martes, 6 de octubre de 2015

El cajón de mis recuerdos

Escribo esto a última hora. Siempre con el tiempo justo. Volví a abrir el cajón. Y volví a encontrarme de frente con todos nuestros recuerdos, ya más negros que blancos. Aunque aún conservaban cierta mezcla entre ambos. Mis lágrimas bañaron tu rostro en aquella noche oscura, el cual se volvió aún más borroso. Y mis lágrimas se volvieron aún más espesas. Y los recuerdos aún más negros. Y mi tristeza más nítida. Y en ese mismo instante, me atrevo a decirte; te amé algo más de lo habitual.

Este libro

No pude evitar volverme a involucrar en el proceso de recordar. Volví a abrir mi libro y releí todas las páginas de las cuales tú eres el autor. No puedo negarte que siguen siendo mis favoritas. Fui la protagonista en el final, y eso es justo lo que me hace entristecer tanto. Me encantaría escribir una segunda parte, pero jamás la leerías, pues tienes este libro guardado lo más al fondo posible. Ignorando por completo el lugar que ocupa. Olvidando totalmente su presencia. Ya nada me hace pensar que tú también volverás a releer estas páginas. Ni siquiera que sin ti este libro siga teniendo tan sólo algo de sentido.

viernes, 25 de septiembre de 2015

La llave

Cuatro años estuve buscando la llave maestra de la puerta mágica. Cuatro años estuve probando con una y con otra, sin obtener resultados algunos. Algunas llaves ya sabía que no eran, pero aún así lo intentaba. Las pocas que creía que sí lo eran, al final resultaron ser copias falsas. Me puse varios disfraces, creyendo que cada disfraz era mi verdadera personalidad. Me puse muchas máscaras, ocultando mi cara por miedo, o en algunos casos, por verguenza. Tomé varias veces el camino equivocado confiando en que más adelante habría un cambio de sentido; nunca lo encontraba y me perdía. Me aferré a cosas que me hacían mal y me alejé de las que me hacían bien. Reí cuando tenía que llorar y lloré cuando tenía que reír. Lo cierto es que lo hacía todo a mi modo; al revés. Era un poco egoísta y solía ver la belleza en cosas que no merecían la pena. Poco a poco fui cambiando mi manera de buscar la llave. Empecé a pensar antes de actuar. Empecé a ir por el buen camino sin pisar antes el malo por mera curiosidad. Alcancé unos horizontes que siempre creí fuera de mi alcance. Me quité los disfraces y las máscaras y me mostré tal como era, tal como soy. Sabía cuándo llorar y cuándo reír, cuándo luchar y cuándo tirar la toalla; nunca. Empecé a arriesgar por las cosas que verdaderamente me importaban. Y así un día, encontré la llave, la de verdad, la que me ha abierto la puerta cuatro años después. Ahora he podido pasar dentro y ser yo misma, la que siempre he querido ser. He cerrado la puerta y no pienso volver a salir ahí fuera. Ahora, soy más resistente, más fuerte y más yo que nunca.

P.D: para ti nunca está de más un te quiero

Hola, quería decirte gracias, lo siento, te quiero. Quería decirte tantas cosas que no sé por dónde empezar, quería decirte miles de cosas y millones de cosas que me falta tiempo para poderte contar. Debo confesarte con estas ahogadas palabras que ayer noche cambié las ganas de dormir por la ansia de regresar al pasado, no fue nada fácil para mí recordar tantos de mis más dolorosos y sufridos momentos. Pero de repente, entorné mis ojos hacia el fondo, y allí, enfrascado en un pequeño recuerdo, estabas tú. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que junto a ti pasé los mejores momentos de mi vida, siendo capaz de permanecer horas abrazada a tu espalda, y con todo el pesar de mi alma, debo admitir que eché a llorar. Es aquí cuando salgo de mis recuerdos, y me dispongo a hablar. Quería pedirte perdón por no haber sido perfecta, por no haber sido quien tú querías que fuera y por haber dejado en parte ilusiones rotas en tu corazón. Sé que contigo tuve los mayores errores de mi vida, pero quería decirte que hacerte daño no fue nunca mi intención. Te quise como no quise a nadie más y ahora puedo confirmarlo porque de entre todos, siempre has sido tú, y por eso, al final, vuelvo otra vez a ti. Quería decirte, que no volví porque tú no volviste, porque he de admitir que eso del orgullo siempre me ha llevado ventaja, o por lo menos, hasta el día de hoy. Quería decirte que sé que tonta se queda corto, porque la mayor estupidez que he hecho en toda mi vida, fue dejarte ir. Quería decirte que te amaba y que arrancarte de mi corazón aún hoy para mí es imposible. Quería decirte que para ti tal vez ya sea agua pasada, que ni te acuerdes de que existo, pero que yo aquí para ti aún sigo. Quería decirte que a lo mejor ya no seré lo que fui para ti una vez, pero que puedes contar conmigo. Sé que son palabras, y que como a todas, cualquier viento se las lleva. Por eso, léelas antes de que desaparezcan, porque cuando lo hagan, ya no me quedarán motivos a los que aferrarme para poder demostrarte nada.
Y, ¿Sabes una cosa? Quería decirte que si a pesar de todo tú fuiste un error, yo sin duda alguna, volvería a equivocarme.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Enamorados

Tú me guiaste hacia los prados más verdes,
y en ese verde de tus ojos yo me perdí,
no me importaba en absoluto perderme, sino perderte
porque deseaba que fuesen tus ojos mi lugar para vivir.

Con las manos entrelazadas y al borde del amor,
con un beso robado me robaste el corazón,
y en ese mismo momento lo único que hubiera deseado,
hubiese sido mantenerte toda la vida a mi lado.

No habría persona más pobre en el mundo,
que una persona que no te tuviera a ti.
No son mis ganas de amarte, ni mis ganas de quererte,
es mi ansia de ti.

Yo te guié hacia los lugares más iluminados,
no más iluminados que cuando llegaste tú,
y allí enamorados y junto a tu luz,
me volví a enamorar sin pensarlo demasiado. 

Sin miedo

El miedo me miró de frente. Y debo decir que durante muchos años evité su mirada, privándome del placer de poder mirarle yo también. Estuve evitando su mirada demasiado tiempo, más del que cualquier ser humano podría imaginarse. Me hice mucho daño, cada vez que desviaba mi mirada al suelo, el miedo me hacía una herida. Y yo, con la cabeza gacha, entregándome al resentimiento y esquivando la valentía, me la tapaba con una pequeña y barata tirita. El miedo me perseguía a cada momento, me obligaba a renunciar a todas esas cosas por las que tenía que luchar y poner de mi parte para conseguirlas. Me decía siempre "no" y se guardaba los "sí" para él mismo. Me ponía su mano delante para evitar que siguiera andando, en vez de para ayudarme a continuar el camino. Ponía piedras en él en vez de quitarlas. Me arrebataba la felicidad y la posibilidad de crecer como persona. Me hacía olvidar cuáles eran mis verdaderas metas y mis verdaderos deseos. Me tenía completamente ciega y a su disposición.
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Pero un día las cosas cambiaron. Crecí, abrí los ojos, y dirigí mi mirada hacia él. Conseguí quitarme todas las tiritas, la sangre se secó, mis heridas se curaron. Empecé a luchar por las cosas que quería y seguí mi camino apartando las piedras que el miedo puso. Recuperé la felicidad y cada día, crecía un poco más. Llegué a mis verdaderas metas e hice lo imposible para que mis deseos se cumplieran. Hoy tengo el coraje de decir que soy valiente, y que el miedo, hoy pasa por mi lado sin atreverse a mirarme ni siquiera de reojo.

lunes, 31 de agosto de 2015

Sin remitente (2º parte)

Es un lunes. La luz del sol no entra por la ventana y la brisa del viento no se cuela por la puerta. Hay catorce cartas sin remitente guardadas en un cajón, y Laureen siente que en cierto modo, su ilusión y su entusiasmo también se han quedado encerrados en ese cajón, sin ninguna oportunidad de poder salir. No puede expresar cómo se lo ha tomado por el simple hecho de que no se lo ha tomado de ninguna manera. Sigue dudando entre alegrarse o entristecerse. Le resulta todo demasiado extraño y entonces siente que ni es un pájaro, ni mucho menos está cantando ninguna melodía. ¿Qué será lo siguiente? ¿Recibirá más cartas? ¿Todo acabará ahí sin más? Lo único que no puede dejar de hacer es pensar en tantas preguntas que no tienen respuestas. Daniel. Es lo único que recuerda. Y si tuviera que arriesgar, arriesgaría diciendo que está segura de que es él. Antes no le preocupaban las cartas, antes sólo vivía al margen de la vida, siguiendo la línea que había bajo sus pies, fuese quien fuese quien la pintara. Nunca decidió salir de la línea y seguir otra que pintara ella misma, o simplemente no seguir ninguna y arriesgar. Nunca lo hizo. Pero ahora es diferente. Ahora siente que esa línea se ha borrado y que le toca afrontar un nuevo camino siendo todo lo valiente que nunca supo ser. Es el verdadero sentido de la vida y el que nunca se ha atrevido a aceptar. Pero vuelve a pensarlo, nunca es tarde. Se preparará para lo que tenga que pasar, y desea que Daniel la encuentre, por encima de todas las cosas, porque aunque le parezca una locura, cree que a los ocho años ya sentían el amor de una forma distinta, y ahora después de tantos años, quiere descubrir de qué forma era. Y quiere sentir con él el amor de todas las maneras humanamente posibles.

Baja a recoger el correo, y por primera vez en tres meses, no tiene miedo de lo que se vaya a encontrar, dibuja una línea bajo sus pies con sus propias manos y la sigue con paso firme. Mira al frente y piensa que sea lo que sea lo que se encuentre, será lo correcto. Porque el destino siempre hace lo correcto. Aunque a veces duela. Pero no encuentra ninguna carta. Ni siquiera un trozo de papel roto y en blanco. Ni si quiera una mota de polvo. No encuentra nada. Esta vez ha hablado el destino, no su corazón. Es lunes y no hay más cartas. Quizás todo se haya acabado. Quizás su más escondida sospecha de que todo ha sido sólo un sueño, sea cierta.

Pero cuando vuelve a mirar las cartas, cuando ve los dibujos, y cuando lee las palabras de la última, sabe que no ha sido ningún sueño. Alguien se las mandó. Alguien de verdad lo hizo. Y hay una razón, por remota que sea, tiene que haberla.

Pasan otros tres meses, y sigue sin aparecer ninguna otra. Empieza a pensar que sólo era una tontería, o tal vez una especie de juego, e intenta convencerse de que lo mejor es olvidarlo.

Pasan cuatro meses, pasan seis, siete, y hasta ocho. Nada. Y nada puede convertirse en todo cuando es lo esencial para ti. No logra convencerse de que lo mejor es olvidarlo. Faltan tres días para su cumpleaños. Y se lo toma como un reto. Tiene tres días para intentar comunicarse con Daniel. No es la más brillante de las ideas, pero por lo menos se atreve a hacerlo. Algo es mejor que nada. Coge el bolígrafo negro que le regaló su padre cuando empezó la carrera, coge un folio de su mesa de estudio, y empieza a escribir. En este caso, lo que no hay, es destinatario. Escribe todo lo que le gustaría volver a encontrarse con Daniel, y le pide, si es que lee la carta, que por favor la busque. Él es el único que tiene una dirección para poder hacerlo.

Es un lunes. Es el día de su cumpleaños. La luz del sol la felicita y el viento le regala una brisa muy agradable. Toma una decisión. Deja la carta en su mismo buzón, porque no tiene otro sitio donde dejarla para que él la encuentre. Sabe que es una locura y casi improbable, pero lo hace. La deja, se da la vuelta, y se dispone a volver a entrar en su casa. Pero cuando intenta andar, se da cuenta de que esta vez no hay ninguna línea bajo sus pies. Ni siquiera la que ella misma dibujó. Levanta la vista y contempla su casa. Pasan tres minutos y sigue de pie, sin ninguna línea que seguir, y contemplando que su casa no puede cambiar en tres minutos. Entonces de repente lo escucha. Escucha su buzón cerrándose. Se da la vuelta y ve que hay alguien al lado, leyendo una carta, que sorprendentemente es la que ella acababa de dejar.

Entonces se da cuenta de que sí había una línea dibujada bajo sus pies, sólo que no en la dirección que ella creía. La sigue y se da de bruces con unos ojos más negros que la mismísima oscuridad, y ya no tiene la necesidad de preguntarle si su nombre es Daniel. Porque ya sabe que la respuesta es sí, sólo el beso que se dan dos segundos más tarde, puede confirmárselo. Sólo la línea que él mismo ha dibujado en dirección a sus labios, puede asegurarle que hubiera cogido el camino que hubiera cogido, al final él siempre sería el destino.

domingo, 30 de agosto de 2015

Sin remitente (1º parte)

Es un lunes. La luz del sol entra por la ventana. La brisa del viento se cuela por la puerta. Fuera los pájaros cantan y los niños ríen. Dentro sólo se oye un mero eco de ésto. El olor a café inunda cada resquicio de la casa, y el atonador sonido de la alarma del reloj, indica que son las once de la mañana. Se levanta y un aire cálido choca con su cara. El cuadro que pintó su madre sigue en la misma pared y la ropa no se ha movido de los cajones. El agua de la ducha sale caliente, su pelo sigue teniendo su tono oscuro de siempre y sus ojos siguen siendo marrones. Su marca de nacimiento sigue ocupando la zona de su muñeca. Nada le dice a Laureen que algo en esa mañana esté fuera de lo común. Nada excepto la carta sin remitente que se encuentra en el buzón cuando sale al jardín para recoger el correo. Todo lo demás es propaganda y alguna que otra revista, lo tira todo a la basura y se queda con la carta en la mano. Por alguna razón que se desconoce, no le da demasiada importancia y decide guardarla en un cajón, para abrirla más tarde. A los minutos empieza con su rutina, desayuna, coge el coche, el cual sigue haciendo el mismo ruido de siempre al arrancarlo, y se va al trabajo. Allí parece que todo sí sigue igual que siempre, a excepción del aire acondicionado, que esta mañana está un poco más alto. Se sienta y empieza a revisar papeles, pronto se da cuenta de que ha pasado demasiadas horas de su vida en esa oficina, rodeada de empresarios y papeles por rellenar. Es entonces cuando echa marcha atrás y se sitúa en el día cuando aún era una niña. Siente cierta nostalgia por todos los muñecos de nieve sin terminar y todas las muñecas que se quedaron a medio vestir. Después se sitúa en su adolescencia, y se da las gracias a sí misma por no haber perdido el rumbo de su vida como casi todos los demás adolescentes. Se siente orgullosa porque su vida nunca fue dominada por el alcohol ni por el tabaco. Y se alegra de que siguiera estudiando, porque gracias a eso hoy puede estar cada mañana en la oficina, que aunque no sea el mejor lugar del mundo, es lo que le da casa y comida. Es extraño que se pare a pensar en todo ello, pero lo cierto es que lo ha hecho, y ahora rellena los papeles con un poco más de entusiasmo.

Nunca pensó en eso de casarse y tener hijos, y aunque tenga ya veintiún años sigue sin hacerlo. Se limita a trabajar y salir con sus amigos, y en su tiempo libre, canta. Decía que ella y su padre eran como dos pájaros uno al lado del otro cantando distintas melodías. Lo curioso es que empezó a cantar cuando su hermano murió en un accidente de coche. Pensaba que su voz subía hasta el cielo y él la escuchaba. Le dedicaba canciones y ese era su modo de comunicarse con él. Maldice al destino por haberle robado al único hermano que tenía, pero también le agradece que mantenga con vida a sus padres. Lo demás, sólo ella lo sabe.

Sale del trabajo y va a su casa, ve el cajón donde está la carta y lo abre. Se queda mirándola, pensando que tal vez se han equivocado al mandarla, o que quizás esté en blanco. No la abre pero no sabe si es por miedo, o porque realmente no le importa su contenido. La vuelve a guardar y cierra el cajón. Pasa una semana y se olvida de la carta, ni siquiera recuerda que la haya guardado en el cajón. Vuelve a salir al jardín para recoger el correo. Una carta de su madre, tres revistas, dos propagandas de unos restaurantes, y... Una carta sin remitente. Es un lunes. Pero a diferencia del lunes pasado, hoy el sol no se ve, unas oscuras nubes lo tapan, y pronto empieza a llover. Vuelve a abrir el cajón y guarda la carta. Se va al trabajo.

Y extrañamente, pasa otra semana sin leer las cartas, vuelve a ser lunes, y vuelve a recibir otra más. Y vuelve a guardarla en el cajón sin leerla. Es algo incoherente pero, en tres meses, ya tiene catorce cartas acumuladas en el cajón, todas ellas con fecha en un lunes, y todas ellas sin leer.

Curiosamente, un miércoles, vuelve a echar marcha atrás y vuelve a recordar cosas de su pasado, cada momento que pasó en esa casa junto a sus padres. Cada risa, cada llanto. Cada motivo para despertarse cada mañana. Se arrepiente de todo lo que nunca hizo. Y entonces piensa que debería ser un poco más valiente, y arriesgar más en su vida. Mira un cuadro con una foto de su familia que hay en su mesita de noche, y entonces lo ve. Debajo está el cajón. ¿Por qué no? Lo abre, saca las cartas, y las abre por orden. Nunca es tarde para empezar. Saca la primera de su sobre, y mira su contenido. No sabe si sonreír o preocuparse. Porque no son palabras lo que hay en la carta. Es un dibujo. Todas las cartas son dibujos; una niña de espaldas, una flor, un niño sonriendo, una mariposa, un campo, una casa, unos dedos entrelazados, una maleta, una carretera, un reloj, una nube que anuncia lluvia, un mapa, y extrañamente, un hombre escribiendo una carta. Trece dibujos en trece cartas. No entiende qué relación pueden tener los dibujos, y mucho menos qué tienen que ver con ella, pero cae en la cuenta de que le falta una carta por abrir, la abre pero para su sorpresa, en esta no hay ningún dibujo, hay palabras, que dicen: "Estabas de espaldas, te llevé una flor, me hiciste sonreír cuando señalaste a una mariposa que volaba en un campo. Viniste a mi casa, prometimos no olvidarnos nunca, hice la maleta y me viste marchar. Te he estado esperado todo este tiempo, entre lágrimas por no saber cómo eres ahora. He decidido buscarte, escribiendo estas cartas. Sólo quiero que me recuerdes".

No recuerda mucho de eso, pero cree recordar que su nombre es Daniel. Vagamente le viene a la mente el recuerdo de unos ojos negros y una sonrisa tan hermosa que le produce verdadera ternura. El corazón le pide a gritos reunirse con él, pero... ¿Cómo lo va a hacer si no tiene su dirección? Empieza a dudar de todo, porque es muy extraño que le mande dibujos en cartas sin remitente cada lunes en vez de mandarle una normal y corriente. No sabe por qué lo ha hecho así, y ahora sí empieza a tener miedo de verdad, porque el niño que una vez fue su amigo, hoy es un hombre desconocido que le manda cartas misteriosas.

viernes, 14 de agosto de 2015

Gracias a ti

He de decir que realmente llegaste a mi vida como si ya supieras que ibas a formar parte de ella, y he de decir, que yo, no sabía que te llegarías a convertir en ella. También he de decir que pude haber salido huyendo, pero es cierto que del amor no se puede huir. Al final me alcanzó, me alcanzaste, y caí, como una tonta, o tal vez como una ingenua. La verdad es que debí haber sido un poco más inteligente y precavida, pero me cegué queriendo, rechazando la oportunidad de ver quién eras en realidad y cuáles eran tus verdaderas intenciones. No pude evitarlo, tú no me dejaste escapar, y al final, me enamoré de ti hasta lo más hondo, hasta ese sitio donde ni siquiera yo misma jamás había podido llegar. Tengo que admitir que por las mañanas, tú eras mi mejor desayuno, reemplazando a las tostadas con café. Tengo que admitir que eras mejor que la Coca-Cola para eso de quitarme el sueño por las noches. Y tengo que confesar, que mi mejor pasatiempo era mirar tus fotos e imaginar una vida juntos que sin embargo, sabía que nunca existiría. Me llegaste a volver tan loca, que te puse por delante de todo, por delante de todos, y me permití hacer daño a muchas personas por estar contigo, personas que sí me querían de verdad, a diferencia de ti. Por ti hice cosas que jamás pensé que haría por nadie. Llegué a sentirme realmente tuya. Te llegué a sentir realmente mío. Llegué a sentir ese vínculo perfecto, pero nada más sentirlo, se esfumó para no volver jamás.

Hoy le doy gracias al destino por haberme separado de ti, porque he encontrado la verdadera felicidad, y no precisamente a tu lado. Te doy las gracias a ti por echarme de tu vida, porque me has dado la oportunidad de entrar en la vida de alguien mucho mejor, mucho más hombre que tú. Ahora sé que realmente lo bueno se hace esperar, y que vale la pena esperar por lo que vale la pena tener. He sido capaz de superar mis propios miedos y de seguir adelante con un amor que me mataba por dentro, y gracias a todas esas veces que me hiciste llorar, y que me hiciste sentir lo peor del mundo, ese amor me fue dejando en paz, hasta que se olvidó de mí. Gracias a todo lo que me hiciste, empecé desde cero, empecé rota, y destruida por dentro, y la mejor parte fue cuando me abrazaron tan fuerte que todas mis partes rotas se unieron de nuevo, llevándome otra vez al punto más alto de la ilusión, al igual que hiciste tú, pero esta vez no para luego desilusionarme, esta vez, para mantenerme ahí. Por eso te estaré eternamente agradecida, porque gracias a ti, y sólo a ti, he descubierto que a lo mejor no soy bonita, pero sí soy lo suficientemente inteligente como para darme cuenta de lo que valgo.

miércoles, 29 de julio de 2015

Cuando era pequeña

Cuando era pequeña solía creer que en el armario habitaban los monstruos, que cuando lo abriera iban a aparecer asustándome con sus espantosos dientes y sus zarpas puntiagudas. Solía creer que existía ese lugar tan bonito coloreado del verde de las plantas donde habitaban las hadas más hermosas. Solía creer que algún día Peter Pan abriría la ventana de mi cuarto para llevarme al país de Nunca Jamás. Solía creer que alguna vez mi hada madrina también me regalaría un precioso vestido con el que iría a las más lujosas de las fiestas. Solía creer que yo también conocería algún día a siete enanitos muy amables que serían mis amigos. Cuando era pequeña soñaba con tener una manta voladora con la que ir a todos los sitios que quisiera, de hecho la pedía en algún que otro cumpleaños. Recuerdo que cuando iba al parque observaba con atención a mi alrededor por si aparecía algún conejo blanco con un reloj en la mano. Como nunca aparecía, buscaba en todos los árboles un hueco por el que poder tirarme para luchar contra la Reina Roja, pero nunca había ninguno. A veces iba a la playa y me ponía a nadar como una sirena, pensando que a lo mejor así me convertiría en una de ellas, para poder llegar a lo más hondo del océano y hacerme amiga de un divertido cangrejo. A veces creía a mi madre cuando me decía que era una princesa, y a veces me encantaba ponerme coronas.
Cuando era pequeña, solía soñar que mordía una manzana envenenada, o tal vez que me pinchaba con una aguja hechizada, y que luego el valiente y hermoso beso de un príncipe me despertaba. Solía creer que los príncipes azules existían y que alguna vez alguno de ellos me subiría a su precioso caballo. Me hice mayor, me desperté del sueño, y dejé de creer en las cosas que aún sigo esperando sabiendo que nunca van a pasar. 

sábado, 25 de julio de 2015

Palabras de una incomprendida

No quiero divertirme, no quiero experimentar, no quiero ser igual a los demás, no quiero hacer cosas que se suponen que son las que se hacen a mi edad, no quiero destacar y llevarme todos los aplausos del público, no quiero ser la mejor por tener una cara bonita y un cerebro hueco, no quiero ser la princesa de un príncipe azul ni vivir en el castillo más bonito del mundo, no quiero ser el hada de ningún cuento feliz, no quiero desfilar en las mejores pasarelas y que todas las miradas masculinas se dirijan hacia mis curvas. No quiero tener muchos chicos a mis pies, quiero tener un hombre a mi altura, quiero querer a alguien y que alguien me quiera, de verdad. No quiero que todo se resuma en un juego y que gane el que mejor mienta, quiero que se resuma en un juego en el que ambas partes ganen por decir la verdad, por el amor que realmente existe. Quiero querer de verdad y quiero sentirme igual de querida. Quiero tomarme las cosas en serio y quiero estar al lado de alguien toda la vida. Quiero arriesgar por alguien y que alguien arriesgue por mí. Quiero darlo todo y que me lo devuelvan. Quiero que alguien me entienda con sólo mirarme, que una mirada reemplace las mil palabras que nos queramos decir. Quiero coger a alguien de la mano para que tire de mí hasta llevarme a algún lugar donde estas palabras tengan tan sólo algo de sentido. Quiero ser yo misma y que me quieran por eso, no por quien aparento ser o por quien dicen que soy. Quiero significar algo de verdad en la vida de alguien. No quiero el desayuno en la cama cada mañana, no quiero un ramo de flores ni una cena romántica cada noche, no quiero velas que se apaguen al rozarle el viento, no quiero tener con alguien un breve cuento para después leerlo mil veces. No quiero palabras bonitas ni regalos materiales. Quiero hechos, quiero besos, quiero abrazos, quiero miradas, quiero gestos, quiero caricias, quiero una historia, una historia que a diferencia de las demás, no tenga final. Quiero algo de verdad y no algo fingido. Quiero descubrir el verdadero significado del amor, y quiero la versión original.

miércoles, 22 de julio de 2015

A un desconocido

Hubo una vez en la que decidí complicarme la vida por amor. Una vez en la que fui yo la que decidió meterse en el lío de enamorarse. Nadie me pidió que lo hiciera, el sentimiento no vino sin ser llamado como siempre, yo lo llamé, yo lo busqué, yo sola fui la que quise complicarme la vida enamorándome de un desconocido, y la verdad, no me arrepiento, porque hoy es un capítulo más en el libro de mi vida.
No lo conocía, no sabía nada de su vida, ni siquiera su nombre completo, pero había algo en él que nunca supe que era, pero que me hizo jugármela por él. Había algo que me unía a él más que a nadie, como si ese algo fuera un imán y nosotros fuéramos los polos opuestos. Él norte, yo sur.
La verdad es que me dio igual no conocerle, me daba igual cualquier cosa que pudiera convencerme de no enamorarme de él, me daba igual todo porque por él lo arriesgaba todo, así porque sí, sin ninguna explicación. Simplemente me arriesgaba y me la jugaba por él.
Creo que lo que tuvo que ver para que me volviera loca por él fue que lo que no consiguieron mis amigos hacer conmigo en meses, él lo consiguió en dos días. Era demasiado para mí. Era mi apoyo y a la vez mi perdición. Me llenaba de dudas y a la vez me hacía mantenerme firme en mi decisión de arriesgarme por él. Sabía lo que me jugaba, sabía lo que podía perder, pero también lo que podía ganar, y fueran cuales fueran las oportunidades de ambas cosas, yo me arriesgué.
Lo cierto es que no quería darle el capricho al destino de no intentarlo por lo menos, quería ser valiente, no quería darle ese capricho a la vida de acobardarme ante ella.
Decidí abrirme a lo que pudiera pasar, a quien pudiera aparecer en mi vida. Me pasó él, él apareció en mi vida.
Admito que estaba loca, por arriesgarlo todo por alguien que no conocía, pero era él quien me volvía loca, y si yo estaba loca, quería que él también lo estuviera, para poder hacer locuras juntos. Y eso hice, todo lo posible para intentarlo.
Sin saber cuál era en realidad su intención, ni qué era lo que de verdad quería de mí, pero lo hice. No quería casarme con él pero tampoco quería que no pasara nada entre nosotros y perderle así sin más. Quería intentarlo, de verdad quería arriesgarme. Y fue por eso que le dije que le quería, y no sé por qué fue, pero él también me lo dijo.
Me preocupé porque pensé que lo que sentía por él superaba sus límites, él ya superó los míos, me superó a mí, y me pudo, realmente me pudo, y por eso ya no me importaba sobrepasarlo todo por estar con él.
Y si ese día, en ese instante, no me hubiera vuelto loca como para arriesgarme así, ahora no podría recordarlo con una sonrisa en los labios.
¿Mi consejo? Atrévete a soñar. Atrévete a intentarlo. Arriesga por amor, aunque sea un desconocido o sólo lo conozcas de un día. Sólo así podrás conseguirlo. Y créeme, luego merece la pena, porque, apareció él y todas las canciones de amor tuvieron sentido.