, cualquier viento se las lleva. Por eso, léelas antes de que desaparezcan, porque cuando lo hagan, ya no me quedarán motivos a los que aferrarme para poder demostrarte nada.
Y, ¿Sabes una cosa? Quería decirte que si a pesar de todo tú fuiste un error, yo sin duda alguna, volvería a equivocarme.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Enamorados

Tú me guiaste hacia los prados más verdes,
y en ese verde de tus ojos yo me perdí,
no me importaba en absoluto perderme, sino perderte
porque deseaba que fuesen tus ojos mi lugar para vivir.

Con las manos entrelazadas y al borde del amor,
con un beso robado me robaste el corazón,
y en ese mismo momento lo único que hubiera deseado,
hubiese sido mantenerte toda la vida a mi lado.

No habría persona más pobre en el mundo,
que una persona que no te tuviera a ti.
No son mis ganas de amarte, ni mis ganas de quererte,
es mi ansia de ti.

Yo te guié hacia los lugares más iluminados,
no más iluminados que cuando llegaste tú,
y allí enamorados y junto a tu luz,
me volví a enamorar sin pensarlo demasiado. 

Sin miedo

El miedo me miró de frente. Y debo decir que durante muchos años evité su mirada, privándome del placer de poder mirarle yo también. Estuve evitando su mirada demasiado tiempo, más del que cualquier ser humano podría imaginarse. Me hice mucho daño, cada vez que desviaba mi mirada al suelo, el miedo me hacía una herida. Y yo, con la cabeza gacha, entregándome al resentimiento y esquivando la valentía, me la tapaba con una pequeña y barata tirita. El miedo me perseguía a cada momento, me obligaba a renunciar a todas esas cosas por las que tenía que luchar y poner de mi parte para conseguirlas. Me decía siempre "no" y se guardaba los "sí" para él mismo. Me ponía su mano delante para evitar que siguiera andando, en vez de para ayudarme a continuar el camino. Ponía piedras en él en vez de quitarlas. Me arrebataba la felicidad y la posibilidad de crecer como persona. Me hacía olvidar cuáles eran mis verdaderas metas y mis verdaderos deseos. Me tenía completamente ciega y a su disposición.
Resultado de imagen de chica blanco y negro tumblr
Pero un día las cosas cambiaron. Crecí, abrí los ojos, y dirigí mi mirada hacia él. Conseguí quitarme todas las tiritas, la sangre se secó, mis heridas se curaron. Empecé a luchar por las cosas que quería y seguí mi camino apartando las piedras que el miedo puso. Recuperé la felicidad y cada día, crecía un poco más. Llegué a mis verdaderas metas e hice lo imposible para que mis deseos se cumplieran. Hoy tengo el coraje de decir que soy valiente, y que el miedo, hoy pasa por mi lado sin atreverse a mirarme ni siquiera de reojo.

lunes, 31 de agosto de 2015

Sin remitente (2º parte)

Es un lunes. La luz del sol no entra por la ventana y la brisa del viento no se cuela por la puerta. Hay catorce cartas sin remitente guardadas en un cajón, y Laureen siente que en cierto modo, su ilusión y su entusiasmo también se han quedado encerrados en ese cajón, sin ninguna oportunidad de poder salir. No puede expresar cómo se lo ha tomado por el simple hecho de que no se lo ha tomado de ninguna manera. Sigue dudando entre alegrarse o entristecerse. Le resulta todo demasiado extraño y entonces siente que ni es un pájaro, ni mucho menos está cantando ninguna melodía. ¿Qué será lo siguiente? ¿Recibirá más cartas? ¿Todo acabará ahí sin más? Lo único que no puede dejar de hacer es pensar en tantas preguntas que no tienen respuestas. Daniel. Es lo único que recuerda. Y si tuviera que arriesgar, arriesgaría diciendo que está segura de que es él. Antes no le preocupaban las cartas, antes sólo vivía al margen de la vida, siguiendo la línea que había bajo sus pies, fuese quien fuese quien la pintara. Nunca decidió salir de la línea y seguir otra que pintara ella misma, o simplemente no seguir ninguna y arriesgar. Nunca lo hizo. Pero ahora es diferente. Ahora siente que esa línea se ha borrado y que le toca afrontar un nuevo camino siendo todo lo valiente que nunca supo ser. Es el verdadero sentido de la vida y el que nunca se ha atrevido a aceptar. Pero vuelve a pensarlo, nunca es tarde. Se preparará para lo que tenga que pasar, y desea que Daniel la encuentre, por encima de todas las cosas, porque aunque le parezca una locura, cree que a los ocho años ya sentían el amor de una forma distinta, y ahora después de tantos años, quiere descubrir de qué forma era. Y quiere sentir con él el amor de todas las maneras humanamente posibles.

Baja a recoger el correo, y por primera vez en tres meses, no tiene miedo de lo que se vaya a encontrar, dibuja una línea bajo sus pies con sus propias manos y la sigue con paso firme. Mira al frente y piensa que sea lo que sea lo que se encuentre, será lo correcto. Porque el destino siempre hace lo correcto. Aunque a veces duela. Pero no encuentra ninguna carta. Ni siquiera un trozo de papel roto y en blanco. Ni si quiera una mota de polvo. No encuentra nada. Esta vez ha hablado el destino, no su corazón. Es lunes y no hay más cartas. Quizás todo se haya acabado. Quizás su más escondida sospecha de que todo ha sido sólo un sueño, sea cierta.

Pero cuando vuelve a mirar las cartas, cuando ve los dibujos, y cuando lee las palabras de la última, sabe que no ha sido ningún sueño. Alguien se las mandó. Alguien de verdad lo hizo. Y hay una razón, por remota que sea, tiene que haberla.

Pasan otros tres meses, y sigue sin aparecer ninguna otra. Empieza a pensar que sólo era una tontería, o tal vez una especie de juego, e intenta convencerse de que lo mejor es olvidarlo.

Pasan cuatro meses, pasan seis, siete, y hasta ocho. Nada. Y nada puede convertirse en todo cuando es lo esencial para ti. No logra convencerse de que lo mejor es olvidarlo. Faltan tres días para su cumpleaños. Y se lo toma como un reto. Tiene tres días para intentar comunicarse con Daniel. No es la más brillante de las ideas, pero por lo menos se atreve a hacerlo. Algo es mejor que nada. Coge el bolígrafo negro que le regaló su padre cuando empezó la carrera, coge un folio de su mesa de estudio, y empieza a escribir. En este caso, lo que no hay, es destinatario. Escribe todo lo que le gustaría volver a encontrarse con Daniel, y le pide, si es que lee la carta, que por favor la busque. Él es el único que tiene una dirección para poder hacerlo.

Es un lunes. Es el día de su cumpleaños. La luz del sol la felicita y el viento le regala una brisa muy agradable. Toma una decisión. Deja la carta en su mismo buzón, porque no tiene otro sitio donde dejarla para que él la encuentre. Sabe que es una locura y casi improbable, pero lo hace. La deja, se da la vuelta, y se dispone a volver a entrar en su casa. Pero cuando intenta andar, se da cuenta de que esta vez no hay ninguna línea bajo sus pies. Ni siquiera la que ella misma dibujó. Levanta la vista y contempla su casa. Pasan tres minutos y sigue de pie, sin ninguna línea que seguir, y contemplando que su casa no puede cambiar en tres minutos. Entonces de repente lo escucha. Escucha su buzón cerrándose. Se da la vuelta y ve que hay alguien al lado, leyendo una carta, que sorprendentemente es la que ella acababa de dejar.

Entonces se da cuenta de que sí había una línea dibujada bajo sus pies, sólo que no en la dirección que ella creía. La sigue y se da de bruces con unos ojos más negros que la mismísima oscuridad, y ya no tiene la necesidad de preguntarle si su nombre es Daniel. Porque ya sabe que la respuesta es sí, sólo el beso que se dan dos segundos más tarde, puede confirmárselo. Sólo la línea que él mismo ha dibujado en dirección a sus labios, puede asegurarle que hubiera cogido el camino que hubiera cogido, al final él siempre sería el destino.

domingo, 30 de agosto de 2015

Sin remitente (1º parte)

Es un lunes. La luz del sol entra por la ventana. La brisa del viento se cuela por la puerta. Fuera los pájaros cantan y los niños ríen. Dentro sólo se oye un mero eco de ésto. El olor a café inunda cada resquicio de la casa, y el atonador sonido de la alarma del reloj, indica que son las once de la mañana. Se levanta y un aire cálido choca con su cara. El cuadro que pintó su madre sigue en la misma pared y la ropa no se ha movido de los cajones. El agua de la ducha sale caliente, su pelo sigue teniendo su tono oscuro de siempre y sus ojos siguen siendo marrones. Su marca de nacimiento sigue ocupando la zona de su muñeca. Nada le dice a Laureen que algo en esa mañana esté fuera de lo común. Nada excepto la carta sin remitente que se encuentra en el buzón cuando sale al jardín para recoger el correo. Todo lo demás es propaganda y alguna que otra revista, lo tira todo a la basura y se queda con la carta en la mano. Por alguna razón que se desconoce, no le da demasiada importancia y decide guardarla en un cajón, para abrirla más tarde. A los minutos empieza con su rutina, desayuna, coge el coche, el cual sigue haciendo el mismo ruido de siempre al arrancarlo, y se va al trabajo. Allí parece que todo sí sigue igual que siempre, a excepción del aire acondicionado, que esta mañana está un poco más alto. Se sienta y empieza a revisar papeles, pronto se da cuenta de que ha pasado demasiadas horas de su vida en esa oficina, rodeada de empresarios y papeles por rellenar. Es entonces cuando echa marcha atrás y se sitúa en el día cuando aún era una niña. Siente cierta nostalgia por todos los muñecos de nieve sin terminar y todas las muñecas que se quedaron a medio vestir. Después se sitúa en su adolescencia, y se da las gracias a sí misma por no haber perdido el rumbo de su vida como casi todos los demás adolescentes. Se siente orgullosa porque su vida nunca fue dominada por el alcohol ni por el tabaco. Y se alegra de que siguiera estudiando, porque gracias a eso hoy puede estar cada mañana en la oficina, que aunque no sea el mejor lugar del mundo, es lo que le da casa y comida. Es extraño que se pare a pensar en todo ello, pero lo cierto es que lo ha hecho, y ahora rellena los papeles con un poco más de entusiasmo.

Nunca pensó en eso de casarse y tener hijos, y aunque tenga ya veintiún años sigue sin hacerlo. Se limita a trabajar y salir con sus amigos, y en su tiempo libre, canta. Decía que ella y su padre eran como dos pájaros uno al lado del otro cantando distintas melodías. Lo curioso es que empezó a cantar cuando su hermano murió en un accidente de coche. Pensaba que su voz subía hasta el cielo y él la escuchaba. Le dedicaba canciones y ese era su modo de comunicarse con él. Maldice al destino por haberle robado al único hermano que tenía, pero también le agradece que mantenga con vida a sus padres. Lo demás, sólo ella lo sabe.

Sale del trabajo y va a su casa, ve el cajón donde está la carta y lo abre. Se queda mirándola, pensando que tal vez se han equivocado al mandarla, o que quizás esté en blanco. No la abre pero no sabe si es por miedo, o porque realmente no le importa su contenido. La vuelve a guardar y cierra el cajón. Pasa una semana y se olvida de la carta, ni siquiera recuerda que la haya guardado en el cajón. Vuelve a salir al jardín para recoger el correo. Una carta de su madre, tres revistas, dos propagandas de unos restaurantes, y... Una carta sin remitente. Es un lunes. Pero a diferencia del lunes pasado, hoy el sol no se ve, unas oscuras nubes lo tapan, y pronto empieza a llover. Vuelve a abrir el cajón y guarda la carta. Se va al trabajo.

Y extrañamente, pasa otra semana sin leer las cartas, vuelve a ser lunes, y vuelve a recibir otra más. Y vuelve a guardarla en el cajón sin leerla. Es algo incoherente pero, en tres meses, ya tiene catorce cartas acumuladas en el cajón, todas ellas con fecha en un lunes, y todas ellas sin leer.

Curiosamente, un miércoles, vuelve a echar marcha atrás y vuelve a recordar cosas de su pasado, cada momento que pasó en esa casa junto a sus padres. Cada risa, cada llanto. Cada motivo para despertarse cada mañana. Se arrepiente de todo lo que nunca hizo. Y entonces piensa que debería ser un poco más valiente, y arriesgar más en su vida. Mira un cuadro con una foto de su familia que hay en su mesita de noche, y entonces lo ve. Debajo está el cajón. ¿Por qué no? Lo abre, saca las cartas, y las abre por orden. Nunca es tarde para empezar. Saca la primera de su sobre, y mira su contenido. No sabe si sonreír o preocuparse. Porque no son palabras lo que hay en la carta. Es un dibujo. Todas las cartas son dibujos; una niña de espaldas, una flor, un niño sonriendo, una mariposa, un campo, una casa, unos dedos entrelazados, una maleta, una carretera, un reloj, una nube que anuncia lluvia, un mapa, y extrañamente, un hombre escribiendo una carta. Trece dibujos en trece cartas. No entiende qué relación pueden tener los dibujos, y mucho menos qué tienen que ver con ella, pero cae en la cuenta de que le falta una carta por abrir, la abre pero para su sorpresa, en esta no hay ningún dibujo, hay palabras, que dicen: "Estabas de espaldas, te llevé una flor, me hiciste sonreír cuando señalaste a una mariposa que volaba en un campo. Viniste a mi casa, prometimos no olvidarnos nunca, hice la maleta y me viste marchar. Te he estado esperado todo este tiempo, entre lágrimas por no saber cómo eres ahora. He decidido buscarte, escribiendo estas cartas. Sólo quiero que me recuerdes".

No recuerda mucho de eso, pero cree recordar que su nombre es Daniel. Vagamente le viene a la mente el recuerdo de unos ojos negros y una sonrisa tan hermosa que le produce verdadera ternura. El corazón le pide a gritos reunirse con él, pero... ¿Cómo lo va a hacer si no tiene su dirección? Empieza a dudar de todo, porque es muy extraño que le mande dibujos en cartas sin remitente cada lunes en vez de mandarle una normal y corriente. No sabe por qué lo ha hecho así, y ahora sí empieza a tener miedo de verdad, porque el niño que una vez fue su amigo, hoy es un hombre desconocido que le manda cartas misteriosas.

viernes, 14 de agosto de 2015

Gracias a ti

He de decir que realmente llegaste a mi vida como si ya supieras que ibas a formar parte de ella, y he de decir, que yo, no sabía que te llegarías a convertir en ella. También he de decir que pude haber salido huyendo, pero es cierto que del amor no se puede huir. Al final me alcanzó, me alcanzaste, y caí, como una tonta, o tal vez como una ingenua. La verdad es que debí haber sido un poco más inteligente y precavida, pero me cegué queriendo, rechazando la oportunidad de ver quién eras en realidad y cuáles eran tus verdaderas intenciones. No pude evitarlo, tú no me dejaste escapar, y al final, me enamoré de ti hasta lo más hondo, hasta ese sitio donde ni siquiera yo misma jamás había podido llegar. Tengo que admitir que por las mañanas, tú eras mi mejor desayuno, reemplazando a las tostadas con café. Tengo que admitir que eras mejor que la Coca-Cola para eso de quitarme el sueño por las noches. Y tengo que confesar, que mi mejor pasatiempo era mirar tus fotos e imaginar una vida juntos que sin embargo, sabía que nunca existiría. Me llegaste a volver tan loca, que te puse por delante de todo, por delante de todos, y me permití hacer daño a muchas personas por estar contigo, personas que sí me querían de verdad, a diferencia de ti. Por ti hice cosas que jamás pensé que haría por nadie. Llegué a sentirme realmente tuya. Te llegué a sentir realmente mío. Llegué a sentir ese vínculo perfecto, pero nada más sentirlo, se esfumó para no volver jamás.

Hoy le doy gracias al destino por haberme separado de ti, porque he encontrado la verdadera felicidad, y no precisamente a tu lado. Te doy las gracias a ti por echarme de tu vida, porque me has dado la oportunidad de entrar en la vida de alguien mucho mejor, mucho más hombre que tú. Ahora sé que realmente lo bueno se hace esperar, y que vale la pena esperar por lo que vale la pena tener. He sido capaz de superar mis propios miedos y de seguir adelante con un amor que me mataba por dentro, y gracias a todas esas veces que me hiciste llorar, y que me hiciste sentir lo peor del mundo, ese amor me fue dejando en paz, hasta que se olvidó de mí. Gracias a todo lo que me hiciste, empecé desde cero, empecé rota, y destruida por dentro, y la mejor parte fue cuando me abrazaron tan fuerte que todas mis partes rotas se unieron de nuevo, llevándome otra vez al punto más alto de la ilusión, al igual que hiciste tú, pero esta vez no para luego desilusionarme, esta vez, para mantenerme ahí. Por eso te estaré eternamente agradecida, porque gracias a ti, y sólo a ti, he descubierto que a lo mejor no soy bonita, pero sí soy lo suficientemente inteligente como para darme cuenta de lo que valgo.