domingo, 20 de marzo de 2016

El calcetín rojo

El verde de las hojas que lo sostenían resaltaba su color rojo. La altura del árbol en el que se hallaba le hacía parecer importante. Su impecable belleza hacía temblar, le hacía carecer de imperfecciones. Su intachable textura hacía soñar hasta mil sueños. Pero eso ocurría sólo si te fijabas en él, como yo lo hacía. Ante los ojos de las personas corrientes era sólo un corriente calcetín rojo, uno más entre tantos de Navidad. Ni el blanco de sus estrellas hacía llamar la atención, ni los regalos que dentro se hacían su lugar podían hacer nada por cambiarlo. Nadie más daba fe en que aquel era un calcetín especial, y no era menos de esperar que yo no dejara de hacerlo.

Ese calcetín rojo era testigo de los episodios que daban comienzo en mi salón, y terminaban mucho más allá de nuestros corazones, y tal vez, puede que de nuestra esencia. Nos veía reír de alegría, nos escuchaba llorar de emoción. Ante su presencia nos regalábamos besos y abrazos, compartíamos el amor de familia que ya pocos hoy conservan. Estuvo ahí cuando la moneda mostraba su cara buena, para brindarnos la armonía de la unión, del amor incondicional.

Pero sin quererlo, o tal vez sin pensarlo, un día, le hicimos su gran hueco en el cajón. Ese día, cuando irremediablemente nuestra vieja moneda mostró su cruz mala, cuando "familia" era el último término con el que se podría designarnos.

Hoy lleva diez años en ese cajón, abandonado, sin más aspiración que ser un rehén de la temible oscuridad. Y es cierto que no es más que un calcetín, pero nunca nadie recordó que es tu calcetín, abuelo. Nunca, nadie ha hecho el intento de no olvidar que fuiste tú quien lo puso en la copa del árbol, justo antes de emprender tu largo y duro viaje. Un pequeño detalle tan importante, del que jamás nadie fue consciente.

Y me llamaban pequeña hace diez años, y me suelen llaman pequeña. He sido la única persona que ha cambiado el sentido del calcetín. No me hacen sentir pequeña, me hacen ser grande a su lado.

Porque no puedo hacer grandes cosas, porque no tengo miles de kilómetros de carretera para correr hasta alcanzarte, porque no tengo la capacidad de volar, pues no tengo la gran suerte de poseer alas que me lleven hasta ti. Pero tengo el valor y la fuerza para conservar el calcetín rojo, en los resquicios de mi memoria, como algo más que un simple calcetín de una Navidad olvidada.


                              Las grandes cosas también son los pequeños detalles,
                              aquellos protagonistas de la gran importancia.

lunes, 4 de enero de 2016

Los ojos de Eva

Hubo una vez en la que seguramente creí ver a una flor sonreír. Hubo un tiempo en el que el sol brillaba radiante de pura felicidad. Al menos así ocurría en mi pequeño mundo de cristal. Los días se me antojaban un tanto alegres, y las noches, más avivadas de lo habitual. Mi corazón estaba forjado de un incalculable entusiasmo, y mi alma se regocijaba en la más solemne compañía de aquella bonita chica a la que yo consideraba mi razón de vida. Pero un día, aquel secreto manchó de sangre nuestras manos, y en mi mundo, comenzó a llover para nunca cesar. 


He estado viviendo mucho tiempo sin pensar en ello, sin recordar un sólo ápice de mi pasado. Me obligué a mí mismo a hacerlo durante muchos años, y me he seguido obligando otros muchos más. Pero hoy, irremediablemente, los ojos de Eva me han vuelto a mirar desde algún lugar irreconocible, al igual que hace cincuenta y nueve años.

Dicen que todos tenemos una historia escondida que arrastra nuestro pasado. En estas páginas, me remonto a la Barcelona de 1957 para contaros la mía.




Por aquel entonces, yo era un joven de apenas dieciséis años de vida. Pertenecía a una familia adinerada, pero lo cierto es que detestaba vivir rodeado de innumerables lujos, a diferencia de mis padres, que gozaban cada día más de nuestra inmejorable situación económica. Vivíamos en una imponente casa en el centro del barrio de Sarriá. El techo amenazaba con rozar el cielo y la fachada cubría el entorno de un ambiente frío y tenebroso. Las enredaderas descansaban en ella y la teñían de un verde mojado algo difícil de descifrar. Yo estudiaba en un colegio tres calles más abajo. A pesar de mi alto nivel académico y la gran cantidad de dinero que poseía, la única felicidad a la que realmente aspiraba, era ver a ese ángel cada día a la vuelta de las clases en la calle más cercana de mi casa.

Realmente ella no era un ángel, pero yo juraría que su anatomía era la misma. Sus grandes ojos azules reflejaban una vitalidad totalmente inalcanzable y en sus labios se podía leer todo un mar de belleza. Su pelo se confundía con el oro. Era alta y siempre caminaba con paso firme, decidida. Ella nunca me veía, y si lo hacía, siempre se las arreglaba para que yo nunca me diese cuenta. Si en esos días me hubiesen preguntado cuál era el sueño de mi vida, yo hubiese respondido que saber cuál era su nombre. 


Pasaba mis días sumergido en las páginas de mis libros, dejándome llevar irremediablemente por las palabras que allí permanecían escritas. Realmente vivía sólo para ellos. Pero por azar o tal vez por capricho del destino, un día las cosas se decidieron a cambiar. Mis pasos me dirigieron hasta mi ángel y mi voz le habló. Pronto una amistad empezó a unirnos fuertemente.


Su nombre era Eva Riquer y su voz se confundía con la de un verdadero ángel. Tenía dieciséis años. Era de familia pobre y vivía en una pequeña casa más allá del barrio de Sarriá. Estudiaba en un colegio cerca del mío y pronto descubrí que teníamos algo muy importante en común; estábamos enamorados el uno del otro.


Recuerdo que un día me contó con ahogadas palabras que su padre murió en extrañas circunstancias cuando ella aún no había nacido. Se sospechaba que se tratase de un asesinato, pero la policía nunca pudo resolver el caso y éste se archivó. Lloraba en mi hombro y compartíamos una cómplice mirada cuando me dijo que ahora vivía sola con su madre, quien nunca pudo superar la muerte de Alfred Riquer, su marido. 


Desde entonces le prometí a Eva que juntos descubriríamos el pasado que le había arrebatado a su padre, aunque lo cierto es que no sabía por dónde íbamos a empezar. 

Más tarde, pensamos en regresar al lugar donde habían encontrado el cuerpo, o tal vez pedir documentos sobre el caso, aunque bien sabíamos que era imposible que cedieran a dárnoslos. 

Fue una mañana de un tres de abril, en la que unas negras nubes teñían de oscuro el cielo de la ciudad de Barcelona, cuando Eva y yo leímos en el periódico acerca del incidente ocurrido dieciséis años atrás. Nueva información salía a la luz. Nuevas vías de escape nos abrían el paso hacia una realidad ya menos inalcanzable. Debíamos estar preparados para llegar hasta la verdad. Descubrimos un nombre; Andreu Riquer. Alguien del que sospechaban. Se trataba del hermano de Alfred Riquer, que desapareció justo después de la muerte de su hermano sin dejar rastro alguno. 


Como un tren que pasa a una velocidad inalcanzable por su última estación, una idea sacudió repentinamente mi memoria para esfumarse sin más; había leído ese nombre alguna vez en un sitio indescifrable de los antiguos rincones de mi casa. 


Recuerdo vagamente que en los días posteriores, fui consciente de lo realmente triste que puede llegar a ser Barcelona. Las calles sin presencia alguna, los bancos desolados, las aceras totalmente despejadas... Una gran bruma de tristeza abarcaba toda la ciudad desde sus raíces. No supe bien determinar si era por Eva, si era por mí, o si era realmente así en la vida real, en el mundo de verdad que estaba situado a gran distancia del mío. Aquel al que no volvía desde hacía tanto tiempo.


Eva me dijo una vez que en mí había encontrado la verdadera razón de la belleza de la vida. Me dijo que sus días apagados, a mi lado revivían del fuego. Recuerdo que me miró a los ojos y pude leer en ellos que me quería. Aún puedo sentir su piel pegada a la mía, su mano sosteniendo mi cara, y sus labios sellando el silencio en mi boca. Sólo entonces pude comprender realmente para qué vivía. 


Mientras leíamos infinidades de artículos sobre el caso, éramos capaces de permanecer horas abrazados sin intermediar palabra alguna. Tan sólo nos cubría el silencio. Él era el único testigo de nuestro amor. A menudo nos mirábamos y ella me sonreía. Realmente poseía la sonrisa más bonita que en mi vida yo había besado. Jamás olvidaré aquel momento en el que escuché de sus labios un te quiero. Y espero que ella nunca olvide los miles de ellos que yo le devolví a continuación.


Pero no descubríamos nada sobre su padre. Empecé a pensar que realmente nos estábamos metiendo en un callejón sin salida, y me daba miedo no poder descifrar la verdad. Verdaderamente quería hacer justicia y no sólo por ella; también por Alfred Riquer.

Cuando más miedo tenía, cuando más desesperado me sentía, lo vi. Y entonces todos mis antiguos recuerdos invadieron mi memoria como las olas invaden el mar en una noche de tormenta.

Andreu Riquer. El nombre estaba grabado con tinta fuerte y concisa en un viejo y arrugado papel, el cual seguía escondido en el mismo compartimento del suelo donde lo vi por última vez hacía ya años. Entonces me temí lo peor. Lo rescaté de allí y me dispuse a leerlo. Hubiese preferido no creer lo que aquellas palabras decían, pero no me quedó otra opción que elegir. Entonces comprendí que mi padre no se llamaba Artur Gispert, sino Andreu Riquer.


Miles de puñaladas se dirigían directas a mi alma. Mi cabeza me traicionaba y mis pies perdían el equilibrio. No atiné a asumir lo que realmente estaba pasando, la verdadera historia que se escondía tras ese nombre, la que escondía mi padre. Tardé en serenarme y cuando lo hice, volví a esconder el papel tan rápido como me lo permitieron mis manos y salí huyendo de allí tan rápido como pude.


Con las palabras entrecortadas y al borde de mis labios, al cabo de un buen rato, fui capaz de relatarle a Eva todo lo ocurrido. Juntos apaciguamos la idea de que nuestros padres eran hermanos, y nosotros, primos. Tratamos de encontrar un sólo motivo, una sola razón, un simple argumento... Pero aquello era imposible. Nos armamos de valor y nos decidimos a hablar con mi padre. Aquella podría haber sido la peor decisión que tomaría en mi vida. 


Llegamos y, aturdidos, le explicamos a mi padre todo lo que había pasado, y le pedimos una explicación. El verdadero Andreu Riquer dudó un instante, nos miró con recelo, encendió un cigarillo y consumiendo su humo con la mirada perdida en alguna parte, comenzó a hablar.


-Yo era el pequeño de los dos hermanos,-empezó con una mirada afligida- nuestro padre tenía grandes y poderosos bienes a repartir. Siempre fuimos todos muy allegados los unos con los otros. Hasta que vuestro abuelo murió. Como herencia, por ser el mayor, a Alfred le dejó una gran suma de dinero, y a mí, por ser el pequeño, tan sólo me dejó una pequeña y vieja casa sin valor alguno. Muy pronto, duras condiciones económicas azotaron mi vida, y Alfred se negó a prestarme un sólo euro de su dinero. Aquello me carcomía por dentro día y noche. Hasta el punto que decidí matarle. Fui a su casa aprovechando que nadie sabía que yo era su hermano, y aún con lágrimas en los ojos, le di un golpe tan fuerte como pude. Aquella sensación era horrible. Al instante me arrepentí considerablemente, pero ya nada podía hacer por retrasar el reloj y perdonarle la vida. Salí huyendo de allí y me cambié el nombre a Artur Gispert. Nadie se dio cuenta y lo celebré en silencio durante los posteriores días de mi vida, victorioso por haberme quedado con todas las posesiones de mi hermano. Al poco tiempo naciste tú, Eric-dijo mirándome con un extraño resentimiento en sus ojos- y nunca más se volvió a hablar de lo sucedido con Alfred Riquer. Nunca supe que tenía una hija hasta hace poco, y mi conciencia me ha traicionado devolviéndome la memoria de aquel asesinato. Haría lo que fuera por cambiarlo, pero ya nada puedo hacer, lo siento.-concluyó tristemente.


Eva aguantó su ira y aplaudí en silencio que fuera capaz de no atacarle, aunque a mí también me estaban entrando ganas de hacerlo.


-Y ahora, ¿qué pensáis hacer?-prosiguió Andreu- Si pensáis contarlo a la policía, vuestro destino ya está escrito.


Entonces sacó un revólver de su bolsillo y nos apuntó decididamente. Comprendí que mi padre se había vuelto loco, o que tal vez ya lo estaba desde hacía mucho tiempo. Eva estaba tan asustada que no podía mover un sólo músculo de su cuerpo. Entonces yo, sin pensar en las consecuencias, actué por ella. La tomé del brazo y la dirigí hacia la salida. Corríamos tan rápido como podíamos pero seguía siendo una velocidad insuficiente. 


El sonido del disparo llamó mi atención, y no fui consciente de lo que acababa de ocurrir hasta que vi en los ojos de Eva el miedo, la resignación, la muerte resentida. Se paró y cayó al suelo. Su pecho no paraba de sangrar y cada vez hacía más ruido al respirar. Desde el otro lado de la habitación, Andreu sonrió maliciosamente y me apuntó con el revólver, mientras decía:


-Poco me importa ya nada, Eric. Ya no puedo cambiar el pasado, pero no dejaré que arruinéis mi futuro. El simple hecho de la magia que creabais entre los dos cuando estabais juntos me confesó lo que realmente estaba pasando entre vosotros. Nunca la llegué a ver, pero siempre fui consciente de que existía, y siempre supe que permanecería allí donde fue creada, en vuestros corazones, o en vuestra mirada, quizás. Pero nunca llegué a imaginar que tú, Eva, eras la hija de mi hermano Alfred. Ahora que lo sé no puedo dejaros escapar, pero no os preocupéis, esa magia la llevaréis siempre con vosotros, allá donde vayáis.


En ese momento realmente odié a mi padre, y con las pocas fuerzas que me quedaban, conseguí arrebatarle el revólver de las manos y sin pensarlo dos veces le disparé con ira en el estómago. Oí los gritos de Eva y corrí a su lado. Pude llamar a la policía y a la ambulancia, pero cuando llegaron Eva ya estaba muy débil. 


Sin embargo, mi padre podía caminar a la perfección y antes de que se lo llevaran, pudo dedicarme su última mirada de odio. En ese momento me maldecí por no haberle matado con el disparo.


Pero entonces los ojos de Eva me llamaron, y me dijeron todo cuanto necesitaba saber. Apretó mi mano con la suya y utilizó su última bocanada de aire para pronunciar las letras de mi nombre.



Desde ese día, he permanecido fielmente amándola en el más ensordecedor de mis silencios.




                                                   Inspirado en Marina, de Carlos Ruíz Zafón

viernes, 1 de enero de 2016

Recuerdos de nuestra amada Barcelona

En un lugar por el día tan cálido como el amor humano y tan agradable como la brisa marinera, pero por la noche tan oscuro como el miedo y tan frío como los planes más cautelosos jamás estudiados.

En una ciudad donde el viento arrasaba con todos los recuerdos que allí se encontraran, donde las risas de unos niños despertaban a las flores por las mañanas, donde los árboles bailaban al son del viento en el atardecer.

Barcelona me ofreció su amor, y con ese amor allí te encontré. Tan pequeños e inocentes como éramos... Tan amigos, tan compañeros de vida sin saber cuánto nos duraría esa vida a la que juntos adorábamos... Compartíamos los más grandes de los sueños, aspirábamos a una felicidad que para otros sería bastante difícil de alcanzar.

Crecimos juntos en nuestra Barcelona, a ella le confesábamos nuestros secretos y con ellos la certeza de nuestros escondidos sentimientos, aquellos que ni nosotros mismos habíamos encontrado.

Con el calor del verano nos dimos nuestro primer beso y tan pronto como llegó el frío del invierno te marchaste. Me llevó un tiempo entender que te habías ido. Estuve otro tiempo rezando para que volvieras, escondida en una más triste Barcelona, donde cada calle estaba marcada con tu nombre, donde cada resquicio seguía impregnado de tu inconfundible aroma. En cada banco nuestros mejores recuerdos grabados, en mi corazón tu insistente y fuerte amor.

Ahora que te has ido de esta gran ciudad, aun siendo grande se siente sola, yo bien sé que faltas tú, aquí tú deberías estar. Camino entre la gente y me es inevitable recordar nuestros paseos desde el laberinto de Horta hasta la casa Amatller, en los cuales jamás me soltabas la mano, nunca me permitías irme lejos de ti.

Hoy la torre Agbar conmigo te echa de menos, conmigo te llora. Tú sigues sin volver, al fin y al cabo es otro día que me hace entender que ya nunca lo harás.

Pero yo iré a buscarte, bien me dijo mi madre, hija, de esta Barcelona tendrás que salir sin mirar atrás, tienes que encontrar a ese catalán que tan tuyo es, para que él te pueda encontrar a ti. Mas no estoy tan segura de cuán importante fue nuestro amor para ti, ni siquiera sé si fue tan solo importante.

Quizás no me recuerdes, o tampoco tengas presente estos recuerdos de nuestra amada Barcelona. Incluso es probable que no sea tan amada para ti, quizás ya la hayas olvidado, o puede ser que nunca caíste en la cuenta de que realmente existía.

Pero he de decirte que yo me opondré a mis propios obstáculos y resentimientos, recorreré el mundo entero hasta al fin encontrarte y te traeré de vuelta a Barcelona, y de aquí nunca más te irás.
Haré lo posible y lo imposible, porque tú, mi querido catalán, tú vas a ser mío.

                                                                                 Per sempre meu

viernes, 25 de diciembre de 2015

Mi coraje

Despierto. Me duermo despierta. Sueño despierta. Imagino historias, creo personajes. Confío en mi talento. Lo dejo todo y me dispongo a volver a imaginar, mil historias de cual final dudo, porque empiezo a entender en un día como cualquier otro, que los finales a veces tienen segundas partes.

En esta ocasión, entre las palabras de esta historia, más allá del cielo hoy más azul, del horizonte teñido del color del sol, del cada vez más inmenso universo. Más allá de todas mis ganas por vivir, de todas mis fuerzas y mis risas, enfrascado en un pequeño rinconcito que me pertenece, se encuentra mi coraje.

Hoy, en esta historia, recurro a él para exclamar cuánto desearía echar a correr de este mundo infernal, cómo me gustaría hacer las maletas y viajar a otro lugar, donde sólo viviéramos las personas que somos dignas de tener una vida decente. Exclamo con mi coraje cuán descontenta estoy con los hombres, la mayoría bastante astutos y de poco corazón; una combinación explosiva para la mujer.

Echo mano de mi coraje para resaltar qué tanta injusticia predomina en las leyes que rigen aquí la vida, aquí donde ya no existe la libertad, donde se han cerrado todas las puertas que nos quedaban abiertas para alcanzar la felicidad.

Con mi coraje levanto la mano y pido por aquellos niños que sólo deseaban ser niños, y nadie les dio esa oportunidad. Con mi coraje brindo por ese lugar diferente donde las cosas cambien, donde se trate a las cosas como cosas, y a las personas como personas, donde se respete, donde se ame.

Mi coraje me acompaña cuando digo que me da vergüenza el daño que causamos a nuestro planeta. ¡Cómo me gustaría empezar a cambiar por mí! Cuánto desearía ser mejor persona... Qué más me encantaría que todos nos viésemos con los mismos ojos, con unos ojos llenos de la bondad que hoy a todos nos falta.

Hoy mi coraje me acompaña en mi viaje, porque yo me voy volando a otro lugar, a un lugar donde se respete la dignidad humana, donde hombres y mujeres convivan en una tranquila armonía, donde inocentes no mueran y donde no haya necesidad de usar la palabra culpable.

Me voy allí donde las armas, sólo sean el amor y el cariño, y las bombas, meras representaciones de la generosidad. Mi segunda parte empieza en ese lugar, mis historias terminan allí. Vivo allí, y muero allí. Mi coraje se vuelve a enfrascar allí. Viaja allí. Se queda allí. Me quedo allí.

Si fuésemos valientes

¿Qué podría decirte a ti, mi amor? ¿Qué te diría que no supieras? Tú bien me conoces. Sabes cuánto te quiero. Mi querido y amado abuelo. ¿Qué puedo decirte de esta vida? Tendrías que decirme tú sobre la vida del cielo. Aquí abajo ya sabes cómo suelen funcionar las cosas. El sol sale y la luna se esconde. El viento sopla y las plantas bailan. Algunos van y otros vienen mientras el tiempo sigue dándole vueltas al condenado reloj.

Sigo creciendo, cada vez me hago más mayor, y no dejo de pensar en ti. Bien sé que a ti no te gustaba esta vida, bien sé cuán falta hace esa justicia que tú siempre reclamabas. Esa solidaridad que ya pocos tienen. Me duele que no hayas podido vivir en un mundo mejor. Me lastima saber que te has ido sin que me de tiempo a poner tan siquiera mi granito de arena para conseguirlo. Porque yo sigo creyendo que se puede conseguir, ¿sabes abuelo? Si fuésemos valientes...

Si algún día pudiera ser tan valiente como tú fuiste, si todos se hubiesen fijado en ti cuando podían... Créeme, yo sigo apostando por un nuevo día, por un mañana que nada tenga que envidiarle al hoy del mundo en el que vivimos. Lo haré por ti, bien segura estoy, que nada podrá conmigo, que leeré mil libros antes de morir, que habré escrito dos mil. Haré todo aquello que me gusta, seré feliz y si todos nosotros fuésemos valientes... Abuelo, te prometo que yo seré valiente, todo lo que tú me enseñaste a ser, lo seré abuelo, y siempre.

Voy a contribuir en el mundo de aquí abajo, y cuando pueda también ayudaré al de arriba. No quiero que sufras. Quiero que estés bien donde quiera que estés. Y quiero que tú también seas feliz por mí.
Algún día seremos valientes, no temas abuelo, mi querido abuelo, que este mundo cambiará, por mí o por alguien, de la mano de un milagro quizás, aprenderemos a ser valientes y a luchar por un mundo mejor. No temas abuelo, que yo eternamente velaré por ti.
                                 
                                                                      Mi querido y amado abuelo

Llévame de la mano

Parece que va a llover. El cielo empieza a añorar tu presencia, mis ventanas lo acompañan. Mi cama empieza a echarte de menos, mi vista me traiciona con las espesas lágrimas que retienen mis ojos.

Parece que voy a llorar. Mi cuerpo se estremece bajo las sábanas que marcaste con el sello de tu piel antes de marcharte. Las cuatro paredes entre las que estoy retenida cada vez se buscan más, cerrando el espacio en el que me encuentro. El aire que respiro sale de mis pulmones hacia abajo de mi puerta, y cada vez me cuesta más inspirar aire nuevo.

Parece que es cierto que te has ido para siempre. Mi almohada se hunde por el peso de mis recuerdos y por el pesar de mi llanto, el café que me tomo tiene un sabor amargo difícil de descifrar. Veo tu foto impedir que cierre mi cajón, veo mi alma rota descansar en el suelo.

Parece que nunca volverás. Me pongo la bufanda y mis guantes, y vuelvo a salir en busca de lo que nunca volverá a mí. ¿Cómo voy a encontrarte si veo tu alma en cada rincón, en cada lugar al que miro? Si tu mirada está en el aire, si tus besos permanecen tatuados en mi piel, si tu tacto sigue presente en mi memoria.

¿Cómo voy a encontrarte, si tú siempre estás aquí, a mi lado, aunque no pueda demostrar tu presencia? Dime cómo he de ser fuerte, dime qué debo hacer para ser valiente y no seguir andando, quitarme la bufanda, olvidar mis guantes, y volver a casa sin tu recuerdo, sin la necesidad de que vuelvas a rozar mis labios con los tuyos y llevarme de la mano al lugar donde solíamos soñar, a veces despiertos, a veces dormidos en nuestro propio sueño. Ven y llévame de la mano a donde estés.

Dime cómo he de afrontar que la gente sigue siendo la gente, que las calles están mojadas, y que mi vida continúa. Camino entre tantas personas que no son tú, que me miran diferente a como me miraban tus ojos, hace tanto frío, estoy tan perdida... Mis pasos se confunden y voy perdiendo el rumbo. Pero sigo buscándote, en los bancos, en las aceras... No estás. Nunca estás.

Soy consciente de mi ingenuidad. Soy consciente de que a veces puedo ser tan estúpida... Sé que no debo soñar con tu regreso. Pero eres parte de mí, vives en mi corazón, y aunque pasen siglos, tormentas, aunque los mares se sequen y el mundo se muera, aunque yo finalmente algún día me muera, tú siempre seguirás siendo mi razón de ser, y mi motivo de haber sido. Mi más preciado tesoro. Mi ilusión de amar, mi argumento perfecto para seguir amando mil años después.

                                                                                                                   Tú, mi vida.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Tenemos una cita en Helsinki

He cerrado el libro por la página cuatrocientos cincuenta y ocho, justo esa en la que están escritas con tinta fuerte y concisa las últimas palabras que ella pudo decir antes de que él la besara. Las páginas se han ido resbalando una sobre la otra hasta caer rendidas por el peso de las dos duras pastas que descansaban a su espalda.

He dejado caer el libro ya cerrado sobre las gruesas mantas que le quitan el frío a mi cama por las noches. El viento ha soplado fuerte contra mi rostro cuando he abierto la ventana y todos mis fantasmas se han ido a través de ella, diciéndome adiós con la mano, y he sido consciente de que ya nunca más iban a regresar a mi lado.
Los rayos del sol han empezado a calentar mi pálida y temblorosa piel cuando he subido las persianas mal bajadas.

Me has dicho que me quieres. Me has dicho que te importo. Tenemos una cita en Helsinki. Eso es lo único que me importa. Ese es el único motivo de la sonrisa que no deja en paz a mis labios.

El fuerte aroma de mi perfume se ha peleado contra el viento de mi habitación hasta aferrarse a mi cuello. Los mechones de mi pelo se han entrelazado con las púas de mi peine hasta soltarse en una perfecta y recta línea, y mi ropa se ha adherido a la perfección a cada poro de mi piel. Prescindo del sutil maquillaje y de mis valiosos tacones y me atrevo a decir que estoy lista para enfrentarme a mil y un huracanes, quizás unos pocos más de los que se podrían cruzar hoy en mi camino.

He apostado por coger el primer tren. He apostado por ir y llegar hasta ti cuando te he visto pasar, buscándome, necesitándome como te he necesitado yo toda mi vida. He apostado por soltar mi maleta y pasar de los 0 a los 10 kilómetros por hora para poder engancharme al cuello de tu camisa y susurrarte al oído que eres el ser humano más hermoso que existe en La Tierra.

Me ha faltado tiempo para romper esos centímetros de distancia que separaban a mis labios de los tuyos y te ha faltado tiempo para poner unos cuantos centímetros de distancia entre las suelas de mis zapatos y el suelo que allí nos sostenía.

Me falta tiempo para expresar lo que me haces sentir con sólo rozar mi piel y me falta tiempo de vida para estar contigo, porque, francamente, me he dado cuenta de que cien años sigue siendo un intervalo de tiempo realmente corto.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Sal con una chica que lea; sal con una chica que escriba

Al principio de esta historia cabe decir que realmente ella no era joven, era más bien algo mayor de lo comúnmente común. Pero no es otra la razón de ello más que su profunda sabiduría en los temas que se daban a conocer página tras página de sus antiguos y viejos libros. Por fuera, sin embargo, es bastante razonable decir que era lo suficientemente joven como para que tuviera todavía toda su vida por delante. En esta ocasión el sitio que elegiría sería "la habitación del soñador"; una cafetería que hasta el momento no había tomado consciencia de que existía y que estaba a sólo dos calles más abajo de su particular piso. No soy yo la que miente cuando digo que viajaba a diez mil kilómetros por hora en dirección a la puerta, albergando bajo su brazo uno de aquellos libros tan pesados, a los que tanto amor les guardaba. Tampoco miento cuando digo que al entrar, lo primero que hizo, rechazando la oportunidad de poder sentarse en la última mesa que quedaba libre y pedirle su tradicional café matinal al único camarero que en ese momento se encontraba disponible, fue abrir la página trescientos cincuenta y siete de su libro, la cual se encontraba separada de las demás por un extraño marca páginas que contenía aún más letras, y comenzar a leer. Al instante siguiente, olvidó por completo dónde se encontraba, qué la rodeaba, olvidó incluso el peso del libro que sostenía entre sus manos, y se dispuso únicamente a sumergirse en un mundo imperfecto, ambicioso y extraordinario protagonizado por personajes que le proporcionaban las mayores de sus emociones y despertaban en ella los más grandes de sus sentimientos. Se podría decir que por suerte, al fin pudo pedir su café y sentarse en la mesa del final de la cafetería, esa mesa justo en la que resplandecían los fuertes y luminosos rayos de un sol a las once y veintidós de la mañana de un sábado, como cualquier otro día; pero este era sencillamente especial. Sólo que ella aún no lo sabía. Sería incoherente afirmar que pasados treinta y siete minutos desde que lo pidió, el café seguía sobre la mesa totalmente intacto. Pero en este caso es lo suficientemente coherente como para que esa sea la única verdad. La página trescientos setenta y tres era el único punto céntrico al que su vista respondía. El café se convirtió en una masa espumosa ya bastante fría en comparación al principio. El líquido reposaba tranquilo y ella seguía sin hacer ningún ademán de tan siquiera probarlo. Él se dio cuenta, y supo lo que pasaba tal como la vio entrar hacía cuarenta minutos por la puerta. Pudo afirmarlo cuando luego le pidió el café leyendo de reojo y puede confirmarlo ahora que la ve llorar, ahora que ve mojarse las páginas de su libro por sus espesas lágrimas. Él entendía y compartía perfectamente la razón de ello, conocía de sobra cuán grandes son los sentimientos que pueden despertar en una persona los libros, sabía que te pueden hacer reír, que te pueden hacer llorar, que te pueden hacer sentir el protagonista de tu propia historia, que te pueden llevar al sitio más alto del universo y que en el último capítulo, sin más, pueden hacer que te des de bruces contra la superficie terrestre. Sabía que un libro es como una montaña rusa para el lector, que te pueden hacer vivir mil emociones que realmente llegan hasta lo más hondo de tu ser. Y ahora también cabe decir que no pudo evitar la insistente tentación, y salió del mostrador con otro libro bajo sus brazos, y un paquete de pañuelos en su mano. Se acercó hasta donde estaba ella, le tendió la mano y le ofreció el libro. Al instante ella se dio cuenta de que tenía la misma portada que el suyo. Parecería de nuevo incoherente decirlo pero, aquel libro les unió. Él creía que ya había conocido todos los submundos de los mundos más profundos que se ocultan en las páginas de los más antiguos e impresionantes de los libros, pero gracias a ella se dio cuenta de que ello realmente no era de ese modo. Ella le abrió el paso a nuevos submundos, con otros submundos dentro de ellos mismos, fue su mapa y su brújula, fue su más leal compañera en el viaje de la cultura a través de las hojas de papel. Él la empezó a amar con una simple vuelta de hoja. Ella lo empezó a amar desde un simple epílogo. Realmente se dio cuenta del verdadero sentido de su vida cuando conoció a esa chica que leía, y que un día, la vio también pegada a una hoja en blanco, escribiendo sus propias palabras, su propio libro. No vuelvo a ser yo la que miento cuando digo que se enamoraron gracias a todos los libros que leyeron juntos. Tampoco cuando digo que hoy sí son mayores también por fuera, y que juntos todavía, siguen enamorándose cada día de la literatura que les enseñó a vivir, a luchar, y a amar por encima de todas las cosas que jamás ni siquiera en los libros podrán ser contadas.

martes, 6 de octubre de 2015

El cajón de mis recuerdos

Escribo esto a última hora. Siempre con el tiempo justo. Volví a abrir el cajón. Y volví a encontrarme de frente con todos nuestros recuerdos, ya más negros que blancos. Aunque aún conservaban cierta mezcla entre ambos. Mis lágrimas bañaron tu rostro en aquella noche oscura, el cual se volvió aún más borroso. Y mis lágrimas se volvieron aún más espesas. Y los recuerdos aún más negros. Y mi tristeza más nítida. Y en ese mismo instante, me atrevo a decirte; te amé algo más de lo habitual.

Este libro

No pude evitar volverme a involucrar en el proceso de recordar. Volví a abrir mi libro y releí todas las páginas de las cuales tú eres el autor. No puedo negarte que siguen siendo mis favoritas. Fui la protagonista en el final, y eso es justo lo que me hace entristecer tanto. Me encantaría escribir una segunda parte, pero jamás la leerías, pues tienes este libro guardado lo más al fondo posible. Ignorando por completo el lugar que ocupa. Olvidando totalmente su presencia. Ya nada me hace pensar que tú también volverás a releer estas páginas. Ni siquiera que sin ti este libro siga teniendo tan sólo algo de sentido.

viernes, 25 de septiembre de 2015

La llave

Cuatro años estuve buscando la llave maestra de la puerta mágica. Cuatro años estuve probando con una y con otra, sin obtener resultados algunos. Algunas llaves ya sabía que no eran, pero aún así lo intentaba. Las pocas que creía que sí lo eran, al final resultaron ser copias falsas. Me puse varios disfraces, creyendo que cada disfraz era mi verdadera personalidad. Me puse muchas máscaras, ocultando mi cara por miedo, o en algunos casos, por verguenza. Tomé varias veces el camino equivocado confiando en que más adelante habría un cambio de sentido; nunca lo encontraba y me perdía. Me aferré a cosas que me hacían mal y me alejé de las que me hacían bien. Reí cuando tenía que llorar y lloré cuando tenía que reír. Lo cierto es que lo hacía todo a mi modo; al revés. Era un poco egoísta y solía ver la belleza en cosas que no merecían la pena. Poco a poco fui cambiando mi manera de buscar la llave. Empecé a pensar antes de actuar. Empecé a ir por el buen camino sin pisar antes el malo por mera curiosidad. Alcancé unos horizontes que siempre creí fuera de mi alcance. Me quité los disfraces y las máscaras y me mostré tal como era, tal como soy. Sabía cuándo llorar y cuándo reír, cuándo luchar y cuándo tirar la toalla; nunca. Empecé a arriesgar por las cosas que verdaderamente me importaban. Y así un día, encontré la llave, la de verdad, la que me ha abierto la puerta cuatro años después. Ahora he podido pasar dentro y ser yo misma, la que siempre he querido ser. He cerrado la puerta y no pienso volver a salir ahí fuera. Ahora, soy más resistente, más fuerte y más yo que nunca.

P.D: para ti nunca está de más un te quiero

Hola, quería decirte gracias, lo siento, te quiero. Quería decirte tantas cosas que no sé por dónde empezar, quería decirte miles de cosas y millones de cosas que me falta tiempo para poderte contar. Debo confesarte con estas ahogadas palabras que ayer noche cambié las ganas de dormir por la ansia de regresar al pasado, no fue nada fácil para mí recordar tantos de mis más dolorosos y sufridos momentos. Pero de repente, entorné mis ojos hacia el fondo, y allí, enfrascado en un pequeño recuerdo, estabas tú. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que junto a ti pasé los mejores momentos de mi vida, siendo capaz de permanecer horas abrazada a tu espalda, y con todo el pesar de mi alma, debo admitir que eché a llorar. Es aquí cuando salgo de mis recuerdos, y me dispongo a hablar. Quería pedirte perdón por no haber sido perfecta, por no haber sido quien tú querías que fuera y por haber dejado en parte ilusiones rotas en tu corazón. Sé que contigo tuve los mayores errores de mi vida, pero quería decirte que hacerte daño no fue nunca mi intención. Te quise como no quise a nadie más y ahora puedo confirmarlo porque de entre todos, siempre has sido tú, y por eso, al final, vuelvo otra vez a ti. Quería decirte, que no volví porque tú no volviste, porque he de admitir que eso del orgullo siempre me ha llevado ventaja, o por lo menos, hasta el día de hoy. Quería decirte que sé que tonta se queda corto, porque la mayor estupidez que he hecho en toda mi vida, fue dejarte ir. Quería decirte que te amaba y que arrancarte de mi corazón aún hoy para mí es imposible. Quería decirte que para ti tal vez ya sea agua pasada, que ni te acuerdes de que existo, pero que yo aquí para ti aún sigo. Quería decirte que a lo mejor ya no seré lo que fui para ti una vez, pero que puedes contar conmigo. Sé que son palabras, y que como a todas, cualquier viento se las lleva. Por eso, léelas antes de que desaparezcan, porque cuando lo hagan, ya no me quedarán motivos a los que aferrarme para poder demostrarte nada.
Y, ¿Sabes una cosa? Quería decirte que si a pesar de todo tú fuiste un error, yo sin duda alguna, volvería a equivocarme.