Las trenzas de raíz me recuerdan al despertador a las siete de la mañana. Al plato de cereales que te comías a contrarreloj. Al “mamá, me voy que llego tarde”. A las pizarras de tiza y borrador. Las trenzas de raíz me recuerdan al bocadillo de tortilla a la hora del recreo, a las notitas de papel y boli por debajo de la mesa para acabar completando en el estuche toda una colección. Me recuerdan a las excursiones, a la tierra, al barro, a las heridas bañadas de Betadine y un par de lágrimas de la mano de tu fiel amigo de juegos. Las trenzas de raíz me recuerdan a tus manos pasando por todo mi pelo, creando una obra de arte enredando mechón con mechón. Las trenzas de raíz me recuerdan al olor del invierno, al abrigo encima del uniforme, al tres en raya en media cuarta del bloc de matemáticas, a los juegos de cartas en las horas libres o en mitad de cualquier explicación. Las trenzas de raíz me recuerdan a lo que fui, y cuando hoy me las pongo, me pregunto qué partes de mí siguen siendo, y cuáles, desgastadas por el tiempo o secuestradas por la adultez, de repente ya no.
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